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Por Ana Hernández

Hablar de dos gigantes es hablar de Fidel y Chávez, épocas y momentos diferentes, pero un único fin: luchar por los pobres de la tierra hasta el último instante de sus vidas y al precio que fuera necesario.

Con el despertar y triunfo de la Revolución de 1959,  Fidel cambió el rumbo de la historia de Cuba, de la Patria Grande y de la humanidad, mientras años después Chávez se asumió hijo de Fidel, de sus ideas y de su ejemplo. Así ambos emprendieron el camino trazado por Bolívar y Martí en cuanto a la integración Latinoamericana, pues surgió la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, mecanismo de extraordinario valor para los más desposeídos.

Este cinco de marzo, cuando se cumplieron cuatro años de la partida física de Chávez, el ALBA llegó a su XIV Cumbre, en Caracas. El cónclave se desarrolló mientras las campanas doblaban por un resurgir de la rancia y prepotente oligarquía en la Patria Grande. Es así que el empeño de unidad deberá acrecentarse en la médula de este organismo regional que echó su suerte por los humildes y para los humildes de este continente.

No se puede pensar que la  partida física de ambos gestores del ALBA desarme a la América Nuestra y la haga vulnerable a los apetitos imperiales, es al revés: la ausencia física de Fidel y Chávez y el poder que llevan sus ideas harán reverdecer, florecer todas las emociones y compromisos de gobiernos y pueblos en aras de andar en cuadro apretado como La Plata en las raíces de Los Andes.

Fidel y Chávez, padres fundadores indiscutibles, no dejaron de estar presentes en la cita de Caracas, sus voces por los humildes no fueron menos altas, el verbo firme y oportuno del líder cubano y el verbo enérgico y llanero del bolivariano, invadieron el encuentro, se hicieron rotundos, para que no se perdiera el abrazo de aquel 14 de diciembre de 1994 entre ambos líderes, abrazo que al decir del propio Chávez, fue el que marcó el comienzo del ALBA.

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