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‘Minority Report’: delincuentes en potencia y policías del futuro

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Juan Manuel Olarieta

“Minority Report” es una película de ciencia ficción dirigida por Steven Spielberg en 2002, basada en un breve relato homónimo escrito por Philip K. Dick en 1956 que se podría traducir como “Voto particular”. A partir de 2015 Spielberg siguió estrujando la película para sacar una de esas horripilantes series de televisión.

El relato, la película y la serie describen el fascismo, el paso de la represión a la prevención, situándolo en un mundo futuro ubicado en 2054 en el que la policía usa métodos predictivos para evitar asesinatos. Se trata de encarcelar a los delincuentes “en potencia”, es decir, antes de cometan un delito.

Hoy la policía pasa más tiempo delante el ordenador que patrullando las calles. La han dotado de dos nuevas tecnologías de la información, las grandes bases de datos y eso que algunos llaman grotescamente “inteligencia artificial”. El propio desarrollo de la técnica y el papanatismo creado a su alrededor, refuerzan la tendencia al cambio del papel de la policía de la represión a la vigilancia y el control en masa.

El mundo de “Minority Report” no es tan fantástico como parecía hace 16 años, cuando se estrenó. Un estudio de 2016 de la organización UpTurn encontró que 20 de las 50 fuerzas policiales más grandes de Estados Unidos utilizan la vigilancia predictiva. Actualmente ha comenzado a implementarse también en Francia.

La vigilancia alimenta las bases de datos que, a su vez, alimentan la vigilancia y el ridículo discurso en torno a ella, repleto de términos, como “peligro” o “riesgo”, que acaban formalizándose en los códigos penales.

En las retransmisiones de los partidos de fútbol, cuando los comentaristas quieren burlarse del árbitro, dicen que ha pitado “peligro”, pero nadie se burla cuando el peligro llega al código penal y a alguien le meten en la cárcel por ello, porque es “peligroso”.

Incluso en las facultades de derecho los profesores se vanaglorian por la desaparición de la Ley de Peligrosidad Social de 1970, a la que califican de “franquista”.

Con el peligro ha ocurrido lo mismo que con la legislación antiterrorista: ya nadie la considera como tal porque se disimuló dentro del código penal. Así se disimula el fascismo.

La policía preventiva de “Minority Report” tiene su paralelo en un código penal lleno de “delitos de riesgo”, que es tanto como decir de delitos que no deberían serlo.

Hace años que en España la Dirección General de Tráfico no funciona ya en base a multas sino a grandes campañas de prevención, como las de alcoholemia o el cinturón de seguridad, manejadas siempre con el mismo criterio discriminatorio, es decir, político: los controles colocan en unos puntos y en otros no (por ejemplo en las zonas turísticas).

El control y la vigilancia siempre funcionan, así, políticamente. Se vigilan unos barrios y no otros; se controla a unas personas y no a otras; se persiguen determinados delitos y no otros.

Al tiempo que retroalimentan esa discriminación, las nuevas técnicas informáticas encubren su componente político, como si fuera consecuencia de algoritmos matemáticos.

Un programa de la policía de Chicago se apoyó en la llamada “inteligencia artificial” para identificar a personas con altas probabilidades de ser violentas con armas de fuego. Un estudio de 2016 de la Corporación Rand demostró que era una patraña.

Si la policía local de Madrid instala controles de alcoholemia en Entrevías, en lugar de ponerlos en La Moraleja, llena su bases de datos con una conclusión demoledora: el porcentaje de vecinos de Entrevías que son unos delincuentes en potencia es mucho mayor que en La Moraleja.

Es una “verdad” que se retroalimenta a sí misma cada vez que ponen un control en el mismo barrio, que vigilan siempre a las mismas personas y que se ceban en los mismos delitos: el robagallinas.

Como en la película, todo se viene abajo cuando el delincuente en potencia es el policía, porque si vigilaran más a la policía y a las comisarías, las bases de datos se llenarían de todo lo contrario.

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