«A finales de los años 80, pese a que el partido se había desangrado y había perdido toda la influencia de antaño. Los jefes del partido decían sin sonrojo alguno:

«El Partido Comunista de España (marxista-leninista) es la vanguardia consciente y organizada del proletariado». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del Vº Congreso del PCE (m-l), 1988)

Ante una afirmación tan categórica deberíamos recordar lo que es la vanguardia del proletariado para saber si el PCE (m-l) de 1988 cumplía ese rol, o si solo era un deseo suyo.

Stalin decía sobre las necesidades del partido en cuestiones organizativas y de mando que para considerar al partido como vanguardia del proletariado:

«El partido como destacamento organizado de la clase obrera. El partido no es sólo el destacamento de vanguardia de la clase obrera. Si quiere dirigir realmente la lucha de su clase, tiene que ser, al mismo tiempo, un destacamento organizado de la misma. Las tareas del partido en el capitalismo son extraordinariamente grandes y diversas. El partido debe dirigir la lucha del proletariado en condiciones extraordinariamente difíciles de desarrollo interior y exterior; debe llevar al proletariado a la ofensiva cuando la situación exija la ofensiva; debe sustraer al proletariado de los golpes de un enemigo fuerte cuando la situación exija la retirada; debe inculcar en las masas de millones y millones de obreros sin-partido e inorganizados el espíritu de disciplina y el método en la lucha, el espíritu de organización y la firmeza. Pero el partido no puede cumplir estas tareas si él mismo no es la personificación de la disciplina y de la organización, si él mismo no es un destacamento organizado del proletariado. Sin estas condiciones, ni hablar se puede de que el partido dirija verdaderamente a masas de millones y millones de proletarios». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

¿Cumplía este requisito el PCE (m-l) de por aquel entonces? No. El PCE (m-l) ni siquiera en sus mejores tiempos de 1973-1975 llegaría a obtener una movilización masiva de los trabajadores, nunca fue el partido hegemónico de la clase obrera, siempre a la sombra de los carrillistas y luego de los felipistas, en los sindicatos su presencia fue anecdótica. Nunca llegó a tener una fracción parlamentaria fuerte, y jamás logró poner en jaque al sistema mediante la violencia revolucionaria.

Es claro que el partido no supo realizar una retirada ordenada tras la lucha armada de 1975, sino que sufrió una represión brutal del régimen, que en breve sería una desbandada general por no saber refutar las críticas oportunistas y por otro lado tampoco saber asumir la responsabilidad de los errores como demandaban las críticas acertadas. Lo mismo puede decirse del fatídico error en la lectura de los acontecimientos que se estaban gestando, el empecinamiento en el no reconocimiento del tránsito del fascismo a la democracia burguesa que la burguesía estaba preparando, o el no haber roto antes con la herencia recibida del maoísmo, fueron errores que costaron caro a posteriori cuando se quiso rectificar. Los problemas del partido para avanzar y todo lo que daría pie a la fracción de 1981, la dirección no supo anticiparse y convencer a los militantes honrados de esta fracción, sufriendo una escisión muy dura. Tras la llegada y estabilización del socialdemocratismo en el gobierno en 1982, el PCE (m-l) se quedaría en fuera de juego, y aunque intentaría reaccionar, ya había perdido lo que hacía años había ganado. Es claro que el partido no se caracterizó por tanto por su unidad y disciplina, sino por los cismas y escisiones durante 1964-1992 como ya se vio en capítulos anteriores. La ruptura y desconexión paulatina del movimiento marxista-leninista a principios de los 80 acabaría de sumir al partido en un laberinto sin salida, y aunque intentó reagruparse y avanzar, no logró escapar victoriosamente a sus contradicciones.

En cuanto a los vínculos que han de unir al partido con las masas, los bolcheviques decían:

«El partido es la encarnación de los vínculos que unen al destacamento de vanguardia de la clase obrera con las masas de millones de hombres del proletariado. Aunque el partido fuese el mejor destacamento de vanguardia y se hallase magníficamente organizado, no podría vivir ni desarrollarse sin tener vínculos de unión con las masas sin partido, sin multiplicar y afianzar estos vínculos. Un partido encerrado en sí mismo, aislado de las masas, perdidos sus vínculos o con vínculos débiles que le unan a su clase, tiene necesariamente que perder la confianza y el apoyo de las masas y se halla, por tanto, inevitablemente, condenado a perecer. Para poder vivir con plenitud y desarrollarse, el partido tiene que multiplicar sus vínculos con las masas y conquistarse la confianza de las masas de millones de hombres de si clase». (Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética; Historia del PC (b) de la URSS, 1938)

¿Cumplía este requisito el PCE (m-l) de por aquel entonces? Tampoco.

