Un impactante análisis elaborado por una institución de primer orden ha visto la luz. El análisis en cuestión proyecta la distribución de la riqueza en la sociedad, tomando como base la tendencia experimentada en la última década.

Y los augurios no son nada buenos, ni para la (cada vez menos) clase media, ni tampoco para los más beneficiados: las clases (estratosféricamente) altas. El hecho es que, de continuar la evolución vista desde la última crisis de 2008, la proyección apunta a que en 2030 el 1% más rico del planeta poseerá dos tercios de la riqueza global. Ahí es nada, o más bien: ahí es (casi) todo.

El análisis que ha levantado una polvareda que envuelve a todas las clases sociales

Si bien nuestros lectores más asiduos saben que este tema nunca ha dejado de estar presente en nuestras líneas, en esta ocasión, el debate ha vuelto a ocupar portadas en los “medios commodity”. El soplar del fuelle ha revivado los rescoldos de esta particular hoguera (muchas veces de las vanidades).

Y ese soplar ha venido acompañado del atizador de una creciente desigualdad, una inusitadamente renovada lucha de clases, una temblorosa sostenibilidad y estabilidad del sistema socioeconómico en los plazos más largos, etc. El conjunto del fuelle y el atizador, ha conseguido el clásico efecto de reavivar la hoguera, y esperemos que de algún modo consiga calentar un poco la casa de todos sin provocar un incendio al descontrolarse.

El análisis de la discordia (ojalá fuese de la concordia en algún momento) tiene su origen en la proyección que ha realizado nada más y nada menos que la Biblioteca de la Casa de los Comunes de Reino Unido. Esta institución ha analizado las tendencias sufridas en la distribución de la riqueza desde la última gran crisis de 2008, y, como les decía, concluye que, de seguir así, en 2030 el 1% más rico del globo poseerá el 64% de la riqueza mundial.

Incluso en escenarios más favorables para la igualdad, por extenderse el plazo temporal y pasar a abarcar años anteriores de menor desigualdad, la proyección no es mucho más alentadora: tan sólo rebaja la escandalosa cifra a que el 1% más rico acabaría poseyendo más del 50% de la riqueza global. Igualmente un despropósito, si bien seguro que para algunos con poca visión de futuro era un claro propósito, tal vez hasta de Año Nuevo (o más bien de Década Nueva).

La tendencia de desigualdad creciente que se consolida

El caso es que esa proyección está basada en datos reales y tangibles. Según pueden leer en el enlace anterior de The Guardian, las estadísticas, esas viejas enemigas de las falsas percepciones (o intenciones), constatan que desde 2008 la riqueza del 1% más rico se ha venido elevando a razón de un 6% anual. Mientras tanto, la riqueza del 99% restante ha venido experimentando un ritmo de crecimiento un 50% inferior, quedándose en un lejano 3%.

El resultado de la diferencia entre estas variaciones porcentuales anuales, con el efecto multiplicador de un orden de magnitud que habría tras una década de tendencia sostenida, arroja el escandaloso resultado que abría este análisis.

Es más, se podría decir incluso que la proyección es conservadora, puesto que los factores que han llevado a este crecimiento de la desigualdad son factores que se retroalimentan a sí mismos, con lo que no se puede descartar que la evolución dispar de la riqueza de las diferentes clases sociales pueda incluso incrementar su ritmo.

Efectivamente, diversos analistas apuntan como una de las razones para la creciente desigualdad al hecho de que, en los últimos lustros, los sistemas socioeconómicos han visto cómo la brecha salarial (o de ingresos) entre ricos y clase media se ampliaba sensiblemente. Ya analizamos este tema (con un halo de esperanza puesto en la clásica capacidad de catarsis de EEUU) en el artículo “¿Cansado de CEOs con sueldos estratosféricos? Las empresas en USA empiezan a reportar un nuevo indicador de equidad“.

