¿Con quién estamos, con los contenedores o con el pueblo?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«¡Oh, no, los contenedores!», gritan los pusilánimes mientras las unidades antidisturbios se dedican a vaciar ojos y a usar munición real [1] contra manifestantes. Pareciera que la gran víctima de las movilizaciones que se están sucediendo esta semana fuera el inerte mobiliario urbano. Es más, si atendemos a las afirmaciones de los «grandes analistas», pareciera que esta ola de violencia espontánea –sí, espontánea, como no podría ser de otro modo– se debe únicamente a la detención de Hasél. La realidad es que los vasallos de los capitalistas –a uno y otro lado del espectro político– no entienden nada. Los trabajadores no queman las calles por un rapero encarcelado, lo hacen porque entienden que la severidad de su condena es desproporcionada [2] y que, en realidad, se debe a que la justicia burguesa lo está juzgando con dureza por ser, o, mejor dicho, por creer que Hasél es «comunista» –ésta no distingue entre churras y merinas, simplemente aparta de un guantazo todo lo que diga ser opuesto a su sistema–. Quizás –una apuesta arriesgada, lo sabemos– también inundan las calles por la rabia acumulada: por el peso de la pandemia que cargan sobre sus hombros, por el último caso de violencia perpetrado por dos «agentes de la ley», por la celebración de unas elecciones absurdas que solo pueden ser calificadas como atentado contra la salud pública –nos referimos a las catalanas, evidentemente, que se han celebrado con una tasas de contagio astronómicamente superiores a las que propiciaron el encierro de 2020–.

Mientras las masas responden de la única forma que pueden responder en ausencia de un partido comunista, con violencia espontánea e inusitada, los socialdemócratas en el gobierno despliegan sus agentes represivos mientras lanzan consignas abstractas sobre la «libertad de expresión», condenan el encarcelamiento de Hasél –como si no tuvieran el poder para ponerle fin– y llaman a la calma, a la paz social. Y, claro está, la espiral de violencia sigue en aumento, haciendo que sea difícil posicionarse. ¿Quién tiene razón? ¿Los contenedores? ¿Los millares de personas que protestan contra la absurda brutalidad del sistema? ¿Vox, Reconstrucción Comunista y Bastión Frontal, que creen que Hasél y, por extensión, los manifestantes, «se lo han buscado» y «se lo merecen»?

Quizá la primera acusación en contra de estos «jóvenes alocados» sea que, en realidad, no son más que vagos, maleantes, lumpens o «anarquistas antisemitas extremoderechistas italianos» organizados que cruzan el Mediterráneo en busca de jarana –como decía Atena3–. Los medios generalistas han desgastado estas acusaciones. Evidentemente no creemos sorprender a nadie cuando afirmamos que, entre los millones de personas que conforman las clases trabajadoras –y, por extensión, que engrosan las manifestaciones– podemos encontrar elementos nocivos, anarquistas, lumpens y un largo etcétera. Pero a quienes afirman tales cosas, queremos contarles una anécdota –no, no es ninguna clase de invento–. Es más, lo redactaremos como si se tratase de una novela. Ahí va:

La anciana, hostigada por el ruido y el brillo de los disturbios callejeros, salió al balcón de su «modesto» piso del barrio de l’Eixample de Barcelona y gritó:

-«¡Buscad un trabajo, o algo, y dejad de dar por culo!».

De entre las decenas de personas que observaban atónitas a tan valiente ciudadana, solamente un bárbaro, aquél que llevaba un semáforo entre sus brazos, osó alzar su voz:

-«¡Señora, tengo una carrera, dos masters y trabajo siete días a la semana! ¡Baje aquí a chuparme la p…!». El lector podrá imaginar sin demasiada dificultad cómo sigue este episodio surrealista.

Sin embargo, el principal argumento en defensa del inocente mobiliario urbano que, evidentemente, no responde a una lógica urbanística opresiva y hostil hacia el oprimido, como es el caso de este inofensivo a la par que «inclusivo banco», al que para nada se le han incorporado reposabrazos para que los sintecho no puedan dormir en él, es que su destrucción se da en perjuicio del proletario.

