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Por qué dimitir de tu trabajo

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Hasta hace no mucho trabajaba en una empresa de negocios. Mis funciones eran vender, contratar, vender, motivar para que los empleados vendiesen, luego despedir y seguir vendiendo; eso, casi diez horas diarias. Una fórmula que todos conocemos de oídas: la del incansable capitalista, motivado por el éxito. Una bestia de oficina. Lo cierto es que la fórmula es mucho más exitosa de lo que puede uno imaginarse desde fuera, pero la clave reside fundamentalmente no en el método, sino en el credo, en la convicción: cualquiera puede hacerlo.

Esa era la tónica en la oficina: cualquiera puede ganar mucho dinero haciendo lo mismo repetitivamente, hasta perder el sueño, la familia y el tiempo. La recompensa es la satisfacción acumulativa y el reconocimiento. Y una cosa aún más importante: la falsa apariencia de partir de la nada.

Todos conocemos personajes como Bill Gates, Walt Disney, Michael Dell, Steve Jobs o Ralph Lauren. Todos ellos abandonaron sus estudios y ahora son multimillonarios (vamos a obviar que sean hombres blancos anglosajones). Gente exitosa del mundo de los negocios que sirven día a día como referentes para ilusos. Son imágenes que, en un contexto de desesperanza laboral, de entrepeneurs por todas partes y de mediocridad intelectual, sirven para justificar no sólo el abandono de los estudios: también para desacreditar y bombardear los sistemas públicos de enseñanza.

Lo interesante no es, claro, que el sacro valor del dinero reluzca en este sentido, porque es parte integral del discurso liberal. Lo alarmante y fundamental a reflexionar es cómo ese discurso intelectualmente autodestructivo logra efectivamente calar en la sociedad educativa, empezando por el profesorado de enseñanzas medias. Me comentaba un amigo del sector hace algunos días que los proyectos de los centros estaban tendentes a perfeccionar competencias tal como son definidas en los programas educativos europeos: condición indispensable para lograr que los individuos alcancen un pleno desarrollo personal, social y profesional que se ajuste a las demandas de un mundo globalizado y haga posible el desarrollo económico”.

Siendo así no es de extrañar que esto genere inmensas contradicciones en el personal de centros, que se debaten entre la utilidad o inutilidad de muchos programas. Yo mismo participé en mi enseñanza media de proyectos no formales que más tarde fueron descalificados por la dirección como inadecuados, básicamente porque se referían al campo de las letras y no perfeccionaban materias curriculares. A la postre, no servían para ganarnos la vida, sino para perder horas de estudio. Y como mi caso, he leído acerca de cientos.

Esa misma tendencia se acerba en los estudios superiores, gracias a aberraciones como los criterios de beca e investigación, donde se premian aberraciones como la firma de patentes en carreras como Historia. Pueden preguntar, seguro que conocen contradicciones más o menos graves en este sentido. Es un evidente fracaso que al estudiantado no nos pasa inadvertido.

Existe una relación colateral entre un sistema educativo conscientemente malformado y mi anterior trabajo de ventas. La clave es, de nuevo, la ideología. Con un sistema educativo de plantillas inamovibles, de competencias meramente técnicas, con su tríada capitolina en currículum, certificado y prácticas de empresa, el resultado no puede ser otro que estudiantes desmotivados, profesorado incapaz y, claro, una noción desvirtuada de qué significa educar.

Es bien sabido que en España los grandes acontecimientos socialmente revolucionarios no han sucedido en el ámbito de las universidades, de la educación. Eso no es ninguna virtud, es una carencia. No se debe revolucionar uno por insatisfacción o arrepentimiento, sino por deseo y amplitud de miras. Hay que animar a preservar el ansia de curiosidad y crítica, y claro que eso no se le puede exigir al poder, a los gobiernos. Eso es cosa nostra, lo ha sido toda la historia. Con un sistema educativo que trate a la juventud con respeto y humildad, tendremos un sistema económico en el cual se exigirá respeto y dignidad. Que es lo que nos importa.

En mi trabajo de diez horas de joven oficinista ni siquiera tenía tiempo para mí mismo. Yo no abandoné mis estudios, no tenía intención. No creí en ese mito de analfabeto exitoso que día a día se escuchaba por los rincones. Estoy de acuerdo en el valor del sistema educativo. Estoy a favor del valor de perder el tiempo cultivándome en tareas no productivas. Por eso dimití.

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