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Corría inicios de 2003. En la política internacional predominaba el debate sobre cuál sería el futuro del líder iraquí Sadam Hussein. Tras el, más que discutido hoy pero no en su momento (auto)atentado del 11 de Septiembre de 2001, el líder republicano y Presidente de los Estados Unidos George Bush hijo, inició su apuesta por el unilateralismo en el escenario internacional. Una estrategia que se activó con la invasión de Afganistán justificando Bush que según el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas el ataque al ser un derecho a la legítima defensa no necesitaba la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU.

El debate sobre Irak dividía al Consejo de Seguridad Permanente de la ONU en dos frentes. Estados Unidos y su socio histórico, el Reino Unido, y por otro lado Francia, Rusia y China que se oponían a la intervención militar y apostaban por los informes de los inspectores internacionales quienes negaban que Sadam Hussein tuviera armas de destrucción masiva. Aún sí, Estados Unidos y su estrategia unilateral presentó desprestigiando a los inspectores “pruebas” acusando a Hussein de tener esas armas. La dicotomía unilateralismo Vs multilateralismo se hizo evidente en la comunidad internacional, y el mismo Consejo de Seguridad de la ONU y su Secretario General Kofi Annan sufrieron una pérdida de legitimidad.

Desde Enero de 2003 hasta el 20 de marzo del mismo año, en medio de ese conflicto diplomático internacional sobre la intervención militar, millones de personas salieron a las calles gritando “No a la Guerra”. En países donde los gobiernos apoyaron la injerencia militar sin aprobación institucional por parte de los organismos internacionales, como el caso de España donde el Presidente José María Aznar se alío con Blair y Bush en el Trío de las Azores fracturando la Unión Europea, como en las zonas más lejanas de América Latina, Asia o África. Una manifestación contra la Guerra el 15 de febrero de 2003 se asentó en las páginas del libro Guinness de los Records con la experiencia de Roma como la protesta antibélica más multitudinaria de la histórica con 3 millones de personas. En suma, protestas en 800 ciudades de todo el mundo que movilizaron a más de 30 millones de personas.

14 años después, ¿dónde está esta multitud pacifista?, ¿dónde están esos 30 millones?, ¿por qué se manifestaron contra la Guerra de Irak y hoy no se manifiestan contra la Guerra de Libia, Siria, Ucrania, Yemen o las tensiones por la injerencia de Estados Unidos en Corea del Norte?, ¿donde está esa opinión pública antibelicista?

Sin desprestigiar ese momento pacíficista de 2003 es necesario analizar por qué fue tan masivo en aquel momento. No es malo analizar los alimentos que dan buen sabor de boca pero a veces no son tan saludables. Los movimientos sociales y la opinión pública son fenómenos sociales que surgen de unas necesidades, materiales o ideales, concretas en un momento específico, pero su multiplicidad o potenciación necesita unos canales de alimentación. Y ahí entran esferas de poder que ponen en duda la total autonomía de los mismos movimientos.

Comparando el 2003 de Irak con la situación actual, desde la Crisis Humanitaria en Yemen, el caso de los Refugiados de Siria o Libia, o el pánico a una guerra nuclear con Corea del Norte, vivimos actualmente un contexto más alarmante pero de mayor parsimonia en el movimiento No a las Guerra. Hoy no salen músicos, actores, escritores, docentes, o autoridades de la caduca socialdemocracia europeísta (ejemplo como el PSOE), manifestándose como si lo hicieron contra la Guerra de Irak.

Para entender esta paradoja hay que descifrar la falta de independencia de muchos, no todos, movimientos sociales masivos. Una de las diferencias esenciales en la Guerra de Irak y los conflictos bélicos actuales es la posición de muchos gobiernos. Mientras en Francia, Alemania, y otros países de la Unión Europea los gobiernos decían No a la Guerra de Irak – en el fondo no por sus intenciones humanitarias sino por sus intereses económicos ya que empresas petroleras nacionales tenían contratos firmados con Hussein para explotar petróleo una vez se levantasen sanciones de la ONU- hoy son los mismos que intervienen directa e indirectamente en conflictos armados internacionales como Siria o Yemen. Los intereses económicos que perseguían en Irak las multinacionales francesas y alemanas, entre otras, estaban disfrazados de valores como Paz, Democracia, Libertad, y por ello era necesario potenciar la movilización social e impactar en la opinión pública para intentar evitar el unilateralismo de los Estados Unidos. No era por salvar muertes de niños y niñas en Irak, los mismos que hoy mueren en Siria, sino para no perder sus contratos petroleros.

Una parte de la población europea, pacifistas, progresistas, humanistas, antiimperialistas, salieron a la calle como activistas de Derechos Humanos, pero la llamada a millones de personas a manifestarse fue gracias a las instituciones creadoras de opinión pública; los medios de comunicación. La mayoría de medios de comunicación son privados y los públicos muchas veces más que estatales son gubernamentales. El seguimiento de estos medios de comunicación a las movilizaciones contra la Guerra de Irak no han sido de la misma magnitud contra la Guerra de Siria o Yemen. Los intereses privados de las empresas en Irak, más el asociacionismo con la clase política disfrazada de humanitaria, hizo finalmente que los medios de comunicación dieran voz a los movimientos sociales para escucharse el NO a la Guerra.

14 años después, podemos ver de manera comparativa como la élite económica y política mediante sus medios puede alimentar o ahogar a un movimiento social. El impacto de los medios de comunicación en el movimiento pacifista ya fue analizado en la Guerra de Vietnam, donde una comunicación más transparente y democrática, sin censura y grabando desde el mismo campo de batalla con duras pero reales imágenes, hizo nacer en Estados Unidos un movimiento masivo contra la Guerra. Hoy no solo se censura, y se manipula esas realidades, sino que se decide cuando un movimiento social debe tener publicidad para sumar nuevos activistas puntuales.

Actualmente, la elite de la Unión Europea está cada vez más sumisa a Estados Unidos en su política internacional, sin apostar por el multilateralismo que defienden socios del Consejo de Seguridad de la ONU como China o con la enfrentada vecina Rusia que solo beneficia a Estados Unidos. E incluso apoyando el unilateralismo de Donald Trump hoy, que tanto se criticó a George Bush de 2003, la hace padecer una pérdida de soberanía supranacional en defensa de sus intereses particulares. De esta manera, la población europea sufre hoy la pasividad frente a todo el escenario violento.

Si un oscuro interés económico hubo en Europa por el No a la Guerra de Irak, más interés hay hoy por el Si a la Guerra de Yemen, Ucrania, Siria, Libia, Somalia, o Corea del Norte, con la diferencia de que en el segundo contexto se provocan miles de muertes. Hoy más que nunca hay la necesidad de debatir y construir la gran importancia de la independencia del Movimiento Social Contra las Guerras, dado el yugo ideológico que sufre por parte de los poderes económicos y mediáticos. Una independencia para enfrentar el crecimiento de la industria armamentística, y su impacto internacional, por parte de los Estados Unidos y los países de la OTAN.

Aníbal Garzón Baeza

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