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Lenin: la transformación de la guerra imperialista en guerra civil

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Juan Manuel Olarieta

El derrotismo es un concepto que habitualmente se emplea en un sentido negativo, como pesimismo. El derrotista se rinde antes de empezar la batalla.

Sin embargo, durante la guerra ruso japonesa de 1905, la Segunda Internacional defendió la derrota del zarismo, que en el caso de los marxistas rusos suponía la derrota de su propio país, e incluso más: la derrota de todo un continente, la vieja y reaccionaria Europa, frente al Asia emergente, escribió Lenin.

El movimiento obrero internacional defendió esta postura a pesar de que se trataba de una guerra de naturaleza imperialista, una situación que se reprodujo en 1912, ya antes de estallar la Primera Guerra Mundial.

A partir de entonces el derrotismo adquirió un nuevo significado: positivo, internacionalista y revolucionario, aunque la Segunda Internacional se deshizo de él, pasando a ser asumido exclusivamente por los leninistas. Ante la guerra imperialista los revolucionarios asumen, pues, una postura que no tiene nada que ver con la de ninguna otra organización política.

Según la conocida caracterización de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Por lo tanto, no todas las guerras son iguales. Hay que analizar la naturaleza de cada una de ellas en concreto, decía Lenin: “Hay que situar esta guerra [la Primera Guerra Mundial] en las condiciones históricas en que transcurre. Sólo entonces se puede determinar la actitud ante ella”.

“La actitud ante la guerra debe ser distinta en momentos diferentes”, añade Lenin, porque su carácter cambia con el tiempo. Mientras las guerras del siglo XIX fueron revolucionarias, las del siglo siguiente fueron reaccionarias, como consecuencia de la entrada en la fase imperialista del capitalismo, una época caracterizada por las guerras precisamente, el rearme y el belicismo. Las guerras actuales son inherentes al imperialismo, lo mismo que las revoluciones. “La guerra significa la revolución”, escribió Lenin, lo que a veces se expresa diciendo que “o la revolución impide la guerra, o la guerra desencadena la revolución”.

“El marxismo no es pacifismo”, escribió también. Los marxistas no están “contra la guerra” ni son neutrales dentro de ella, ni se lavan las manos con la excusa de las contradicciones entre unos imperialistas y otros, que se plantean como si se tratara de algo que les resulta ajeno. No se escudan en frases vacías, como la de que no hay imperialismo bueno, o que le resultan indiferentes tanto la victoria como la derrota o expresan el deseo que no haya vencedores ni vencidos. Sólo hay una línea realmente marxista: “En una guerra reaccionaria, una clase revolucionaria no puede dejar de desear la derrota de su gobierno”, afirmó Lenin.

El derrotismo es lo más opuesto posible a la que el chovinismo y patrioterismo burgués quiere arrastrar porque se dirige contra su propio país, por lo que en todas partes los revolucionarios son acusados de traidores, de vendidos al “enemigo” o a unas u otras potencias, frente a las cuales sólo cabe la neutralidad. La burguesía aprovecha la ocasión para acusar a los internacionalistas de “falta de amor a la patria”, una especie de vacío nacional o de raíces, e incluso de desarraigo. Una vez más fue Lenin quien lo tuvo que aclarar: a los bolcheviques “nos invade el sentimiento de orgullo nacional”, escribió en 1914, aunque la Rusia que amaba Lenin no era la zarista precisamente, sino la otra, la que luchaba contra el zarismo.

La postura leninista frente a la guerra también se opone a los reformistas, que se convierten en un apéndice de la propia burguesía, es decir, en socialimperialistas y, por lo tanto, acaban con el internacionalismo, que es el signo distintivo del movimiento obrero

El enemigo de la clase obrera no es otro país, ni mucho menos el proletariado de otro país, sino la burguesía propia, que es la que conduce al país a la guerra y los revolucionarios tratan de derrotar a esa burguesía, de donde deriva la consigna de “transformar la guerra imperialista en guerrra civil”, a la que Lenin califica como “la única consigna proletaria justa”.

