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Los ‘refugiados climáticos’ en Somalilandia: “Si no existes para nadie, nadie te va a ayudar”

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La sequía ganó la partida a Hodo Hassan Osman. Tras perder su ganado, con 32 años y ocho hijos salió en busca de la lluvia. Abandonó su poblado, Bali Ahmed, en el centro de Somalilandia, y tras varios días caminando por una región yerma e inhóspita se estableció con su familia en el campamento de desplazados de Digaale, a unos 15 kilómetros de la capital, Hargeisa.

Hoy, después de tres años y otro hijo, subsiste junto a otras 920 familias de pastores sin reses, invocando al cielo y a la comunidad internacional.

Hodo y sus vecinas lo perdieron todo a causa de la sequía que ya se anota tres temporadas en Somalilandia. Dan vueltas en grupos por el campamento, cubiertas por su chador –velo que utilizan las mujeres musulmanas–, bajo un sol abrasador. Alrededor se arremolinan niños que juegan, inquietos, y curiosean. Su escenario cotidiano –tierra y polvo– resulta poco convincente como espacio lúdico, así que la visita de cualquier desconocido cobra la magnitud de entretenimiento en Digaale.

“Hoy tampoco llueve”, exclama Hodo mirando a las nubes. Sabe dónde dirigir su vista pero también sus reivindicaciones. Con el arrojo de una líder carismática, habla sobre su situación, la de su comunidad y la de un país entero. “Necesitamos comer, trabajar, ayuda de otros países, necesitamos que se hable de nosotros para que sepan que existimos”, reclama en una conversación con eldiario.es.

Todos a su alrededor asienten con la cabeza cargando sus palabras de razón. Somalilandia es una región somalí que funciona desde hace muchos años de forma independiente ante la carencia de un Gobierno real en Mogadiscio. No es reconocido como Estado independiente por ningún país. La consecuencia de este aislamiento, de hecho y de derecho, la explica Hodo: “Si no existes para nadie, nadie te va a ayudar”.

El Gobierno lleva 26 años trabajando para conseguir ese reconocimiento. Mientras tanto, no puede acceder al crédito internacional y, mucho menos, tener fondos para reconstruir un país devastado tras la guerra. La consecuencia la viven familias como la de Hodo, que pueblan campos de desplazados tras perder mas que su trabajo, su forma de vida.

“Ser pastor es imposible”, afirma la desplazada. El estilo de vida tradicional nómada se ve amenazado por la sequía que azota el Cuerno de África y, según alerta la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur), puede ser peor que la de 2011, cuando murieron 260.000 personas. A Hodo no le hace falta leer los informes de ningún organismo internacional alertando sobre la tragedia. “La vivo en primera persona”, dice.

Un rebaño de ovejas bebe agua que ha sido transportada por camiones para los pastores de Bandar Beyla (Somalia). EFE

A pocos kilómetros del campamento es fácil ver pastores, como Mohamed Abdula, con sus camellos pastando donde pueden y alimentándose de chumberas resecas y buganvillas, el único forraje posible. Mohamed ha visto morir a 12 de sus 20 camellos. Como él, miles. La sequía está provocando la muerte del ganado, columna vertebral de la economía del país junto a las remesas de la diáspora.

Somalilandia fue protectorado británico hasta 1960, después se integró en la antigua Somalia colonizada por los italianos creándose la Somalia unificada. En 1991, tras la caída del dictador Siyad Barre y el estallido de la guerra civil en Somalia, se separó y nació la República de Somalilandia.

Cuando su país se independizó, Hodo tenía nueve años. De niña vivió la dictadura pero prefiere mirar hacia delante y confiar en las posibilidades de Somalilandia y en su reconocimiento como nación de pleno derecho. No en vano, cuenta con una Constitución, un presidente elegido democráticamente, una moneda, bandera, Ejército y un cuerpo de policías propios.

