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Redefinir al Sapiens

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En 1758 Linneo clasificaba al Ser Humano bajo una densa y aparentemente inacabable red de definiciones que progresivamente dotaban de orden y comprensión a nuestra especie. Lejos de apaciguar nuestra angustia, en ese rincón casi colgante que llamamos Homo Sapiens, vemos que las definiciones continúan. Definiciones nacionalistas, racistas, éticas, clasistas… clasificaciones patológicas, tecnológicas, incluso cosmológicas. Una verdadera lista de proporciones bíblicas cuya ficción o artesanía no las inhabilita para ser más válidas y utilitarias que las que, presumiblemente, gozan de respaldo objetivo en el día a día.

Clasificaciones todas que tratan de legitimarse mediante estrategias de racionalización; sin embargo, lo sabemos, la racionalización no ha solido trabajar en nuestro favor: da lugar a la duda, al error. Si bien Marx y compañía defendieron la idea del socialismo científico, dudo que la palabra científico nos suponga, desde el ámbito de la intervención social, algún flaco favor; todo por el sencillo hecho de que argumentar científicamente es justificar nuestra postura: justificar el discurso de clase, la defensa mutua, la solidaridad internacional. No hay nada que justificar, menos aún desde un discurso científico. Las clases sociales no son una categoría científica en tanto en cuanto esa cientificidad no actúa como norma regidora de nuestras vidas (y a grandes rasgos no lo hace, o no lo hace como sí otros tantísimos principios de las ciencias).

Por tanto, muchas de las disquisiciones epistemológicas del marxismo dentro de ese árbol evolutivo plus ultra al Homo Sapiens pueden estar equivocándose al tratar de racionalizar científicamente que Sapiens sólo hay uno, y que blancos y negras son lo mismo, o que enfermos terminales y enfermos psiquiátricos también merecen trato y dignidad. Claro que lo son, son la misma persona, pero no resulta obvio a las masas dadas las circunstancias históricas en que nos hemos movido y nos movemos.

Por tanto justificar es, decía, dar lugar al error, a la respuesta. Y a la dignidad humana, a la igualdad social, no puede caber respuesta: es necesario cambiar nuestro paradigma epistemológico, nuestro paradigma de clasificación.

Dice la Biblia que al principio era el Verbo. Nada más acertado, aceptando la premisa (compartida por la filosofía existencialista) de que el Verbo implica la Acción. Nombrar es hacer existir, todo en uno (mandamiento imperativo en estos tiempos de comunicación). Lo que ha caracterizado al marxismo, lo sabemos también, ha sido su voluntad de no sólo nombrar al mundo, sino de transformarlo.

Nuestra labor como marxistas es reconfigurar el árbol evolutivo que parte más allá de la clasificación Homo Sapiens, y no tener miedo a utilizar nuestro Verbo, nuestro mandato imperativo arbitrario; no debemos obcecarnos, por muy obvio que esto parezca, en la cientificidad de nuestras tesis a la hora de modificar la realidad. Porque no suelen serlo, ni lo necesitan.

El ARNr-16 es a la biología evolutiva lo que las condiciones materiales del sujeto son a las ciencias sociales: un elemento fundamental de estudio. Sin embargo, conocer no implica transformar (o no siempre). Y por encima del estudio, clave en la comprensión, lo fundamental en las estrategias de intervención tiene que ser la palabra indefinida, la clasificación práctica: la transformación de nuestro modo de vida, individual y particular.

Caer en cientificidades nos impide ver lo opresor del pensamiento científico. Justificar la pequeña economía, la autonomía cultural, la libertad de pensamiento, el uso de la fuerza, etc. nos impide, finalmente, realizar la acción. Hay que Verbalizar la manzana, tal como hizo Eva con el Árbol de la Ciencia: hay que clasificar arbitrariamente qué queremos (no por qué lo queremos, sino cómo lo queremos), para realizar la revolución aristotélica de pequeños cambios de las que nos hablaba Fernández Buey.

Creo que el estadio evolutivo que define realmente al Sapiens no es su inteligencia, es su arbitrariedad. Y el marxismo siempre ha tenido mucho de arbitrario y creativo, casi de libertad dadaísta emancipadora. No debemos permitir que la rabia racionalista de los medios explotadores de toda naturaleza, que se devanan los sesos en justificar por qué son superiores y necesarios, nos hagan creer que el diálogo formal (cuyas reglas han sido establecidas por ellos) sea el camino necesario para la transformación. No lo ha sido para ellos.

Desde la militancia, desde el pensamiento emancipador, lo fundamental es escapar de la angustia existencial de estar entre la definición neutra de especie (mortal, inteligente, competitiva…) y las definiciones subsiguientes, por norma opresivas, dadas por las ciencias sociales (género, raza, nacionalidad…). La huida hacia delante es redefinir nuestra participación en las ciencias sociales, evitando el frío objetivismo dado por la Academia, y las clasificaciones poco útiles de autorías pretendidamente científicas. El saber es científico, la actuación es Verbo: somos lo que queremos porque lo realizamos.

Quizás una línea de pensamiento demasiado poética pero sin duda útil para librarnos, al menos temporalmente, de las restrictivas limitaciones a la imaginación de aquellos que han definido cómo definirnos.

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