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De la Generación del desastre a la Generación perdida ¿Hasta cuándo?

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En la foto pueden observar a miembros de la Generación del 98, la conocida como generación del desastre y de la regeneración política de España.

Después de un desastre como la pérdida de las últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam), estos escritores junto con otras mentes del mundo de la cultura, engendraron un “movimiento regeneracionista” muy importante. Y es que sólo ellos podían devolverle a la población los sentimientos que se esfumaban a través del desarraigo. Porque la regeneración no es trabajo de un partido político ni de un Parlamento, sólo un movimiento cultural puede construir un nuevo país, tanto a principios de siglo como ahora.

La crisis de legitimidad del sistema y régimen político del ’78 plantean una coyuntura similar, en algunos aspectos, a aquella España con restos de modernismo, pero sin modernidad. ¿Hasta cuándo este eterno retorno?

Será que el diagnóstico es conocido por todos, pero las propuestas varían en forma y contenido. Sin embargo, en estas columnas nos vamos a abstraer de la partitocracia y centrarnos en la cultura política española. Y es que es necesaria una revolución cultural, porque la generación más formada está huérfana de canción protesta.

Este eufemismo no logra esconder del todo la necesidad de construir una representatividad propia a través de nuevos símbolos (estética) y distinto lenguaje (discurso). La generación del ‘78 y las anteriores no entran en el proyecto regeneracionista del país. Entonces, la cohesión social, que se materializará también políticamente, sólo tendrá lugar en el momento en el que el conflicto generacional no conduzca a la juventud a autoexiliarse de España por no tener un papel en el futuro del país ni vela en su entierro. ¿Hasta cuándo este juicio sin condena?

Es mucho más fácil posicionarse como “independentista” que como “regeneracionista-revolucionario” de este país que te ofrece bastante poco para sentirlo como Patria popular.

Porque da que pensar que, hasta cierto punto, España como una herencia dada es un lienzo aceptable por las generaciones venideras, pero deja de serlo cuando parece una imposición antiquísima y perpetua sin fe ni atisbo de cambio. Si esto último sucede, tal y como parece que está ocurriendo, el aliciente más apetitoso es el deseo de destrucción de España y soñar con la posibilidad de bajarse del tren o empezar de nuevo. ¿Cuánto aguantará o aguantaremos la situación? O más bien, ¿Hasta cuándo?

 

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