Alfonso Velásquez

Ciento de millones de personas en todas las naciones en los cinco continentes marcharon por las calles de sus ciudades, el pasado primero de mayo, gritando contra el terrorismo y contra la máquina de guerra imperial que sigue su macabra tarea de avanzar a una conflagración mundial; contra los bombardeos en Siria y otros países de Oriente Medio, contra la intervención y el bloqueo en la hermana República de Venezuela, contra el racismo, por empleos dignos y contra la barbarie medio ambiental.

Ha sido una jornada internacionalista, incluso en el propio vientre del imperio belicoso estadounidense (Estados Unidos celebra el día del trabajo el 4 de septiembre) que por séptimo año consecutivo marcharon los y las trabajadoras en varias ciudades.

En América Latina y fundamentalmente en la Cuba socialista, Nicaragua y Venezuela, ríos humanos desfilaron exigiendo cesar el bloqueo criminal y el respeto por la autonomía y la soberanía de sus pueblos, por la libertad de Lulla y demás presos políticos en Brasil, contra las políticas anti-sociales en Argentina, en fin, la región más dinámica y agredida por los mal denominados “golpes suaves” o blandos que no tienen ni de una cosa ni de otra, pues es una descarada intervención imperialista que pretende detener la construcción de modelos alternativos que frenen la acción depredadora neoliberal.

En Colombia, las marchas se realizaron en  un gran número de municipios aparte de las ciudades capitales, bajo las consignas y bandera de exigencia de  defensa de la paz con justicia social, por la libertad de los presos políticos y el avance hacia una paz integral con el ELN y el EPL, por un gobierno de transición que implemente lo acordado con las FARC e incumplido hasta ahora, contra la actitud belicosa del Fiscal, por democracia plena, en defensa de la soberanía, contra el ingreso de Colombia a la OCDE, por derechos laborales y empleo digno.

Las columnas de profesores universitarios y de secundaria junto con los estudiantes exigiendo mayor presupuesto para la educación pública, la presencia de sectores en conflicto, desempleados, campesinos, Central Nacional Provivienda, sindicatos, cooperativistas, en fin, de todos los damnificados por el neoliberalismo pusieron en evidencia el espíritu unitario, combativo y entusiasta en el marco de la construcción de un futuro mejor.

Sin ninguna duda, la campaña presidencial ocupa un lugar importante en el interés de las movilizaciones, la presencia del candidato Gustavo Petro al lado de las y los trabajadores es recibida con enorme entusiasmo, pues sus anuncios de reindustrializar al país, de comprometerse con los acuerdos, la posibilidad de recuperar el poder constituyente, defensa del medio ambiente, educación, salud como derecho y no como mercancía, etc., generan en la mayoría de la población mucho apoyo;  mientras rechazan con vehemencia el retorno a la guerra y a la confrontación entre colombianos, que puso al país como el de mayor número de desplazados y el tercero en desigualdad. La lucha contra la corrupción el clientelismo y la politiquería también han sido agitadas en las consignas.

Las enormes concentraciones realizadas por la Colombia Humana, Decentes y otros movimientos y organizaciones políticas y sociales, son el preámbulo de la posibilidad de ganar en la primera vuelta y aprestarnos a un ciclo de apoyos para avanzar y no permitir el saboteo de la oligarquía en impedir que se realicen los programas estampados en los compromisos de un gobierno de inclusión que se iniciará a partir del próximo 7 de agosto.

La lucha de clases que pregonaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista está latente en la región y se avanza a nuevos tratados comerciales y políticos que garanticen nuestro divorcio definitivo de los planes imperialistas de seguir siendo su patio trasero.

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