Pese a plantar cara al aislacionismo y a la falta de agua, estos dos factores siguen quebrando la tierra y la paciencia de los ciudadanos que, como Hodo, tratan de esquivar la hambruna. Digaale surgió hace tres años como solución provisional para el creciente número de refugiados que han tenido que abandonar sus hogares debido a la sequía.

La escasez de medios económicos y de voluntad política han hecho que el campo no pare de crecer. Está formado por múltiples filas de chozas hechas con chapa, ramas y piedras. Tiene una consulta médica, una escuela y una mezquita, un par de puestos de comida, un pequeño almacén y algo parecido a una cafetería –un mostrador con un fuego– donde Awal prepara té y café. Sorprendentemente, también hay una pequeña oficina de policía. Todo apunta a que Digaale ni es una solución, ni es provisional.

DE LA VIOLENCIA AL ABANDONO

Sin embargo, hay una realidad más trágica a solo una hora de coche de Digaale. Sobre una suave colina se extiende el campo de refugiados Nasoo Xablode, en el distrito de Shiraaqle, al norte de Hargeisa. Es el hogar de Samato Cisman. Allí vive desde los 20 años –hoy tiene 27– junto a su prima Basta Axmed, su tía Sofía Cabdilah y más de 1.000 familias huidas de la violencia de Mogadiscio.

Los campamentos de los “desplazados climáticos” poco se parecen a los de refugiados de guerra. Naaso Xablode lleva en pie siete años desparramado sobre un monte, yermo de vida animal y vegetal, y desprovisto de un mínimo de dignidad para considerarlo hogar de nadie.

Samato y casi 6.000 somalíes más subsisten aquí en tiendas de campaña con forma de iglú fabricadas con ramas de árboles, retales de ropa, mantas de colores y cartones. Huyó de Mogadiscio en 2010 con parte de su familia y ninguno de ellos escapó sin heridas físicas. Ni emocionales. “A mí me pegaron y me hirieron en un tiroteo”, recuerda a este medio mientras come su ración de arroz diaria.

A veces sueña que está dando una vuelta por el campamento y le disparan. Su tía, que roza la cincuentena, enseña, mientras cocina en la penumbra de su habitáculo, la marca que le dejó en la pierna una bala cuando trataba de huir de un enfrentamiento en plena calle. Su prima se llevó la peor parte porque no puede disimular las cicatrices físicas. Un tiro le alcanzó la cara y perdió un ojo.

Samato cuenta que vivir en Mogadiscio era “vivir en el infierno”. “No se podía salir a la calle porque corrías el riesgo de morir en cualquier momento”, relata. Por eso huyeron. El caos violento de Mogadiscio los empujó a la miseria tranquila de Somalilandia. Se alegra de estar ahora en un país estable pero el abandono en el que viven desde que llegaron le revuelve el estómago. Se queja de que otros campos reciben ayuda del Gobierno o las ONG “pero a nosotros no nos ayuda nadie y tenemos que pagar hasta el agua que bebemos”, denuncia indignado.

Varias organizaciones humanitarias han visitado el campamento, pero muchos desplazados de este y otros campos se quejan de que reciben visitas y promesas pero no ayuda. Mohamed H. Djama, somalilandés de 58 años, taxista y guía, vive en Hargeisa, ha sido refugiado en Yemen muchos años y ha colaborado con algunas ONG internacionales, a las que critica. “En Yemen venían a los campamentos, recababan datos, tomaban fotos, conseguían subvenciones internacionales y no volvían”, sostiene.

El calor y la falta de humanidad se pelean por ser protagonistas en Nasoo Xablode. Por supuesto, no hay escuela, ni mezquita ni una tienda de mala muerte. Mucho menos un médico que acuda una vez al mes. Los primeros refugiados procedentes de Mogadiscio llegaron aquí en 2010, un año después de la última guerra en Somalia y tras la retirada del ejército de Etiopía. Miles huyeron hacia otros territorios de Somalia. Otros encontraron cobijo en países vecinos, como Samato y su familia en Somalilandia, el vecino pacífico que 26 años después sigue sin existir. Y se muere de sed.

F/eldiario.es
F/EFE

 

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