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Érase una vez la prima Victoria que vivía en Yaroslav, un pueblo de la Rusia profunda

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Había una vez una vez una familia común y corriente que vivía en Rusia. El padre, Serguei Skripal, trabajaba de espía hasta que se puso al servicio del MI6, el bando contrario, los espías británicos.

Le detuvieron, le condenaron por alta traición, entró en la cárcel pero le canjearon por otro espía como quien intercambia cromos. Al salir del talego se fue a vivir con sus padrinos británicos.

Tenía una hija, Julia, que se dedicaba a los negocios y viajaba frecuentemente de ida y vuelta entre Rusia y Gran Bretaña.

Tras la muerte de su hermano, Julia recibió una gran suma de dinero, lo cual hubiera sido un alivio para su futuro y el de su padre de no ser porque un mes después ambos fueron envenenados durante una visita en Salisbury, un pueblecito de la campiña inglesa.

Se montó un lío muy gordo. Intervino hasta la Primera Ministra, Teresa May, quien se enfadó mucho con los envenenadores, aunque no sabía quiénes eran. Pero en los cuentos esas cosas no importan porque los malos son siempre los mismos. Los malos son los malos, o sea, los rusos, Iván El Terrible, Rasputín, Stalin, Putin y demás.

Theresa les dijo a todos que el padre y la hija envenenados agonizaban en un hospital y que nunca podrían recuperar su salud porque los malvados les habían suministrado una pócima a la misma altura, o sea, muy mala y venenosa. Letal.

Un Estado (Rusia) había atacado en el territorio de otro Estado a civiles comunes y corrientes, como los Skripal, lo cual es intolerable, dijo Theresa muy enfadada. “Es una declaración de guerra”, añadió a gritos.

Entonces apareció la prima Victoria, que vivía en Yaroslavl. La noticia de sus primos envenenados en Gran Bretaña la tenía agobiada y quería hablar con ellos para saber de primera mano lo que había ocurrido.

Naturalmente eso no era posible porque Serguei y Julia agonizaban en el hospital.

Pero la prima Victoria quería mucho a sus primos y se empeñó en que le dieran un visado para viajar a Londres. Como no le hacían caso, empezó a protestar. Se convirtió en el elefante en la cacharrería: se fue a hablar con los periodistas británicos, aparece en las cadenas de televisión rusas…

En un asunto así, donde todo está bajo un estricto control, no hay nada peor que una mosca cojonera como la prima Victoria.

Fue en ese preciso momento cuando, de repente, Julia despertó de su letargo; no agonizaba, sólo dormía plácidamente. Incluso había recuperado el habla y lo primero que hizo fue llamar por teléfono a su prima Victoria desde un número desconocido. Su voz no era la de alguien que se había enfrentado a la muerte y salía del coma. En absoluto.

Por medio de Julia, May y sus chicos del MI6 querían calmar a una prima de Yaroslav que no entraba dentro de los cálculos y podía meter sus narices en el pastel que cocinaban en el horno.

Los espías (rusos, claro) que lo graban todo, grabaron también aquella conversación y, lo que es peor, no se lo guardaron en el acostumbrado armario sucio, sino que fueron con el cuento a sus amigos, reporteros como nosotros, que tenemos una copia y la vamos a traducir del ruso. Lo interesante está en el minuto 35 de la pista de audio, donde una moribunda Julia trata por todos los medios de que su prima de Yaroslav no viaje a Londres para visitarles en el hospital:

Victoria: ¡Hola!
Julia: ¡Hola!, ¿me oyes?
V.: Te escucho.
J.: Soy Julia Skripal.
V.: ¡Oh! ¡Julia, eres tú! ¡Oh, Dios mío! ¡Se por tu voz que eres tú! ¡No lo entiendo! Te dimos el teléfono, ¿verdad?
J.: Sí, sí, sí.
V.: ¡Gracias a Dios! Mi pequeña Julia, ¿estás bien?
J.: Estoy bien. Todo está bien. Todo está bien.
V.: Mira, si mañana consigo el visado, puedo ir a verte el lunes.
J.: Um, Vic, nadie te va a dar el visado.
V.: Bueno, eso es lo que pienso yo también. Vale, pero si lo regalan, necesito que me digas si puedo verte o no. Tienes que decir que sí.
J.: Um, no lo creo. Aquí, la situación es así. Veremos más tarde.
V.: Sí, lo sé. Lo sé todo.
J.: Sí, más tarde será mejor. De todos modos, todo está bien. Después todo será más claro.
V.: ¿Es ese tu teléfono?
J.: Es temporal, ya sabes, esto.
V.: Um, entiendo.
J.: Hasta ahora todo va bien. Entonces veremos, arreglaremos todo sobre la marcha. La situación es así, ¿entiendes? De todos modos, todo está bien. Todo está bien. Todo está bien. Todo va a ir bien. Todos se curarán. Todo el mundo está vivo.
V.: OK. ¿También Papá está bien?
J.: Todo está bien. Ahora está descansando. Está durmiendo. Todo el mundo está sano. Nada irreparable para nadie. Ya ves. Pronto saldré del hospital. Todo está bien. Todo está bien.
V.: Vale, te beso conejito mío.
J.: ¡Vamos, hola!

Como ven, el cuento nunca tiene nada que ver con la realidad. Los moribundos no eran tales; sólo descansaban. La prima no debía ir a Londres porque podía meter la pata. Podía ver con sus propios ojos algo que no tenía nada que ver con la verdad: nadie estaba enfermo, sólo dormían, descansaban.

El cuento podía acabar aquí y quedaría redondo: sin razón alguna, el gobierno británico no le da el visado a la prima Victoria de Yaroslav para que pueda visitar a sus familiares moribundos, despedirse de ellos, darles el último abrazo…

Pero los pérfidos rusos volvieron a hacer de las suyas y revelaron la conversación telefónica entre los primos que habían grabado con muy malas artes. Entonces los británicos tuvieron que despertar también al padre. ¡Qué éxtasis!

Estuvimos al borde de una guerra internacional por nada, por la agonía de una familia común y corriente.

Luego estuvimos al borde de otra por otro envenenamiento, aunque esta vez no ocurrió en Salisbury sino en el mismo lugar de la Mil y Una Noches: en un oasis de Oriente Medio, cerca de Damasco. Alguien se ha aficionado a los cuentos y no para de contarlos a quien quiera escucharlos.

Tenemos muchos cuentos como estos, de pócimas, venenos, brebajes, brujas y malvados. ¿Les gustan a Ustedes los cuentos o prefieren la cruda realidad?

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