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Uno no ha llegado a Hiroshima y ya el alma se dispone para un estremecimiento demasiado intenso. El avión aún no aterriza y se sabe que vamos a un santuario de la paz, de lo que no puede volver, de lo que no cicatriza, de lo que agobia con ese pesar agudo que solo se siente ante lo doloroso. Es como llegar a una pausa en la historia; es como si aquí el mundo se detuviera para decir «¡Lo siento!», en nombre de una humanidad invisible.

Lo siento, Hiroshima, pienso cuando pongo un pie en la tierra. Porque en ti la vida se sacude de su aturdimiento para dar cuenta de que no se puede estar ajenos. De que agosto en Hiroshima es siempre, de que las bombas más destructoras son las que arrancan de cuajo la historia. Lo siento, Hiroshima, me repito. Siento venir por tus tierras casi de turismo. Japón hace que cualquiera desee conocerlo. Pero tu historia, Hiroshima, lo siento, tu historia ni siquiera la planificaste: no es justo volverse célebre por sufrimiento. Me avergüenzo de que me emocione estar aquí. Es como excitarse ante un cadáver. Preferiría llegar para descubrir algo exótico, impresionante o divertido. Pero estoy aquí por tu dolor. Y eso duele.

Entre tanta perturbación, confunde la conferencia de una de tus víctimas. No es el mismo señor voluntario que hace unos minutos nos regaló unas horas para hablar de ti solo porque quiere, porque lo cree necesario, porque se siente bien dando su tiempo para que Hiroshima sea un único santuario de la pena. Este nuevo parlante viene con el sello de haber perdido a su madre con el estallido infinito. No se sabe cómo sobrevivió. No supo hasta un rato después que su mamá se había esfumado con el 6 de agosto. Pero ya han pasado 71 años de aquel mes fatídico para Japón. Para el mundo. Y el alma de un niño es demasiado grande para el rencor. Mucho más difícil si se trata del país del sol naciente.

En la tierra nipona el perdón es una asignatura vencida con creces. Para la sangre hirviente de los cubanos es difícil entenderlo. Intentamos elevarnos hacia ese estado de quien dice adiós al martirio con la elegancia del que puede con todo. Pero resulta difícil. No los entendemos bien, me comenta una amiga en susurros. Ellos saben pasar la página, pero se suben en los restos del desastre para crecer más que quien lo ha provocado. Así me dice ella e intento razonar. Aunque es complicado.

Comprendo el estado del nirvana al que se llega para hacer de Hiroshima solo un «no puede volver a ser». Casi admiro lo que hay que desvelarse para darle vida otra vez a la muerte. Pero mi capacidad de grandeza se apaga cuando el doliente, para describir el día del mortuorio, cita las palabras del presidente de la nación que lleva a su cuenta los cadáveres. No es el mismo gobernante de entonces, me digo para entender. La guerra saca lo peor de cada quien, me calmo por dentro. Pero es insoportable.

Que en Japón se haya acogido la visita de Obama con beneplácito mayoritario, puedo acatarlo. Después de estar allí, asumo que para los japoneses se trata de una sutil victoria espiritual. Que no necesitaran sus palabras de perdón para la tierra sagrada, tal vez pueda aceptar que tiene que ver con su modo de ver la vida. Aunque el cinismo estoico del mandatario no se me escapa de la vista tan fácil. ¿Pero que una víctima del holocausto se apoye en sus palabras para hablar del momento que más duele? Ahí sí se acaba mi tolerancia. Debe ser mi rebeldía juvenil. Debe ser mi temperamento volátil. Debe ser la cubanía. Deben ser mis impulsos de siempre. Mejor voy al museo y camino un poco.

Allí cada historia me aplasta. Hiroshima se destroza otra vez y está sobre mis hombros. Me siento desolada dentro de tanta pena. Me acerco a una urna con radioactividad y veo cómo los colegiales nipones se interesan en sus efectos. Me parece bien que vean de cerca lo que por el tiempo les es lejano. Aunque mi conciencia intranquila no deja de gritarme: ¿Entenderán bien lo que ha vivido su tierra? ¿Cómo comprenderán el infierno si se lo describen como a mí, con palabras de un representante del fuego? La preocupación no me deja. Salgo a buscar algo de aire. No me hace bien tanta rabia. Pienso en Silvio.

Casi avergonzada de mi rostro hirviente, me quedo en una orilla a esperar la despedida. Uno de mis compañeros de viaje está cerca. Con mirarlo tengo para aliviarme. Él está sintiendo lo mismo. ¿Cómo es posible?, me pregunta con sus ojos desconcertados. Yo tampoco entiendo, le respondo antes de que empecemos un reparador diálogo que me trae de vuelta a casa. No podría ser de otro modo. Mi amigo se estremece con las mismas desazones que me golpean. «Fíjate que yo salí ansioso buscando la fotografía de Fidel. Porque si no estaba…», me confiesa dentro de su emoción. En mi desespero encendido, pasé de largo por todo. Le pido que me la enseñe si le hizo una toma.

«Que jamás vuelva a ocurrir semejante barbarie», habla la letra del Invencible. Y entonces nos fijamos en la fecha de su visita, estampada también con sus trazos. «Marzo, 3, del 2003», dice en tinta negra. Entonces reparamos en que estamos viviendo el 2 de marzo de 2017. «Mañana hace 14 años», descubrimos. Y una emoción extraña nos calma.

Susana Gómes Bugallo

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