Se estima que más de 28 millones de niños viven en situación de desplazamiento forzado. De esa cifra, decenas de miles han recorrido el tortuoso camino desde países centroamericanos hacia Estados Unidos, acompañando a sus padres o a veces solos, huyendo de las precarias situaciones económicas y sociales en que viven, o de la incertidumbre de ser víctimas de bandas armadas y grupos violentos vinculados al tráfico de drogas, al trasiego humano y otras prácticas crueles.

No es de extrañar entonces el desesperado llanto de una niña, entre otras y otros muchos tirados como objetos en aquella especie de almacén humano en que un twit de Donald Trump convirtió el paso fronterizo entre México y Texas, Estados Unidos.

El sollozo de los menores ha sido la más valedera denuncia de una política brutal dentro de un sistema más inhumano todavía.

La pequeña, de solo dos años, hondureña, forma parte de los más de 2 300 menores separados de sus padres –inmigrantes centroamericanos– que buscaban trabajo para mitigar el hambre y la inseguridad en su país, también afectado por un sistema neoliberal basado en el detrimento de la justicia social y con una alarmante ola de violencia que deja sin protección a sus ciudadanos.

A los pocos días de que las imágenes de los niños separados de sus padres y de los videos donde se escuchaban los desgarradores pedidos de «mami, papi, vengan a buscarme», el hombre de los twits y el dinero, el presidente Trump, se vio obligado a dar marcha atrás y dejar de aplicar aquella medida, pero sí «endurecer la forma de evitar que nuevos inmigrantes entren en territorio norteamericano».

La «solución» ahora parece transitar por una disposición quizá peor: habilitar varias bases militares estadounidenses en desuso y llevar a ellas –juntos– a padres e hijos, en calidad de presos por haber transgredido la ley entrando ilegalmente a la nación más rica del mundo.

Analizando la esencia humana de aquella sociedad que admite tales prácticas en pleno siglo XXI, recurro a la historia y con ella a la formación misma de Estados Unidos.

Me asombro sobremanera cuando leo que en ocasiones anteriores también ese país usó la misma despiadada política de separar padres e hijos.

¿Cómo entonces creer en la repetida configuración mediática de considerarse como modelo del respeto a los derechos humanos? ¿Qué patrón de conducta ha tratado de imponer Estados Unidos en relación con este tema? ¿Qué puede decir hoy la comunidad internacional cuando el presidente Trump ha decidido que su país abandone la Comisión de Derechos Humanos de la ONU?

Un análisis publicado por BBC Mundo recuerda al menos dos ocasiones en que ese Estado aplicó medidas similares de separar a niños de sus padres. Una de ellas en 1865, cuando los menores afroamericanos fueron «arrancados a sus progenitores» –época de la esclavitud–, y luego desde 1870, cuando los niños indígenas fueron despojados de sus familias.

En Estados Unidos las calles han sido testigos de las protestas contra la separación de los niños de sus padres. Foto: Tomada de CNN

El diario The Washington Post se hizo eco de la denuncia y publicó un artículo con el título de «Bárbaro: la cruel historia de Estados Unidos de separar a los niños de sus padres», en el que incluyó documentos históricos donde se describe como «espantosos» los momentos en que se arrancaban a los bebés de los brazos de sus madres, cuando ellas o sus hijos eran vendidos como esclavos.

Muchos años después, en 1938, otra testigo de un remate de esclavos, Susan Hamilton, también contaría cómo «día y noche podías oír a hombres y mujeres gritando… mamá, papá, hermano, hermana».

«La gente vivía muriendo por tener el corazón roto», relató.

La historia recoge también los momentos en que gobiernos estadounidenses adoptaron la política oficial de separación de las familias y se especifica cómo, a finales del siglo XIX, se hizo obligatorio internar a los hijos de indígenas en escuelas separadas. Según relata el diario Chicago Tribune, se establecieron 150 centros de este tipo en el país.

En ellos se obligaba a que los niños nativos se cortaran el pelo y se prohibieron todos los idiomas autóctonos.

Exigieron a los pequeños adoptar el cristianismo e intentaron «americanizarlos» enseñándoles las costumbres y «la historia de los blancos», señaló el citado medio en un artículo.

El fundador de uno de estos internados, el capitán Richard Pratt, explicó con toda claridad su objetivo:

«Matar al indio y salvar al hombre».

Hoy, cuando de la esclavitud se habla en pasado y ya en Estados Unidos los indios solo representan el 1,01 % de su población y están preteridos a reservas, donde casi todas las tierras son de propiedad del gobierno federal, el segregacionismo se pone en práctica contra aquellas familias que obligadas por penurias sociales creen poder encontrar en la rica nación del norte, la posibilidad de trabajo que les permita vivir y poder educar a sus hijos.

Sin embargo, la frustración se apodera de no pocos que, como los 2 300 infantes ahora hacinados como reos y separados de sus padres, tendrán que someterse a nuevas experiencias –quizá peores– como la de ser internados en bases militares convertidas en prisiones.

Elson Concepción Pérez

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