Al Gore siempre fue un personaje multifacético, o sea, que tenía varias caras y mucho rostro, aunque el mundo le empezó a conocer como vicepresidente en tiempos de Clinton (de 1993 a 2000), candidato a la Casa Blanca (2000) y Premio Nobel de la Paz (2007).

En 2006 llevó por todos los rincones del mundo, incluidas las guarderías de niños, un documental que causó sensación. Se titulaba “Una verdad incómoda”, una colección de embustes acerca del calentamiento del planeta y sus horribles consecuencias para la humanidad. Además del Premio Nobel de la Paz, como a Obama, a Gore le dieron dos Oscar de Hollywood por ello. Hollywood es así: pura ficción.

En 1992 Gore presidió la delegación estadounidense que acudió a la Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente celebrada en Río de Janeiro. Acababa de publicar “La Tierra en equilibrio: ecología y espíritu humano”, una obra en la que proponía “un plan Marshall a escala mundial para redistribuir los recursos industriales del mundo”, además de la paranoia típica de la seudociencia anglosajona: un “control drástico de la natalidad”.

Pero las prédicas de los malthusianos son pura eugenesia, imperialismo y racismo. No son políticas demográficas para ellos mismos. Gore tiene cuatro hijos y lo que pretende es esterilizar a los demás: a las poblaciones del Tercer Mundo.

Unos 30 monopolios del gas y el petróleo financiaron las dos campañas electorales de Clinton-Gore, empresas emblemáticas del sector como Exxon, Chevron, BP Amoco o Enron que ponían su dinero al servicio de una cruzada ecologista, típica del Partido Demócrata, como no ha habido otra en Estados Unidos.

Una vez en la poltrona ocurrió lo que suele ocurrir: firmaron el Alena (Acuerdo de Librecambio Norteamericano) que considera las relglamentaciones ambientales como distorsiones para el mercado y, por lo tanto, ilegales.

El mentor de la carrera política de Gore fue Armand Hammer, un magnate del petróleo y máximo accionista de Oxy (Occidental Petroleum Corporation) sin la cual no se entiende el ascenso de Gore. La familia de Gore llegó a tener 500.000 dólares en acciones de Oxy porque Hammer pagaba los favores políticos con acciones.

La empresa petrolera arrojó miles de litros de productos tóxicos en una zona residencial cercana a Nueva York-Love Canal que causó anomalías congénitas, abortos y un índice alarmente de cáncer entre los vecinos.

En 1996 Oxy canalizó cientos de miles de dólares para sufragar la segunda campaña electoral del dúo Clinton-Gore que, a cambio, le regalaron los derechos de prospección en Elk Hills, un terreno de 47.000 acres en California, de propiedad pública, gestionado por la Marina.

La concesión de Elk Hills triplicó las reservas de petróleo de Oxy en Estados Unidos. Los permisos para realizar las prospecciones los firmó Tony Cohelo, director de campaña del dúo ecologista, en nombre de un empresa privada que trabajaba para el Ministerio de Energía realizando los estudios de impacto ambiental.

Elk Hills es una reserva india perteneciente a la tribu Kitanemuk y Oxy tardó cinco años en arrasar los lugares arqueológicos y cementerios indígenas.

En Colombia Oxy hizo lo mismo con los terrenos de la tribu Uwa. Siendo vicepresidente del gobierno, Gore gastó millones en ayuda militar para proteger los oleoductos de los ataques de la guerrilla. El ejército colombiano ejecutó una matanza de 18 indígenas Uwa desde los aviones de Oxy.

La situación llegó a ser tan desesperada que los 5.000 miembros de la tribu amenazaron con un suicidio colectivo. Viajaron hasta Washigton para exponer sus quejas, pero Gore se negó a recibirlos. Finalmente, en 2002 Oxy tuvo que marcharse de Colombia porque la guerrilla llegó por las malas hasta donde los Uwa no pudieron por las buenas.

La seudoecología anglosajona acaba siempre en el mismo punto: imperialismo, racismo y eugenesia, y las maneras de ponerle freno no las podemos contar aquí.

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