Consideramos que Marx, hace más de 140 años, respondió esta sandez con elegancia y precisión:

«El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad y ello nos ayudará a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos: produce: además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una «mercancía». Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, según nos hace ver, un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.

El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.

El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un «servicio» al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo –de Sófocles– y el Ricardo III –de Shakespeare–. El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa como una de esas «compensaciones» naturales que contribuyen a restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de ramas «útiles» de trabajo.

Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes –véase Babbage– si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica, debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.

El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y abandonado al campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es en el árbol del pecado, al mismo tiempo y desde Adán, el árbol del conocimiento? Ya Mandeville en su Fábula de las abejas –1705– había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, etc., poniendo de manifiesto en general la tendencia de toda esta argumentación:

«Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perece completamente».

Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa. (Karl Marx; Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones, 1860-66)

Este elogio del crimen no es, en realidad, ningún elogio del crimen, sino una impoluta exposición de una máxima del sistema que habitamos: todo lo que es en beneficio de un trabajador ocurre, en realidad, en detrimento de tantos otros. Al fin y al cabo, estas manifestaciones aseguran el trabajo a cristaleros, cerrajeros, cementeras, transportistas, electricistas, técnicos, barrenderos y, por qué no decirlo, a todos los elementos circenses que se dedican a impartir cátedra desde los platós televisivos más putrefactos.

Quizá otro de los argumentos más sonados sea aquél de «esto lo pagamos todos». Bueno, sí, también pagamos un ministerio inútil, como el de Igualdad con sus «informes con perspectiva de género», a la policía que se dedica a lisiar a nuestros hijos, hermanos y abuelos, los rescates bancarios y autopistas, el despliegue de tropas y bombardeos en tierras extranjeras, y a la monarquía y su séquito de chupópteros. Es más, con nuestros impuestos pagamos la misma estructura que permite al opresor practicar su dominación: el Estado burgués.

También los hay –nos referimos a los reaccionarios travestidos de revolucionarios– que rechazan esta violencia porque «no es revolucionaria». Será que no es economicista, más bien. ¿Cómo puede ser que nadie proteste por Luis Víctor Gualotuña, un trabajador sin contrato de 55 años, que falleció en un accidente laboral el pasado 18 de febrero? Quizá sea porque la clase trabajadora está insensibilizada ante este tipo de violencia, porque la ve como algo normal, pues la vive a diario. Y nosotros decimos: ojalá no tarde en llegar el día en que las masas digan alto y claro: «¡basta!». Pero, en lugar de bramar como borregos presentando una falsa dicotomía –como si protestar por una cosa anulara la consideración por la otra–, comprendemos que la dirección ideológica es fundamental no solo para que los trabajadores tomen plena conciencia del horror que les rodea, sino para ser dirigidos de forma eficiente. Y esto no sucederá ni hoy, ni mañana, ni pasado, sin el partido del proletariado. Los hay que responderán: «¡Pero sí que existe! ¡Mira el comunicado de mi partido!». Señores, hablamos de PARTIDO –en mayúsculas–, no de caricaturas; de una organización que infunda temor –y no risa– a los poderosos. Si este o aquel «fuese el partido verdadero», el movimiento comunista no estaría compuesto por mil y uno ejércitos de Pancho Villa –a cada cual más patético–.

Y esto nos lleva al que, con total seguridad, es el grupo más patético: el que rechaza estos estallidos de violencia porque carecen de pureza ideológica, los que jalean a los perros del Estado para que repriman con furia a la muchedumbre enrabiada. Sí, hablamos de los socialreaccionarios, como Reconstrucción Comunista, su Frente Obrero y su camarilla de mentecatos.

