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El Contrato Social de Rosseau y la Historia de mi bisabuelo

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Rotas las cadenas de la esclavitud y la servidumbre, el ciudadano sería libre para poder contraer cualquier tipo de contrato con otro ciudadano. Rosseau denominó a esta libertad y capacidad de obrar: el contrato social.

Pero bien sabemos que desde la misma Revolución Francesa, el contrato social no se sostiene lo más mínimo en el mundo moderno y contemporáneo. Ésto ocurre por el simple hecho de que el contrato o el acuerdo no se hace en condiciones de libertad e igualdad entre los participantes. Jamás existirá contrato social en una sociedad de clases. Por la simple contradicción entre dominantes y dominados, explotadores y explotados, burgueses y trabajadores…

Un trabajador no puede firmar un contrato en condiciones de libertad e igualdad porque lo firma con aquel individuo que se va a lucrar de su fuerza de trabajo. Si el trabajador sólo posee sus manos y su fuerza productiva para sobrevivir, el contrato es una expropiación de su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Salario que un trabajador no puede rechazar porque no tiene más que sus manos. El trabajador no es libre ante el contrato, si no firma no come. Todos sabemos que por cada contrato laboral hay 4 millones de trabajadores detrás que firmarían condiciones mucho peores y jornadas mucho más largas. La depreciación de la fuerza productiva lleva al trabajador a una esclavitud ante el contrato. La sumisión viene primero, la esclavitud después de la firma.

Pero como las palabras son vacías si no hay nada que lo respalde, cosa que dudo en este momento, traigo la historia y la vida de mi bisabuelo, al que el contrato social le tendría que sonar a broma pesada. Lejos de ser un trabajador desprovisto, mi visabuelo era un pequeño propietario de tierras, una parcela no muy grande, en el medio rural de Valencia. Allí, vivía de las naranjas, los almendros, los melones y las sandías que él mismo cosechaba. Una economía de subsistencia que no daba ni para adosar su casa.

El contrato social de mi visabuelo tenía lugar cuando un burgués fascistizado llegaba al pueblo en su Mercedes-Benz para comprar las cosechas de los agricultores. Éstos se agolpaban a su llegada para conocer las ofertas que traía el señorito, que no tenía más propiedad que su lujo. Y a precio de miseria, unos 3 céntimos el kilo, le compraba las cosechas a todos aquellos desgraciados. ¿Qué contrato social era aquello? ¿En qué condiciones podían negociar aquellos agricultores con ese condenado? Si no firmaban, no comían y si firmaban, al menos, podría lloviznar lo que quisiese que ellos tenían un plato en la mesa.

Con esto quiero decir que el contrato social no existe. La clase trabajadora se encuentra sin condiciones para negociar, no existe negociación entre los desposeídos y los acaparadores. Entendiendo que las crisis del capitalismo, que se van perpetuando una tras otra, deprecian la mano de obra, la fuerza de trabajo y la actividad productiva de la clase trabajadora, es innegociable el contrato porque la esclavitud es innegociable.

El burgués ya no necesita poseer los medios de producción para saquear la fuerza de trabajo, sólo necesita el contrato de esclavitud. Amancio Ortega no era propietario de los talleres de costura que tenía en España, pero se enriqueció con su superproducción forzada. El burgués de Valencia no poseía las tierras agrícolas, pero dos veces al año iba al pueblo a saquear la producción…

El capitalismo se perpetúa con la ilusión del contrato social y la esclavitud de la clase trabajadora.

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