“Lo que ve y siente todo obrero consciente es que, si debemos perder la vida, que sea luchando por nuestra propia causa, por la causa de los obreros, por la revolución socialista y no por los intereses de los capitalistas, de los terratenientes y los zares”, escribió.

La neutralidad de los reformistas conduce siempre a la peor de las políticas posibles, la pasividad, que convierte la “lucha” contra la guerra imperialista en frases vacías, tales como “guerra a la guerra”. En medio de una guerra, por reaccionaria que sea, el movimiento obrero internacional, además de tomar partido abiertamente, debe llevar a cabo una actividad práctica, revolucionaria: “Las acciones revolucionarias contra el gobierno propio en tiempos de guerra significan indudable e indiscutiblemente no sólo el deseo de su derrota, sino tambien aportar un concurso activo a esa derrota”.

Incluso dirigentes reconocidas del movimiento obrero, como Rosa Luxemburgo, criticaron el derrotismo de Lenin y sostuvieron que tanto la victoria como la derrota de unos u otros eran malas alternativas, una postura que, por un costado o por el otro, se vuelve a plantear dentro del movimiento obrero internacional, una y otra vez.

Luxemburgo no entendió nunca la postura de Lenin, y la propia prensa del Partido bolchevique llegó a censurar algunos de sus artículos. El derrotismo, escribió Lenin, no se podía plantear sólo desde un punto de vista nacional sino también internacional. Tanto la victoria como la derrota de una determinada potencia en una guerra tiene consecuencias, tanto internas como internacionales.

Por lo demás, el derrotismo que los bolcheviques preconizaban no sólo se refería a Rusia como país, ni tampoco como potencia imperialista. Se refería a la derrota de un régimen político, el zarismo, el enemigo principal de la clase obrera:

“En cada país, la lucha contra el gobierno propio que sostiene la guerra imperialista no debe detenerse ante la posibilidad de la derrota de dicho país como resultado de la agitación revolucionaria. La derrota del ejercito gubernamental debilita a ese gobierno, contribuye a la liberación de las nacionalidades que oprime y facilita la guerra civil contra las clases dirigentes.

“Esta tesis es acertada especialmente si se aplica a Rusia. La victoria de Rusia traería consigo el fortalecimiento de la reacción mundial, la intensificación de la reacción dentro del país…”

Tanto los zaristas como los trotskistas criticaron el derrotismo leninista porque -según decían- deseaba la victoria de Alemania. ¿Acaso los bolcheviques preferían la victoria de los alemanes en lugar de los rusos? Ni entonces ni ahora se entendió que, movido por su partidismo, para Lenin la derrota de Rusia en la guerra era un “mal menor”, una expresión que repite una y otra vez machaconamente: “La derrota de Rusia ha resultado ser el mal menor, ya que hizo avanzar enormemente la crisis revolucionaria”.

Un análisis concreto, como el que lleva a cabo Lenin de la Primera Guerra Mundial, pone de manifiesto que los burgueses, los Estados, los imperialistas o los regímenes políticos de unos u otros países no son equiparables. Hace un siglo para el proletariado internacional era especialmente deseable la derrota del zarismo porque se trataba del gobierno “más reaccionario y bárbaro que oprime al mayor número de naciones y a la mayor masa de población de Europa y Asia”.

Por lo demás, los oportunistas siempre presentan la cuestión a la inversa. La guerra imperialista no sólo concierne al proletariado, sino también e la burguesía. En una etapa de crisis revolucionaria, escribió Lenin, la única manera que tenía el zarismo de mantenerse en el poder era participar en una guerra exterior de la que -naturalmente- confiaban salir victoriosos.

La experiencia histórica confirmó la exactitud de las previsiones de Lenin. La guerra imperialista no sólo inició la crisis revolucionaria en Rusia sino en toda Europa. No benefició a unos imperialistas (los alemanes) en perjuicio de otros (los rusos), sino que debilitó a ambos. Tras las guerras imperialistas en Rusia estallaron tres revoluciones en 1905, en febrero de 1917 y en octubre del mismo año, y lo mismo ocurrió en Alemania, donde también se abrió camino a la revolución.

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