Juan Manuel Olarieta

Es una concepción muy extendida que, como los archivos de un ordenador, la historia también se puede borrar. Pero por extendida que esté, es errónea. Es absolutamente imposible. La historia es una evolución, un desarrollo y una metamorfosis, un cambio en la forma, una transformación de un acontecimiento en otro.

Si, es cierto, el feudalismo desapareció para dejar paso al capitalismo, pero aún subsisten instituciones feudales, como las monarquías dentro de los Estados burgueses más avanzados.

En los países con una trayectoria más dilatada en el tiempo, el pasado no ha esfumado, incluso el más remoto; está enterrado. Cualquier arqueólogo sabe que basta excavar un poco para adentrarse miles de años en la historia.

El materialismo histórico no se llama de esa manera sólo porque tenga en cuenta la historia, sino porque, además, considera que la historia está presente, según la gráfica expresión de Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”(1).

Si, es cierto, la URSS también desapareció, pero su peso en la historia del siglo pasado ha sido tan gigantesco que sus efectos se siguen haciendo sentir, dentro y fuera de Rusia. La URSS llegó a la historia para quedarse de manera definitiva. Como el Cid Campeador, sigue ganando batallas después de desaparecida.

Cuando se han cumplido 100 años de la Revolución de Octubre es importante recordarlo e insistir en ello: la URSS cambió de manera radical y definitiva las relaciones internacionales, a costa de un sacrificio gigantesco, con millones de muertos. No fue sólo porque el proletariado, que es una clase esencialmente internacional, mantiene una concepción distinta a la burguesía también sobre ese aspecto, sino por algo mucho más acuciante: los imperialistas nunca admitieron la existencia de la URSS como Estado.

A la URSS los más fuertes no le regalaron su derecho a permanecer en la historia, bien entendido que los soviets nunca trataron de estar ahí de cualquier manera, sino con una personalidad propia, con sus propios principios y sus propias reglas, empezando por las que deben regir en las relaciones entre distintos países, naciones y Estados.

Por eso el primer decreto que aprobó el gobierno soviético fue el Decreto sobre la Paz que, como la propia Revolución de Octubre, cambió el mundo para siempre, de manera irreversible. Hasta entonces el derecho internacional era el derecho de la guerra; desde entonces es un derecho para impedirla. Hoy hasta las guerras se hacen por la paz, en su nombre, naturalmente prostituyéndola.

Hasta 1917 las guerras eran choques militares entre un puñado de grandes potencias donde el resto del planeta era “tierra de nadie” con la que podían disponer como les diera la gana. Las conquistas y las anexiones de esas tierras no eran verdaderas guerras porque los “salvajes” estaban fuera de la civilización y de las normas por las que se rige.

La descolonización, el acceso de la independencia de los pueblos del Tercer Mundo y el movimiento de los países no alineados fueron consecuencia del papel activo de la URSS en el mundo y, principalmente, de la victoria frente al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. En la Carta de la ONU, aprobada en 1945, la URSS impuso nuevos principios fundamentales sobre las relaciones entre los países que hoy nadie se atreve a discutir siquiera.

En pleno siglo XXI esa “pesadilla” que se llamó la URSS sigue “oprimiendo” el cerebro de la burguesía, a la que le gustaría desembarazarse de tales fantasmas “del pasado” y con ellos de algunas de las materializaciones que subsisten, que son bien reales, entre ellas los pueblos, las naciones y los Estados surgidos de la descolonización del Tercer Mundo.

A diferencia del pasado, de hace 100 años, hoy el imperialismo no puede imponerse sin someter a esos países, confirmando así el pronóstico leninista de que en esta etapa superior del capitalismo se intensificará “el yugo nacional” (2), como así ocurre hoy por doquier, sumando -e incluso fusionando hasta cierto punto- las contradicciones de clase con las aspiraciones de poblaciones enteras a su liberación. En el futuro, vaticinó Lenin, “la revolución socialista no será única ni principalmente una lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía; no, será un lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, de todos los países dependientes, contra el imperialismo internacional”(3).

La política de los imperialistas es justamente la contraria, como cabe esperar. Ha consistido siempre en romper los lazos de unión de los países socialistas y el movimiento obrero con el los países del Tercer Mundo con múltiples subterfugios y la colaboración de los grupos oportunistas, como la Guerra de Siria está poniendo de manifiesto con absoluta claridad.

La Revolución de Octubre acabó con el papel pasivo que el Tercer Mundo había jugado hasta entonces en la historia: “En la revolución actual empieza un periodo en el que todos los pueblos orientales participarán en la decision de los destinos del mundo”, escribió Lenin. Esta revolución -advirtió- durará “muchos años y exigirá muchos esfuerzos” y se trata, además, de una tarea cuya solución nadie va a encontrar en “ningún libro comunista” porque no se trata de “luchar contra el capital sino contra las superviviencias del medievo”.

Lo que si es seguro es que en los países avanzados la vanguardia no puede llevar a cabo el paso al comunismo por sus propias fuerzas. Necesita apoyarse en la lucha de las naciones y los países dependientes y oprimidos. Los comunistas, concluye Lenin, “tendrán que apoyarse en el nacionalismo burgués que despierta en estos pueblos, nacionalismo que no puede menos que despertar y que tiene su justificación histórica”(4).

Los oportunistas de pacotilla deberían reflexionar un poco sobre el significado de esas palabras de Lenin, pensando en los nacionalistas burgueses que les rodean, tanto en Catalunya como en Siria, y que están haciendo por la revolución proletaria y la lucha contra el imperialismo mucho más de lo que ellos serán nunca capaces de reconocer.

(1) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(2) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.142.
(3) Lenin, II Congreso de las organizaciones comunistas de los pueblos Oriente, Obras Completas, tomo 39, pg.338.
(4) Lenin, idem, pg.342.

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