Silvio Rodríguez

Silvio Rodríguez se morirá como ha vivido, fiel a sus ideas y canciones. Lo confirmó ayer en el reencuentro del veterano cantautor con el público vizcaino, en un Euskalduna Jauregia con las entradas agotadas. Sí, fue una clase magistral, pero solo de 35 minutos y únicamente ocho canciones, compartida con la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, que protagonizó el grueso de la velada. Y al entregado público le supo a poco.

El programa estaba colgado en la web de Euskalduna, pero buena parte de la audiencia que lo abarrotó había acudido a ver a Silvio, quien en esta gira que conmemora el sexagésimo aniversario de la orquesta cubana aparece como invitado especial. Por eso se sorprendió cuando esta se erigió en protagonista de la noche.

Siempre bien dirigida por el maestro Enrique Pérez Mesa, la orquesta caribeña ofreció, en su larga hora de interpretación en solitario, una acertada mezcla de música sinfónica cubana, con obras de los compositores Fariñas y Clerch al frente, y un guiño cómplice a uno de los grandes compositores españoles, Manuel de Falla, a través de varios extractos de El sombrero de tres picos, con la flautista Niurka González como virtuosa invitada especial.

Había transcurrido una hora de concierto cuando Silvio se adueñó del escenario, acompañado de la orquesta, reforzada con un piano. Maduro pero de pie, de negro, con gorra y una voz solvente, arrancó con La era está pariendo un corazón, declaración solidaria de acción política “en cualquier selva del mundo”, presto, a sus 72 años, a “quemar el cielo por vivir”. El amor, tributado en forma de aplausos, fue tan inabarcable como el de Ángel para un final, balada de ofrenda, entrega y noche traviesa, con arreglos orquestales épicos.

El ecuador previsto de su presencia casi imperceptible llegó con la nostálgica (y poco conocida) Jugábamos a Dios, con unos fantásticos crescendos. Él, reconocido modesto y gastado, recordó los años infantiles y “sin cicatrices” antes de levantar al auditorio con el recordatorio de los “días de flores” de Pequeña serenata diurna, donde se jactó de ser ciudadano de “un país libre”. Y la locura se desplegó con El necio, uno de sus últimos clásicos, el grito quedo de la defensa de una vida asentada en unos ideales que siguen siendo una bonita utopía décadas después

Ahí, entre aplausos, cantó “yo me muero como viví”, sin hincar la rodilla y sin arrepentimientos, todavía “soñando travesuras” y feliz de vivir “sin tener precio”. El cubano regaló al público tres bises, un Hoy mi deber con un piano íntimo y desnudo, y dos gemas con su guitarra acústica, su mejor fusil: Te doy una canción y Noche sin fin y mar, que dedicó a su amigo enfermo Aute. Aún hubo tiempo para que la orquesta se zambullera en la música popular cubana con un danzón y un guagancó africano, pero Silvio ya no salió más a pesar de los vítores del público.

deia

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