A diferencia de los Gobiernos occidentales, que sienten una especial debilidad por bombardear, bajo dudosos pretextos, a países que no les pueden responder, Moscú prefiere golpear a sus contrincantes en la arena diplomática, armado de argumentos. La columnista de Sputnik, Irina Alksnis, explica cómo es que estos dos casos quiebran el orden mundial.

El mismo día que la coalición de EEUU, el Reino Unido y Francia lanzó un centenar de misiles en dirección a Siria, a cuyo Gobierno acusan de haber realizado el presunto ataque químico en la localidad de Duma, el ministro de Exteriores de Rusia hizo público parte de un documento confidencial referente al caso Skripal.

Una cachetada diplomática

En su intervención ante el Consejo de Política Exterior y Seguridad, Serguéi Lavrov se desvió del programa del encuentro para informar que Moscú recibió bajo condiciones de confidencialidad los resultados del laboratorio suizo de Spiez. Esta institución fue la encargada del análisis de las muestras recopiladas por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) en Salisbury.

El documento apunta que en las muestras se encontraron rastros de la sustancia química BZ.

El BZ es el código que la OTAN emplea para el bencilato de 3-quinuclidinilo, una sustancia desarrollada y manejada por los países de la Alianza Transatlántica. Su efecto psicotóxico se logra desde treinta a sesenta minutos después de la aplicación e incapacita a la víctima por un período de hasta cuatro días.

A diferencia de la sustancia A-234 —catalogada en Occidente como ‘Novichok’ y que quita la vida de manera instantánea— la aplicación del BZ sobre los Skripal podría explicar cómo es que pudieron no solo sobrevivir al ataque, sino también pasearse por la ciudad minutos después de ser contagiados. Una vez incapacitados, los especialistas habrían tenido tiempo más que suficiente para inducir a ‘los pacientes’ a un estado de coma artificial, en el cual permanecieron por varias semanas.

El propio laboratorio de Spiez no negó ni confirmó lo escrito en el documento presentado por el ministro ruso, alegando que eso le corresponde a la OPAQ. No obstante, apuntaron que los niveles de control en sus resultados son tan estrictos, que en sus informes no queda espacio para la duda.

Con el documento de Spiez en mano, Serguéi Lavrov lanzó una pregunta razonable. La principal intriga ahora queda no tanto en los propios resultados de la investigación, que aclara muchas cosas extrañas en el caso Skripal, sino ¿por qué las conclusiones del laboratorio suizo, al que acudió la OPAQ para analizar las muestras recogidas en Salisbury, no aparecen en el informe de la organización sobre lo sucedido?

Quiebre de la OPAQ

La OPAQ es una organización nacida tras la Guerra Fría, en una época de desarme, cuya misión principal es seguir la aplicación internacional de la Convención sobre la prohibición de armas químicas. Se suponía que actuase como un tercer jugador, soberano y objetivo, cuyas conclusiones fuesen aceptadas por todas las naciones. Pero todo tiene un fin y el documento confidencial revelado por el ministro ruso ha puesto en duda la imparcialidad de la organización, destaca Irina Alksnis.

Los que presenciaron la intervención de Serguéi Lavrov, fueron testigos de cómo caía un bloque más en el cual se basaba el actual orden mundial.

El hecho de que la ONU haya perdido cualquier relevancia y peso en la arena internacional ya no sorprende a nadie. Desde la caída de la URSS, cuando se perdió el contrapeso que mantenía a raya a las potencias occidentales, estas últimas han hecho y deshecho lo que se les ha antojado, con o sin el consentimiento del Consejo de Seguridad y bajo cualquier excusa que luego se desmoronaba.

Ni siquiera los bombardeos occidentales sobre Siria, anunciados de antemano, pudieron empujar al secretario general de la ONU a condenar esa flagrante violación del derecho internacional. En la reunión del Consejo de Seguridad, Antonio Guterres, cuya presencia fue exigida por Rusia, Guterres se limitó solo a pedir a las partes involucradas una mayor “moderación”.

Lo más irónico de todo esto es que el quiebre de las instituciones internacionales, destinadas a prevenir la impunidad del más fuerte contra el más débil, es precisamente el que empuja a pequeños países como Corea del Norte a hacerse con sus propias armas de destrucción masiva, como último recurso de defensa. Es precisamente la inutilidad de la comunidad internacional a favor de la hegemonía anglosajona, la que causa la mayor amenaza para su propia existencia, concluye la autora.

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