El PCE (m-l) estaba bajo mínimos de militancia e influencia: en 1988 no había llegado todavía a disputar en los sindicatos amarillos la hegemonía a los reformistas, en el campo seguía sin tener presencia y entre la juventud había perdido su atractivo. No tenía ningún frente activo de ningún tipo, solo participaba en la conmemoración de las víctimas del franquismo lo que era un trabajo testimonial entre círculos que ya conocía.

¿Se tenían bajo control el dominio de la teoría y aplicación del marxismo?:

«El partido como destacamento de vanguardia de la clase obrera. El partido tiene que ser, ante todo, el destacamento de vanguardia de la clase obrera. El partido tiene que incorporar a sus filas a todos los mejores elementos de la clase obrera, asimilar su experiencia, su espíritu revolucionario, su devoción infinita a la causa del proletariado. Ahora bien, para ser un verdadero destacamento de vanguardia, el partido tiene que estar pertrechado con una teoría revolucionaria, con el conocimiento de las leyes del movimiento, con el conocimiento de las leyes de la revolución. De otra manera, no puede dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar al proletariado tras de sí». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

¿Cumplía este requisito el PCE (m-l) de por aquel entonces? Tampoco.

Queda claro por su historia siempre a la zaga de los grandes acontecimientos nacionales –el carácter del Estado postfranquista– e internacionales –la cuestión del maoísmo–, llegando tarde a conclusiones obvias. No hablemos ya de las desviaciones y aberraciones teórico-prácticas que llegaron a su cenit a partir de 1985. Se puede concluir que la mayoría de los líderes del PCE (m-l) más allá de nociones básicas y experiencias concretas personales, nunca llegaron a asimilar la teoría marxista-leninista en su conjunto, lo cual hacía imposible manejarse en el presente y mucho menos anticiparse, como se debería. Una muestra es que el PCE (m-l) loaba a la Albania de Ramiz Alia en 1988 como un régimen que avanzaba victorioso, cuando se estaba descomponiendo a marchas forzadas como se vería dos años después.

¿Es claro que los jefes del PCE (m-l) se adjudicaban un título que no merecían? Absolutamente cierto.

Por supuesto que en la mayoría de agrupaciones revisionistas o que se convierten en ello aceptan en su seno sin demasiado filtro a elementos sin formación ideológica, y que una vez dentro, tampoco hacen demasiado por formarse. Se permite elementos con tendencias arribistas que hoy apoyan a la dirección al mando y mañana se pasan a la siguiente camarilla al mando. Otros buscan hacer su propio negocio dentro de estas agrupaciones defraudando en las finanzas del partido. Otros se dedican precisamente a vivir de la gloria pasada o de unas siglas que ya no les corresponden y crean fundaciones conmemorativas o nuevos partidos también muchas veces con fines económicos. Pero todos, en mayor o menor medida, cumplen más allá de sus inclinaciones personales y sus visiones políticas, el rol de desactivadores de la conciencia de clase:

«La vanguardia en términos de socialismo es una expresión de la clase, de la nueva clase social, el proletariado, y sus elementos más conscientes en ella [o de elementos que han aceptado esta conciencia]. El elemento burgués [o mejor dicho los elementos que han adoptado una psicología burguesa o pequeño burguesa más allá de su origen de clase inicial] en el partido y por la vanguardia cumple una misión de «quintacolumnista» que consiste en desactivar la vocación revolucionaria socialista de los sectores proletarios, o lo que es lo mismo, separan a la [verdadera] vanguardia obrera de las masas y asumen el papel de «vanguardia» desde donde se permitirán desactivar la ya referida lucha de clases como motor revolucionario, reemplazándola por la consigna de la unidad entre clases y la paz entre clases nacionales. De hecho se recurrirá a esta excusa de la «unidad» en varias ocasiones, si bien para combatir un enemigo local o foráneo, real o imaginario, pero, sin ninguna duda, es el discurso empleado para eludir las justas demandas de las masas más concienciadas que bregan por un cambio cualitativo en el proceso». (Equipo de Bitácora (M-L); El revisionismo del «socialismo del siglo XXI», 2013)

Esto debe de quedar claro, pues cuando se abusa tanto de una palabra, pierde su significado». (Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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