El dinero llama al dinero, y la desigualdad se retroalimenta reforzándose a sí misma

Esa (cada vez más) amplia ventaja en ingresos, ha abierto un brecha que ya es sima también en riqueza, puesto que los ingresos se han acabado traduciendo en una capacidad de ahorro sensiblemente superior. Ello a su vez ha llevado a que esas clases altas hayan acabado acaparando activos, dejando el capitalismo popular más idealista en un asunto de otras décadas.

Obviamente, la acumulación de activos en las mismas manos (fuertes) ha tenido como consecuencia que las clases más altas incrementen su proporción de posesión directa de negocios, empresas, acciones, startups, vehículos de inversión… y así hasta un largo etcétera de activos del sistema socioeconómico en general que han acabado mayoritariamente en manos de unos pocos dueños.

Y esos activos, tras el final de (tal vez tan sólo esta primera parte de) la Gran Recesión, han reportado jugosas plusvalías a sus hacendados tenedores, incrementando aún más las diferencias entre clases, y haciendo de efecto multiplicador sobre la desigualdad en la distribución de la riqueza. El dinero llama al dinero, y podemos añadir que además cuanto más dinero más se llama a más dinero. ¿Recuerdan lo que les decía de que estas tendencias se retroalimentan?

Hay un debate abierto, y hay algunos que incluso afirman que la desigualdad ha bajado

Como tal vez ya sepan, el tema de hoy es objeto de un acalorado debate que ha llegado incluso a medios académicos. El debate no se centra en la existencia de una desigualdad que es innegable, sino en si la desigualdad beneficia o perjudica la economía de un país. Corriendo un tupido velo sobre temas como la justicia social, lo cierto es que algunas posiciones parecen evidentemente fundamentadas, y otras indefendibles. Como pueden imaginar, desde estas líneas pretendemos aportar a este debate nuestro granito de arena.

La alemana Deutsche Welle publicó un interesante artículo sobre el beneficio o perjuicio de la desigualdad. Pueden leer argumentos en uno u otro sentido, pero un servidor va a ir un poco más allá de lo más evidente, como ya saben que acostumbro a (al menos intentar) hacer.

Para empezar, demostrar si la desigualdad beneficia o perjudica al crecimiento económico es un tema harto difícil. Zanjaremos esta parte del debate con un salomónico “depende”. Efectivamente un grado de desigualdad fomenta la meritocracia e incentiva el progreso social y el emprendimiento, pero no es menos cierto que una desigualdad excesiva deteriora la economía, por un sencillo y ampliamante comprobado hecho: la propensión marginal al consumo es mucho mayor entre las clases más desfavorecidas y las clases medias que entre las altas.

En otras palabras, el dinero en manos de las clases con más limitaciones económicas tiende con mucha mayor facilidad a ser gastado, y por lo tanto a revertir al sistema generando consumo y actividad económica. Como ven, el “depende” anterior era un “depende” por el que cierto grado de desigualdad beneficia al sistema en su conjunto, mientras que una desigualdad excesiva acaba perjudicando al crecimiento económico.

Debemos alertarles acerca de cómo será el asunto que el mismísimo FMI ha hecho una llamada de atención sobre las negativas consecuencias que la desigualdad está teniendo sobre el crecimiento económico. Y les pongo de relieve el doble valor que puede tener esta noticia por su origen, asumiendo que el FMI es calificado por algunos sectores económicos como de una institución de corte tradicionalmente liberal.

La cara B del debate sobre la desigualdad resulta ser la más importante

Algunos argumentan en contra de las tesis del creciente y peligroso exceso de desigualdad poniendo sobre la mesa datos que muestran cómo la desigualdad en realidad ha bajado en términos globales. Razón no les falta, lo que les falta es profundidad del razonamiento más allá de los datos más evidentes.

La desigualdad global efectivamente ha descendido, principalmente por el auge de las clases medias de los países emergentes, sobre todo de China e India, y a costa del estancamiento (o incluso retroceso) de las clases medias de los países desarrollados según el World Inequality Report. Ahí está el gap que decrece, el internacional.

Pero si desmenuzamos un poco más el asunto, podemos ver cómo en verdad, al analizar realidades nacionales, la desigualdad en cada país o área económica ha experimentado un alza importante. Es la paradoja de ser rico en términos globales, pero que para vivir en tu país con lo que te toca del pastel no te llegue apenas ni para ser clase media.

