Para completar el trabajo que el FAI viene realizado sobre la esclavitud y el imperialismo leer ; “El oficio más antiguo del mundo no es la prostitución, es el de mirar para otro lado”.

Se suele decir que, en el mundo en el que vivimos, todos somos de algún modo esclavos. Esclavos del consumo, esclavos del trabajo asalariado, esclavos del banco con el que contratamos la hipoteca o al que le

debemos un préstamo, etc. Al afirmar esto se hace un uso retórico y algo exagerado del término “esclavo”. Sin embargo es posible ver en esa exageración cierta verdad:

Esclavo es aquel que, ante la amenaza inminente de la muerte, acepta “libremente” someter su voluntad a la de quien puede arrebatarle la vida. Se convierte entonces en propiedad de su amo y se pliega a sus deseos. En el capitalismo, orden económico basado en la producción de mercancías, la situación tiene una forma distinta, pero el mismo fondo: quienes no disponen de los medios para asegurarse de forma autónoma su propia subsistencia dependen del mercado para acceder a lo que necesitan, y por tanto aceptan “libremente” someter su voluntad a la de otro durante una parte del día, a cambio de un salario. La ficción jurídica de la “libre” renuncia a la propia libertad, es eso, una ficción, una argucia ideológica que oculta la existencia, de hecho, de una situación de vida o muerte. Que libra al poderoso de cualquier posible cargo de conciencia. Que conduce a que el débil se considere a sí mismo como el único responsable de su propia situación.

En Trabajo asalariado y capital (1849), Marx planteó la comparación en estos términos: “El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. […] En cambio, el obrero libre se vende él mismo y además, se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, de los instrumentos de trabajo y de los medios de vida; es decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún propietario ni está adscrito a la tierra, pero las 8, 10, 12, 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra”. La diferencia entre privar a alguien de una hora de su vida y arrebatarle la vida entera es solo una cuestión de grado.

De todos modos, para ser justos y precisos, hay matices importantes que debemos tener en cuenta. El capitalismo está basado en la producción de mercancías, pero no todo es mercancía, o no
siempre. Del mismo modo, no todos o no siempre somos esclavos, pero el capitalismo es un sistema productor de esclavitudes.

El capitalismo necesita disponer de “fuerza de trabajo” libre para poder someterla. Necesita que la gran mayoría de la sociedad sea privada de los medios que le permitirían subsistir de forma
autónoma. Necesita, por tanto, que nadie sea dueño de nadie y que casi nadie sea dueño de nada. Esto, la producción masiva de desposeídos dispuestos a vender su fuerza de trabajo, no se puede
hacer ni mantener sin violencia. Tampoco es posible, cuando tienen lugar crisis de acumulación como la actual, mantener las tasas de beneficio si no es despojando a otros por la fuerza.

En la actual fase del capitalismo, caracterizada por una crisis generalizada del trabajo asalariado, una gran parte de la población del mundo no puede solamente recibir un salario “digno” sino ni
siquiera vender su fuerza de trabajo. Esos grupos de población se vuelven por lo tanto “redundantes” o “excedentes” y quedan abandonados a su suerte: son las primeras víctimas del hambre, de las guerras de rapiña, de las catástrofes medioambientales.

La “acumulación originaria” de capital, y su periódica repetición bajo distintas formas en el seno mismo del capitalismo, nos da por lo tanto una buena pista para entender cuál es la conexión entre el capitalismo global actual y la guerra-mundo, entendida como el uso sistemático y deliberado de la violencia armada a escala planetaria por parte de un conjunto de grandes potencias, lideradas por los Estados Unidos.

Mediante esta forma de guerra, que a veces es abierta y otras muchas encubierta, las potencias imperialistas conquistan nuevos mercados, se apropian por la fuerza de recursos ajenos (naturales y
sociales), se lucran primero con la destrucción y después con la reconstrucción, imponen globalmente sus propios intereses, dinamizan sus propias economías, disciplinan a los trabajadores
y tratan de amedrentar a quienes resisten. Todo esto ocurre de forma crecientemente sanguinaria, y con una arbitrariedad e impunidad totales, aunque el orden imperialista recurra a justificaciones tales como la expansión de la “democracia” o la “protección de los derechos humanos”.

La gran pregunta que surge cada vez que aparece ante nuestros ojos la brutalidad descarnada y la profunda injusticia de este orden de cosas es: ¿por qué lo aceptamos? Esta pregunta adquiere una
importancia aún mayor cuando comprendemos que este sistema no puede funcionar si no cuenta con nuestra aceptación pasiva. La respuesta pasa por constatar que el orden imperialista cuenta con sus propios mecanismos de producción de consenso, combinando ideología y represión.

