Sabido es el problema que genera la dualidad monetaria cubana, es decir: dos monedas en circulación, el peso en moneda nacional (MN) y el peso convertible (CUC) equivalente, en valor, al dólar.
El gobierno lo reconoce pero no lo queda otra para evitar que resurja el antiguo mercado negro de la fotocopia de color verde estadounidense. Y hace falta mucho tiempo y mucho, pero que mucho trabajar. Lo bastante para generar riqueza suficiente que posibilite sucesivas subidas salariales del peso MN, que establezcan un equilibrio entre ambas hasta que sólo quede una. Es así de simple. Y de complicado. Y necesario para lograr también la soberanía monetaria.
Al hilo de la cuestión, en cierto momento una amiga cubana me contaba las cuitas que hubo de pasar, poco antes de iniciarse el curso escolar, es decir, allá por estas fechas que ahora se aproximan.
Ella tenía que preparar el uniforme para su hijo. Así que fue a la bodega a comprar una camisa blanca escolar a precio subvencionado, es decir, con pesos MN. Pero aquel día había escasez de muchos productos y no pudo encontrarla. En consecuencia decidió equipar a su hijo con una similar, pero que tenía un escudito bordado o impreso (no me acuerdo) en la misma.
Al llegar a la escuela, al llegar su hijo al aula, la maestra, demasiado rígida con el protocolo supongo, dijo que el niño no iba uniformado correctamente y que así no podía asistir a clase.
La madre se enfadó con toda la razón del mundo e, inmediatamente, protestó ante las autoridades escolares. Al día siguiente, el niño fue a la escuela sin ningún problema y con esa camisa.
Nuestra amiga se quejaba y mostraba su indignación porque cuando comenzó su odisea, hubo quien le dijo que acudiera a una tienda de pesos convertibles (CUC) que allí seguro iba a encontrar la camisa de marras.
 “¿Por qué tengo que comprarla ahí cuando debería estar en la bodega en pesos MN? Ni tengo CUC, ni me da la gana comprarla allí”, me dijo con toda la razón del mundo.
“¿Pero a que tu hijo fue a la escuela que es lo realmente importante?” fue mi respuesta. El silencio que se produjo a continuación podría haberse rajado con un cuchillo. Me miró, no dijo nada pero adiviné en su interior un pensamiento similar a “qué cabrón, este gallego”.

Y es que hay cientos de niños, millones de niños en el planeta inmersos en el “área dólar” que no pueden ir a ninguna escuela ni un día ni al siguiente.Ni con camisas blancas, ni con negras ni descamisados.

Eso sí que es indignante.

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