Y la cara B de este debate es que no tiene mucho sentido estar preocupándose por si crecemos más o menos con una desigualdad galopante, sino a qué nos puede acabar llevando pasar de galopar a ir a lomos de un caballo desbocado. La clave está ni más ni menos en que la desigualdad, y lo que es más importante todavía, la percepción de la desigualdad, llevan a la inestabilidad social, y a la postre a la insostenibilidad del sistema socioeconómico.

No podrán negar que, al menos, la realidad económica que prima en esa desigualdad (y esa percepción de la desigualdad) a la hora de diseminar descontento social es la realidad nacional, ésa en la que vivimos en nuestro día a día; justo ésa en la que la desigualdad crece de forma galopante, y que promete seguir creciendo de forma desbocada de continuar con la misma tendencia actual hasta 2030. Y tras el descontento social vienen los populismos, los nacionalismos y el proteccionismo “por las bravas”, por no hablar de cómo puede seguir evolucionando la situación.

Hay analistas que ya dudan hasta de que haya esperanza y de que los gobiernos ya no tengan la capacidad de revertir la situación. Argumentan que ya no disponen de los recursos necesarios para ello. El propio World Inequality Report afirma que “los países se han vuelto ricos pero los gobiernos se han vuelto pobres, lo cual limita sus opciones de atacar la desigualdad”, al menos sin romper las reglas del juego (con todo lo que eso podría acabar implicando). No les voy a volver a sacar el tema de la actual borrachera de deuda mundial y la eterna burbuja de bonos soberanos.

El lado más siniestro de la desigualdad tiene su nombre esculpido sobre una losa de mármol

Los datos evidencian además un lado mucho más siniestro de la desigualdad que ése de simplemente desincentivar el crecimiento económico, y que parte de la inestabilidad que ya les he citado antes. En la gráfica que pueden ver en este enlace sobre la evolución a lo largo de las últimas décadas del tanto por ciento de la riqueza acaparado por el 1% más rico, pueden observar cómo actualmente hay efectivamente una evidente tendencia ascendente desde el mínimo del 8.9% a principios de los años 80, hasta alcanzar en los últimos años un máximo en torno al 22%.

Es mi deber llamarles la atención sobre el hecho de que el anterior pico equiparable de desigualdad se alcanzó en el 23.9% poco antes de iniciar la década de los años 30 del pasado siglo XX. No hace falta que les recuerde lo convulsa social y económicamente que resultó ser aquella década. Tampoco hace falta que les recuerde en qué desembocó toda aquella situación en diversos países y en todo el planeta. Y ni se me ocurrirá mencionar los millones de muertos que dejó sobre la mesa la funesta Segunda Guerra Mundial.

Pero no, algunos insisten en obviar el factor clave de que la desigualdad excesiva pueda llevar a la inestabilidad social, y espero que al menos no nieguen que la inestabilidad social puede llevar a cualquier situación política extrema. Paradójicamente, en estas situaciones inestables casi siempre de poco sirve haber acumulado mucho o poco dinero durante la época predecente: poco le importa al que aprieta el gatillo.

Cuiden a la clase media, y no traten de esquilmarla. Esa clase media que se desplaza lentamente en las medianas (que no en las medias) hacia posiciones que se acercan al umbral de pasar a ser consideradas casi clases humildes. En la sana existencia de una clase media acomodada y amplia reside la sostenibilidad del sistema en su conjunto, con TODO lo que ello implica. Así que, los que no lo hacen ya, hagan el favor de empezar a darle el tratamiento que esta clase clave tan merecida y urgentemente se merece. Es por el bien de todos (sí, incluso de los más ricos).

Y lean el TODO anterior con inevitables mayúsculas: luego en el camposanto de nada sirve haberse ido dejando más o menos ceros en el banco, tan sólo marca la diferencia entre una lápida de mármol o una de calidad inferior (y a veces ni eso). Ya ven qué diferencia acaba marcando en la Historia la desigualdad excesiva, como si mereciera la pena para alguien.

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