Recientemente los medios de comunicación nos han ido bombardeando con noticias acerca de los beneficios de la llamada gestación subrogada, eufemismo utilizado para referirse a los vientres de alquiler. Esta estratagema responde al enésimo intento de la clase capitalista para conseguir la aceptación social de la mercantilización del cuerpo humano. No sería el primer intento puesto que desde tiempos inmemorables se ha trabajado poco a poco para permitir la legalización de la prostitución -casualmente disfrazando esta medida con un barniz progresista- y facilitar así el negocio de los proxenetas -tal como lo demuestra el fracaso de la legalización de la prostitución en Alemania, de acuerdo con el propio Estado alemán-, o bien para lavar la cara a la producción pornográfica con un tinte “ético”, feminista, etc., básicamente adjuntándole cualquier adjetivo “positivo” -próximamente tendremos el porno family friendly– para normalizar a una industria que vive de la miseria de las capas más degradadas de los trabajadores.

Los vientres de alquiler representan una doble mercantilización. En primer lugar del cuerpo de la mujer trabajadora que tiene que acceder a gestar a un bebé y a venderlo por anticipado puesto que tiene que procurarse el sustento. El perfil de madre gestante es siempre el mismo: mujer soltera perteneciente a la clase trabajadora, desempleada y/o en riesgo de pobreza y a poder ser con un hijo a su cargo. Nunca veréis a una mujer burguesa y acomodada accediendo a alquilar su útero para una empresa de vientres de alquiler. En aquellos países como Canadá y Reino Unido en donde se ha implantado la gestación subrogada altruista -es decir, sin compraventa al menos legal- ha resultado en un total fracaso puesto que el número de gestaciones ha sido de magnitudes marginales. Es en aquellos países -Camboya, Tailandia, China (el gigante “rojo” prohibió los vientres de alquiler en 2001, pero posee el mayor mercado negro debido a los vacíos legales), India, Nepal, Grecia, Georgia, Rusia, Ucrania, Polonia, Serbia, Nigeria, México, algunos estados de E.E.U.U., donde la legalización ha resultado en un éxito, en concreto el de las grandes compañías encargadas de desempeñar la función “intermediarias” que finalmente acaparan el mayor porcentaje de beneficios.

La segunda mercantilización es la del propio niño, el cual es tratado como una simple mercancía, como un simple producto intercambiable. Ahora hasta las compañías de alquiler de vientres ofrecen “intentos ilimitados” en caso de que la madre gestante sufre de un aborto. También se tiene constancia de que en varios casos la obrera que debe alquilar su vientre no tiene decisión para realizar el aborto -incluso cuando es peligroso para su propia vida- puesto que por una cláusula es la propia empresa de alquiler de vientres la que decide cuándo interrumpir el embarazo – y esto contando con que el aborto se traduce en una mísera compensación para la mujer gestante -. De hecho, tal proceso de mercantilización sufre el niño, que ya se han dado casos de devoluciones de bebés: no hace poco hubo una noticia que explicaba cómo una pareja de compradores australianos habían “devuelto” el bebé que habían comprado porque padecía de síndrome de Down -aunque por el revuelo mediático generado tuvieron que dar marcha atrás, no sin antes dar publicidad los medios a la legalización de los medios de alquiler en Australia-, pero lamentablemente no es el único caso. Otro caso fue el de un empresario japonés que decidió comprar 13 bebés mediante los vientres de alquiler en Tailandia. El objetivo del burgués nipón, de acuerdo con la propia fundadora de la compañía de vientres de alquiler que hizo negocios con él, era seguir comprando bebés hasta el día en el que se muriese, con el fin de que su “amplia familia” le permitiese ganar las elecciones en un futuro. Finalmente, la justicia del estado nipón tumbó la denuncia de tráfico humano contra el empresario y le garantizo la custodia de los bebés comprados para que pudiese seguir desempeñando su descabellado plan megalómano.

No es que la compraventa de niños sea algo nuevo. Hemos tenido los robos de bebés en España y también en Irlanda, las falsas colonias de vacaciones británicas, la sustracción de los bebés de las familias inmigrantes de E.E.U.U. para su posterior comercialización, el secuestro de bebés en Reunión para ser vendidos a familias ricas francesas. En definitiva, el objetivo siempre ha sido el mismo: el aseguramiento de la descendencia a la burguesía a base de robar los niños a la clase obrera. Tan solo que ahora se han propuesto derribar las barreras morales que impedían la formalización legal de estas prácticas y, por consiguiente, su estandarización como una “simple operación de compraventa” como cualquier otra.

Desde luego, recurrir a la adopción es frustrante para los burgueses. En primer lugar, tienen que enfrentarse a unos duros y largos trámites que permitan asegurar que el niño disfrutará de unas óptimas condiciones de vida y de que dispondrá del cuidado y amor necesario para el desarrollo de su infancia. La compañía de vientres de alquiler no preguntará acerca de nada a los futuros “papás” compradores, y claro, para ellos la comodidad de los compradores va por encima de la comodidad del futuro niño. En segundo lugar, es muy poco frecuente que se pueda adoptar a bebés y en todo caso, lo normal es los huérfanos superen al menos los 3 o 4 años de edad cuando son adoptados. De nuevo, la compañía de compraventa de bebés les proporcionará a los “papás” un ejemplar recién nacido para satisfacer sus caprichos. Y en tercer lugar, de boca de un defensor de los vientres de alquiler: la gestación subrogada le permite transmitir sus genes -aunque nieguen que la madre gestante transmita su genes al neonato a pesar de que las pruebas científicas les contradigan- lo que básicamente se puede traducir en un simple capricho egoísta.

En conclusión, los vientres de alquiler no representan nada más que una profundización en la mercantilización del ser humano necesaria para el libre desenvolvimiento del sistema capitalista, destruyendo mediante el uso de la propaganda las barreras morales que impiden la compraventa de los seres humanos y la explotación de las obreras necesitadas para que sirvan como vulgares máquinas incubadoras. Si el pueblo no milita en el Partido Comunista y no se organiza para alcanzar el socialismo, la barbarie continuará avanzando para destruir cualquier vestigio de humanidad que queda en el mundo.

 

Contra la mercantilización de la clase trabajadora

Por la construcción del Socialismo

Comité Regional del Partido Comunista Obrero Español en Cantabria

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