Oscar Centeno, el exchofer de Roberto Baratta, mano derecha del ex ministro Julio De Vido

Buenos Aires, 03 de Agosto – En los pasillos del Palacio de Hacienda y en los anexos donde funcionaba el desaparecido Ministerio de Planificación Federal argentino aún quedan varios de los viejos compañeros de Oscar Centeno. Aquel chofer que revolucionó la justicia con sus cuadernos, es recordado por aquellos colegas como un hombre que anotaba todo, cada movimiento que hacía. Puntilloso y prolijo, casi al borde de la obsesión.

Justamente esa es una característica que queda plasmada cuando se analiza cada uno de los registros que tomó durante su derrotero por las calles porteñas durante el kirchnerismo. “4:30 01/02/05 (martes) 42.059 kms 8:10 Mi domicilio al ministerio. 249 kms. La Plata viaje especial”. Así empieza el primero de los asientos de la libreta que empieza el 1 de febrero de 2005 al 16 de octubre de 2005 y que contiene 810 reportes de movimientos. Lo que sigue es un detalle de kilómetros recorridos, fechas, direcciones y hasta el registro de un café al paso que alguna vez se tomó en una estación de servicio, tras recorrer 248 kilómetros. Algo así como un castellano neutro.

Pero los movimientos con los que convivió durante años terminaron por cambiar el peso de cada letra, la emoción impresa en cada frase. “Hoy 06/5/2013 vuelvo a escribir después de la muerte de Néstor C. Kirchner (…). Pensé que después del fallecimiento no se haría más el valijeo. Pero sí disminuyó la frecuencia, con la diferencia que se recolectaba el dinero para el ministro De Vido y el propio Baratta, no quise anotar más por temor que me descubran y quede sin trabajo (sic)”, cuenta en otro de ellos. Entre aquel relato escéptico, este y, sobre todo, los que siguen, la diferencia en la narración es notable.

Habían pasado 10 años desde el primer manuscrito. Y ese tiempo en que convivió con la impunidad y la corrupción, según surge de su propio relato, convirtió a aquel salteño ex miembro del Ejército, en un testigo privilegiado de movimientos millonarios. Y si bien logró tener buenos ingresos, todo era poco frente a lo que veía.

Centeno, padre de 13 hijos que tuvo en dos matrimonios, creció económicamente en la época en la que llevaba y traía a Roberto Baratta, mano derecha del ex ministro Julio De Vido. Según varios elementos que tiene la justicia, llegó a tener al menos una flota de siete autos al servicio del Ministerio de Planificación Federal. Pocos de ellos a su nombre. La mayoría de los vehículos que armaron aquella pequeña pyme tenían como titular a su pareja, empleada del ministerio. Copias de todas las facturas y los pagarés que conformaban la operatoria de préstamos entre el chofer y su pareja fueron aportadas a la causa. Siempre se compraban con dinero que Centeno le prestaba y que quedaba debidamente anotado en mutuos y escrituras.

Se compró una casa en Olivos, donde fue arrestado y adonde volvió el jueves cuando acompañó a la justicia en el allanamiento, y se dio un lujo: el arquitecto que la reacondicionó fue el mismo que remodeló el apartamento de Baratta. Dicen que los honorarios del profesional quedaron a cargo de su jefe.

Un alto funcionario del Ministerio de Planificación que se mueve en un vehículo conducido por un ex compañero de Centeno cuenta que éste es tan obsesivo con la escritura que es lo primero que les viene a la cabeza a sus colegas cuando lo recuerdan. “Un obsesivo de la escritura. Casi un TOC (trastorno obsesivo compulsivo)”, dijo ayer el empleado.

En otro de los ministerios que funcionan en el mismo edificio contaban que a ninguno de los ex compañeros de trabajo le llamó la atención el registro escrito. Mientras era trasladado de su casa hasta el edificio de Comodoro Py (edificio de los tribunales de justicia), Centeno no se imaginaba que aquel registro ya estaba en manos de la Justicia. Tampoco sabía que varias diligencias judiciales se habían puesto en marcha para validar aquellos dichos. La obsesión por las letras, finalmente, lo había puesto tras las rejas. Lo que vino después fue su declaración indagatoria. Y la búsqueda infructuosa de los cuadernos en su casa.

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