Lo que hace a este sistema particularmente resistente es que su propia lógica material produce la ideología que la encubre:

Por ejemplo, el propio hecho de recibir un salario nos lleva a creer que nos pagan por el trabajo que hacemos y no lo que necesitamos para volver a trabajar al día siguiente. Y la naturalización del trabajo asalariado hace casi impensable la pregunta sobre si sería posible vivir de otro modo.

El propio hecho de que bajo el capitalismo se produzcan tantas cosas y tan diversas nos lleva a creer que ese es el criterio que mide nuestra prosperidad económica. No vemos que lo que importa es el beneficio, provenga éste de vender panes o de vender bombas.

El propio hecho de que el capitalismo sea un sistema productor de mercancías, de que prácticamente todo tenga un precio, nos hace creer que esta situación no tiene nada de extraño. Que
los seres humanos siempre hemos vivido así. Que el uso va unido a la propiedad. Que lo común es imaginable solo como excepción anacrónica o como utopía irrealizable.

En esta misma lógica, el propio hecho de que el capitalismo sea un sistema productor de esclavos nos lleva a creer que somos libres. El que tiene contrato fijo celebra su propia situación frente al
precario. El precario frente al migrante. El migrante frente al parado. El parado frente al pobre. El capitalismo se aprovecha de las diferencias entre trabajadores, las agudiza y las reproduce, porque de ellas se derivan beneficios económicos y ventajas políticas, puesto que a la desunión le sigue la derrota. Dentro de esa escala de diferencias, el trabajo esclavo actual es una situación de brutal excepción. Pero que sea excepcional no quiere decir que sea una anomalía ajena al funcionamiento del orden imperial capitalista global. Al contrario: se trata de una excepción que ayuda a sostener política y económicamente el funcionamiento del conjunto. Entre otros motivos porque el capital necesita que en algún lugar del mundo se den las condiciones necesarias para que el coste de la fuerza de trabajo se mantenga bajo mínimos. Solo con salarios de miseria es posible bajar los precios de venta de las mercancías y mantener o incrementar los ritmos frenéticos de consumo que existentes en los países desarrollados. Casos como el de la extracción de coltán en el Congo, la producción de textiles y calzados en el sudeste asiático, o la situación de los trabajadores migrantes explotados en el sector agrícola español deberían constituir evidencia suficiente para sostener lo que aquí se está planteando.

Que utilicemos la misma palabra (“esclavo”) para referirnos a realidades pasadas y presentes no significa que estemos hablando del mismo fenómeno en todos los casos. Y que vinculemos las
formas actuales de trabajo esclavo a las formas actuales de trabajo “libre” tampoco significa negar la específica brutalidad de las primeras. De hecho es lo que ayuda a explicitar que nuestra posición  de relativo privilegio perdura gracias a la violencia, el hambre y la muerte de la que nuestros gobiernos son autores o cómplices.

En definitiva, lo que se trata de mostrar es que las formas actuales de esclavitud no son un residuo del pasado que debe desaparecer más pronto que tarde, igual que cae del árbol la fruta madura. Al contrario: las formas de esclavitud de hoy son producto de las lógicas políticas y sociales del presente. Tienen que ver con la pugna del capitalismo, de sus clases dirigentes, por mantener sus
privilegios a costa de las grandes mayorías sociales, incluso si eso significa devastar el planeta y condenar a millones de personas al hambre, la miseria y la muerte.

Esto es lo que explica que en la actualidad, según el informe Global Estimates on Modern Slavery de 2017 preparado por la OIT, haya en el mundo casi 25 millones de trabajadores esclavos,
predominando las mujeres, su presencia en la economía privada, y que su origen sea la esclavitud por deudas. La cifra total asciende a 40 millones si, como hace dicho informe, tomamos también en mconsideración los matrimonios forzosos como otra forma de esclavitud.

Que las formas actuales de esclavitud no sean un residuo del pasado sino un producto del actual orden político y social es también lo que explica el auge de la trata de personas allí donde las
potencias imperialistas llevan a cabo “intervenciones quirúrgicas” (por ejemplo en la antigua Yugoslavia, o actualmente en Libia y, como efecto de la “crisis de refugiados”, en toda la región
mediterránea): no estamos hablando de situaciones imprevistas o inevitables sino de efectos deliberadamente perseguidos por las potencias imperialistas. También así se explica que a estas
alturas del siglo XXI, a setenta años vista del proceso de descolonización, no solamente queden territorios coloniales (como Israel, o el Sáhara Occidental), sino que además se perpetúen y agraven
el subdesarrollo y las dinámicas de intercambio desigual.

Actuar contra todas las formas actuales de esclavitud es una tarea indisociable de la lucha contra la esclavitud en todas sus formas. También en contra de aquellas en las que aparentemente se trata de trabajadores libres. Ante la guerra-mundo no caben posturas equidistantes: o somos cómplices, o nos comprometemos con la lucha para ponerle fin.

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