La reunión este fin de semana en Quebec del G7, el grupo de potencias imperialistas más fuertes que operan en el mundo, ha vuelto a poner de manifiesto de una manera palpable el cúmulo de contradicciones y crisis, a pesar de lo cual los elementos esenciales de las mismas siguen pasando desapercibidas.

El G7 no es otra cosa que el intento de sus participantes por atenuar sus propias contradicciones internas o, en otras palabras, por ponerse acuerdo acerca de la dirección a seguir en los asuntos candentes que afectan al imperialismo y, por lo tanto, al ejercicio de la hegemonía.

A diferencia de las estapas anteriores, escribió Lenin, “para el imperialismo es consustancial la rivalidad de varias grandes potencias en la aspiración a la hegemonía”(1), un rasgo que ha demostrado ser mucho más fuerte que las alianzas y el acuerdo. La existencia del G7 y otros muchos organismos lo que demuestra no es la existencia de consenso entre las grandes potencias, la llamada “comunidad internacional”, sino todo lo contrario, como evidencian a cada paso los resultados de las votaciones en el Consejo de Seguridad de la ONU.

En el elenco de países que participan en el G7 y en el entramado de organizaciones internacionales, formales e informales, que sostienen la hegemonía imperialistas, no están ni Rusia ni China por razones históricas relacionadas con las revoluciones habidas en ambos países durante el siglo pasado.

No obstante, durante un tiempo Rusia tomó parte de dichas reuniones, lo cual también tiene una explicación histórica en las políticas implementadas en los últimos años de la URSS y primeros de Rusia, es decir, que tenían relación con la liquidación definitiva de los últimos restos de socialismo, un proceso ligado a los intentos de someter a un país, que es más bien un continente en sí mismo.

El imperialismo logró lo primero, liquidar el socialismo, pero no lo segundo, imponer un yugo estrecho sobre el pescuezo del Kremlin, a pesar de que estuvo a punto de conseguirlo cuando lo despedazó parcialmente, creando 16 Estados diferentes donde antes sólo había uno e instalando en ellos una larga trinchera dispuesta para el asalto final, un plan que reproduce el escenario de la guerra civil rusa de 1918 a 1922.

Ante el fracaso del bloqueo y la amenaza de guerra, durante el fin de semana la prensa internacional ha especulado con la posibilidad de incorporar a Rusia el G7, una especie de concesión a “multipolaridad” que predican tanto en Moscú como en Pekín. Dicha incorporación no sólo no se ha producido sino que las contradicciones internas se han agudizado y no han logrado gran cosa que llevar a las ruedas de prensa.

Mientras en Quebec los 7 llegaban a las manos, Putin viajaba a Pekín… Todo un símbolo destacado por la versión rusa de la revista “Life”(2) y un fracaso sobre otro fracaso, un fracaso al cuadrado, tanto más estridente en cuando que la propuesta de incorporación de Rusia procedía del mismísimo Trump.

Hay que destacar el hecho de que las demás potencias, salvo Italia, se hayan negado a secundar la propuesta de Estados Unidos, lo cual es otro signo de los nuevos tiempos. Los que intentaron aislar a Rusia están cada vez más aislados.

Quizá por la moraleja del zorro y las uvas, Rusia ha dejado de interesarse e incluso de preocuparse por el G7. El centro de gravedad del mundo ya no está en occidente sino en oriente, dicen por Moscú, lo cual es cierto, consecuencia de la ley del desarrollo desigual (3). Pero la alternativa del G20 que propone Putin tampoco convence. Si los imperialistas no se ponen de acuerdo entre 7, nunca lo van a lograr con 13 más.

La causa es evidente. Como también expuso Lenin, el mundo ya está repartido; la política colonial se ha terminado (4). Rusia pretende que -entre otros- los países emergentes, como los denominados Brics (India, Sudáfrica, Brasil), dejen de ser lo que son para adquirir un relieve protagonista o, por lo menos, sacudirse de encima las acciones desestabilizadoras y golpes de Estado, como el que Estados Unidos emprendió recientemente contra Dilma Rousseff.

Es muy difícil (por no decir imposible) sentar a esos 20 países en la misma mesa, a los golpistas con los golpeados. Un puñado de grandes potencias imperialistas pretenden someter al resto, lo que conduce -como es natural- a la “intensificación de la resistencia” por parte de estos últimos (5). El tiempo no juega a favor de los primeros, los imperialistas, sino de los segundos. La Guerra de Siria así lo está demostrando.

(1) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.116.
(2) https://life.ru/t/%D0%BF%D0%BE%D0%BB%D0%B8%D1%82%D0%B8%D0%BA%D0%B0/1124498/g7_prievrashchaietsia_v_g6_kak_slomalas_izoliatsiia_rossii
(3) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.161.
(4) Lenin, cit., pgs.96, 101 y 113.
(5) Lenin, cit., pg.157.

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