Marx y Engels en la imprenta donde se publicaba la Nueva Gazeta Renana en Colonia. Pintura de E. Capiro

Mauricio Escuela.— En el más reciente aniversario de Karl Marx, varios diarios de la mal llamada gran prensa declaraban la «muerte» del pensador de Tréveris. Uno de esos columnistas describía la soledad de su tumba y el vacío de las plazas de los antiguos países socialistas, en contraste con las manifestaciones de apoyo de tres décadas atrás.

Ese «gran» periodismo tiembla cuando halla, entre las fotografías cotidianas, el mensaje del Manifiesto Comunista escrito en pancartas de protestantes: «Un fantasma recorre Europa». La vigencia del pensamiento crítico más allá de la hegemonía imperante, se trata de encubrir mediante una industria cultural de la estupidez, que apela a la imagen y la emoción.

El concepto de alienación fue el punto de inflexión en la obra del joven Marx, a mediados del siglo XIX, tomado del pensamiento de Feuerbach y de la propia práctica del periodismo temprano en las páginas de La Gaceta Renana. Para aquel que comenzaba a dar sus primeros pasos en el mundo intelectual, la filosofía asumió el papel de redentora de las principales interrogantes. El periodismo fue el vehículo para propagar inquietudes que, por otro lado, la academia ni siquiera se formulaba.

Aquella alienación no ha cambiado: por un lado, vive el hombre que consume y por otro, el que trabaja, ambos nunca se ven el rostro, aunque en muchas ocasiones sean la misma persona. Salirse de ese guion le costó a Marx no solo la condena a la miseria material y la dependencia del pago por sus colaboraciones periodísticas, sino ese olvido, casi muerte, que el sistema aún pretende decretar.

DEL HOMBRE ALIENADO AL HOMBRE MUNDIAL

A partir del cierre de La Gaceta Renana, Marx inició un itinerario a través de publicaciones que le garantizaran la libertad de expresión para pensar al mundo y transformarlo. Si en aquella publicación su punto de vista era ilustrado, pro-ideales de la Revolución Francesa y antifeudal, en el periódico Anales Franco Alemanes, se iría moviendo hacia el ensayo de prensa y el análisis, con un lenguaje que miraba más hacia una visión comunista.

El capitalismo, que echaba sus garras sobre Europa, empobrecía con rapidez y de forma artificial a los campesinos y los obreros industriales, y el contacto con este fenómeno llevó a aquel Marx a formular su primer concepto del plusvalor (parte del trabajo no retribuida, de la que sale la ganancia del dueño). Era ya un pensador «peligroso», al que testas coronadas como el Zar de Rusia, el rey prusiano y, luego, el emperador francés, miraban con odio debido a la agudeza de sus denuncias.

De esta etapa data la máxima de Marx acerca del periodismo de investigación: «hacer más ignominiosa la ignominia, para que no quede invisible», es decir, escribir con pasión sobre los problemas e injusticias del momento, pues sin eso –el phatos de la denuncia– no se alcanzaba ningún objetivo revolucionario. Esta etapa marcó la transición del hombre fascinado por la Revolución Francesa, hacia el pensador que ya a la altura de 1850 predijo, mediante una serie de análisis, la primera gran crisis mundial del capital que estalló en 1857 y que prefiguraba el mundo de hoy.

MARX COMO NUEVO PROFETA

A aquellos que lo quisieron ver como el iniciador de una especie de «nueva religión de los pobres», el pensador les dejó la conocida sentencia: «ciertamente no soy marxista». Encerraba así su visión de un mundo interconectado, donde no vale la idea única para llevar adelante un proyecto de libertad, sino la integración de saberes y su aplicación práctica, de una manera transversal. De hecho, fueron los métodos de la duda, de la docta ignorancia, las herramientas de aquel Marx para escaparse de fórmulas que petrificaran una verdad que era la misma y a la vez, diferente en cada aproximación.

Fue en aquella década de 1850, en su exilio en Londres, cuando comenzó a colaborar con el New York Tribune, el medio de prensa de mayor tirada en la Norteamérica de la época y con una gran presencia en el panorama mundial. Allí se le otorgó la posibilidad de una columna permanente sobre alta política, donde el pensador aprovechó para criticar el reparto imperialista, el ascenso del cesarismo europeo (en las figuras de Napoleón III y Bismarck), la explotación de las colonias (el caso de la India británica), la crisis del sistema imperialista y el ascenso de un hegemonismo cultural de nuevo tipo que en el siglo xx veríamos en el cine, la música, la danza y diversas facetas de la industria del entretenimiento.

De las colaboraciones con el Tribune –más de 350 columnas– data el conflicto de Marx con el periodismo liberal, cuyos conceptos atacaba por percibirlos hipócritas. Entre las malas prácticas que debió sufrir como periodista estuvieron, además de la censura de muchos trabajos, el cambio literal del sentido de las sentencias, la transformación de los titulares y otras que provocaban su ira, pues veía con agudeza la causa ideológica de tales manejos, de los editores a sus espaldas.

Sin embargo, a la par que escribía lo que él llamó «el estercolero periodístico», le daba forma a unos manuscritos que denominó inicialmente Economía, y que eran nada menos que el germen de El Capital, su obra magna, una crítica de los mecanismos que hacen funcional y disfuncional el sistema imperante. Sin duda, tratar periodísticamente con realidades concretas y estudiarlas, a través de horas interminables en el Museo Británico, le dieron las pautas a la hora de hilvanar la genial crítica a la economía política del capitalismo que sería la base de un nuevo momento revolucionario.

¿POR QUÉ SE QUIERE OLVIDAR AL MARX PERIODISTA?

La escuela liberal ha fracasado en la formación de profesionales de la comunicación hechos a la medida de versiones ideológicas de la «libertad de expresión» que la historia ha desmentido, ya que la única justicia es aquella que se coloca del lado del desposeído, de manera que no existe la cacareada «imparcialidad».

Ser periodista es asumir un largo camino de martirologio en la militancia de la verdad, una que a la vez que redime, se expone a muchos ataques. Eso lo hizo Marx y allí está la causa de que su modelo de prensa, a contracorriente, perseguida, censurada, quiera olvidarse. La muerte de este Prometeo se ha anunciado de diversas maneras, pero los libelos de ese «deceso» siempre estuvieron financiados por los temerosos burgueses.

Por otro lado, el marxismo europeo, ansioso por ser marxista, creó un canon de obras. Louis Althusser se centró en aquellos libros que marcan la madurez del filósofo y obvió, tanto su recorrido hegeliano, como la obra periodística. Hay ahí un interés ideológico conservador y a la vez academicista.

A la altura de 2019, con un sistema capitalista hundido en profundas contradicciones y con la industria cultural hegemónica que hace aguas, pretenden que la tumba de Marx esté vacía. Pero ese fantasma que recorre Europa y el mundo, toma cuerpo y respira delante de nosotros.

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