Con motivo del 30 aniversario de las masacres de los campos palestinos de Sabra y Shatila, en donde fueron asesinados entre 800 y 2.000 palestinos, en 2012 el investigador estadounidense Seth Anziska publicó un artículo en el New York Times asegurando que los dirigentes israelíes habían engañado deliberadamente a sus homólogos estadounidenses.

Es una de las dos ingenuidades más típicas sobre dichas matanzas. La primera consiste en decir que fue cosa de los falangistas libaneses, sin intervención israelí; la segunda admite la intervención israelí, pero elude la responsabilidad de Estados Unidos, a quien todos engañan.

Hoy el mismo autor acaba de publicar un libro sobre la diplomacia estadounidense en Oriente Medio desde el primer Acuerdo de Camp David (1977) hasta los Acuerdos de Oslo (1993) en el que dedica unas 20 páginas a las masacres de Sabra y Shatila con la aportación de nuevas fuentes, incluyendo documentos clasificados de la Comisión Kahane en Israel, que había evaluado la responsabilidad de los sionistas en los crímenes.

Poco antes de las masacres, Israel había logrado la expulsión (negociada) de los combatientes palestinos de la OLP del Líbano a Túnez y otros países árabes.

Una vez que fueron evacuados, el 1 de septiembre de 1982 el presidente estadounidense Reagan pronunció el único discurso importante de sus dos mandatos dedicado a la guerra israelo-palestina. Aunque no apoyaba la creación de un Estado palestino, exigía la evacuación israelí de los territorios que ocupaba en Cisjordania y Gaza.

El Primer Ministro israelí Menahem Begin reaccionó muy agresivamente porque consideró que el plan de Reagan conducía a la formación de un Estado palestino, lo que era tanto como instalar una base soviética en el corazón de Oriente Medio.

En un Líbano ocupado por Israel, Begin había logrado poner a Bechir Gemayel, el dirigente de las falanges cristianas, en la Presidencia. Pero Gemayel es asesinado muy poco después, el ejército israelí invade la capital, Beirut, y los falangistas entran en los campos palestinos porque los israelíes los dejan entrar, les proporcionan apoyo logístico y, en particular, iluminan los campamentos por la noche para que la matanza sea la mayor posible.

Al día siguiente, Morris Draper, embajador itinerante de Estados Unidos en Oriente Medio, y Sam Lewis, embajador en Tel Aviv, se reunieron con el ministro de Defensa Ariel Sharon, el jefe de Estado Mayor Rafael Eitan y el jefe de Inteligencia Militar Yehoshua Saguy. Draper exige que Israel retire a los falangistas de los campos de refugiados y Saguy se niega. Cuando Draper insiste, el general israelí responde, burlándose de él: “¿Y quién les impedirá quedarse?”

Los israelíes consideran que los campos tienen que ser “limpiados de terroristas”, afirmando falsamente que los combatientes palestinos de la OLP todavía estaban presentes. “La gente hostil dirá que el Tsahal [ejército israelí] permanece en Beirut para permitir que los libaneses maten a los palestinos en los campos”, dice Draper, a lo que Sharon responde: “Así que vamos a matarlos. No quedará nada. Si no quieres que los libaneses los maten, los mataremos nosotros”.

Era un desafío, una manera de decir a Estados Unidos: “vamos a matarlos y no te atreverás a hacer nada contra nosotros”. De esa manera los israelíes consiguen que Estados Unidos acepte que los falangistas sigan en los campos de refugiados durante otras 48 horas. El precio es conocido: entre 800 y 2.000 palestinos asesinadas o desaparecidas. Víctimas de violaciones, niños y ancianos muertos a tiros, hombres llevados a destinos sin retorno.

Los falangistas cristianos no fueron más que el brazo ejecutor del ejército israelí. Lo que unía a israelíes y falangistas no sólo era el intento de debilitar a la OLP, sino a los palestinos, en general, como confesó el general Saguy en una conversación con Bashir Gemayel celebrada en el rancho privado de Ariel Sharon el 31 de julio de 1982. Dos días antes de que corriera la sangre, Gemayel le dijo a Sharon que “se deben crear las condiciones para que los palestinos abandonen el Líbano”.

Los documentos muestran que los israelíes estaban plenamente informados de las intenciones de los falangistas de expulsar a los palestinos del Líbano por el terror. El 14 de junio de 1982, una semana después de que comenzara la invasión israelí, Gemayel dijo al director del Mossad, Nahum Admoni, que “es posible que, dependiendo del contexto, necesitemos varios Deir Yassin”, es decir, varias matanzas, una propuesta que el jefe falangista realiza tres meses antes de las masacres.

El tema se volvió a plantear de forma inequívoca a principios de julio. Durante una reunión en el cuartel general de los falangistas en Beirut, Gemayel preguntó a los israelíes “si se opondrían si él [Gemayel] llevara excavadoras a los campos palestinos en el sur para llevárselos”. Sharon, que está presente, responde: “Nada de esto es asunto nuestro”.

Las discusiones para expulsar a los palestinos a la fuerza continuaron hasta poco antes de la masacre. Según declaró ante la Comisión Kahane el coronel israelí Elkana Harnof, un alto funcionario de inteligencia, los falangistas le dijeron que “Sabra se convertiría en un zoológico y Chatila en un aparcamiento”. Un miembro del equipo de investigación de la Comisión Kahane tomó declaración al padre de uno de los falangistas que le dijo que antes de la operación, los milicianos cristianos habían sido informados por su dirigente, Elie Hobeika. “Los hombres comprendieron que su misión era liquidar a los jóvenes palestinos, para empujar [a la población] a huir de los campos a gran escala”.

El aparato de seguridad israelí, en su conjunto, era plenamente consciente de las intenciones de su aliado libanés, los falangistas cristianos. Los archivos de la Comisión Kahane muestran claros signos de coordinación entre israelíes y falangistas antes de la entrada en los campos, aunque la excusa es siempre la de “deshacerse de los terroristas”.

Los israelíes y los falangistas no sólo hablaban entre ellos de la ”liquidación de los terroristas”, sino también del futuro de la población palestina: una masacre obligaría a los palestinos a huir de Líbano.

Los generales israelíes y el Mossad están claramente informados de las intenciones de los falangistas. De su conversación con el enviado especial de Estados Unidos, Draper, se desprende que el Ministro de Asuntos Exteriores Yitzhak Shamir es plenamente consciente de lo que está ocurriendo en los campos palestinos durante las masacres.

Pero lo que muestran los archivos, sobre todo, no es la existencia de determinadas responsabilidades, sino un contexto general y una acumulación de signos que explican por qué los israelíes, a sabiendas, dejan que los falangistas libaneses cometan la carnicería.

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