Si podemos decir que el izquierdismo supone ignorar las condiciones dadas en favor de unas fantásticas e imaginarias, y que el derechismo supone elevar a la santidad el orden establecido, lo de los secuaces de Roberto Vaquero solo puede ser calificado de «esquizofrenia reaccionaria». El proletariado, en ausencia de una dirección y organización efectiva, actúa de forma espontánea. ¿Acaso puede ser de otra forma? Es más que evidente que los disturbios de esta semana no culminarán en nada provechoso [2], y es también probable que la razzia represiva posterior cause verdaderos estragos. Pero estas protestas son un claro indicador de algo que estos protofascistas jamás podrán comprender: por vacilante, vapuleado, desorientado, espontáneo y confundido que esté, el pueblo está vivo, cansado y enfadado. Y es el papel de los comunistas, marxistas o como quiera que se nos quiera llamar, hacer que las condiciones objetivas y las subjetivas coincidan.

Lo que determina si un acto es revolucionario no es la acción «en sí», sino la organización previa, el motivo por el que se desencadena en primer lugar y la participación de las masas en él. La violencia será revolucionaria cuando las masas estén dispuestas a apoyarla y ser parte de ella, cuando la sientan propia, y cuando esté dirigida a un fin emancipador.

Es por ello que nosotros estamos con el pueblo, no con los contenedores».  (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Con quién estamos, con los contenedores o con el pueblo?, 2021)

Anotación de Bitácora (M-L):

[1] El Público; El joven herido por disparos de la Policía en Linares: «Estoy vivo de milagro» de 2021.

[2] Es necesario comprender que las condenas que se les imputa a varios jóvenes por «daños al honor de la monarquía» son una infamia inadmisible porque coartan el derecho a expresarse y criticar libremente a elementos de un poder que se ha demostrado siempre por encima y contra el pueblo, incluso las mofas más desagradables no deberían ser motivo punible de cárcel, puesto que son una protesta legítima. La segunda condena, por apoyar a las bandas terroristas, loar sus atentados y estimular a que atenten, corresponde a una condena lógica dentro de los esquemas de cualquier régimen democrático-burgués. Es injusto que se pueda condenar a alguien por ello –pues hay miles de jóvenes desesperados que no ven otra salida y carecen de formación política–, del mismo modo que caen en otras corrientes como la demagogia fascista; y puede causar rabia, pero no sorpresa que estos artículos jurídicos solo sean aplicados generalmente a los sujetos anarquistas y filoanarquistas, y no tanto a los fascistas y filofascistas. Dicho esto, hay que aclarar que el exaltamiento de estas bandas terroristas tiene una connotación hodamente negativa desde el punto de vista marxista-leninista, más cuando nos referimos no solo a grupos que asaltaban cuarteles, bancos y demás para obtener un botín u obtener armas, sino que también se dedicaban en gran medida a poner bombas, realizaban secuestros y ejecuciones de forma indiscriminada; actos que acaban afectando a las masas trabajadoras, lo cual no tiene nada que ver con el concepto de la violencia revolucionaria ejercida por la mayoría de las masas en las revoluciones –con mayúsculas–, ya que, en este caso, hablamos de aventureros y grupos conspirativos que hablaban en nombre del pueblo para acabar, en sus atentados, actuando contra él por mera desesperación y falta de capacidad de ganárselo para su causa.

También somos conscientes perfectamente de la hipocresía que supone que desde el Estado burgués se condene el terrorismo cuando los partidos tradicionales lo han practicado: el Partido Popular (PP), que todavía no ha condenado el franquismo y, de hecho, muchos de sus dirigentes fundadores fueron extraídos directamente del franquismo; el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), culpable del terrorismo de Estado de los años 80 bajo los grupos mercenarios del GAL. Actualmente hasta los documentos desclasificados de la CIA reconocen la implicación de Felipe Gónzalez en montar la llamada «guerra sucia». Véase el documento: «España: Terrorismo vasco y respuesta gubernamental» de 1984.

Pero más claro si cabe es, y hay que remarcarlo hasta que quede claro de una vez, que el terrorismo de los GRAPO o ETA no dejan de ser terrorismo de agrupaciones aventureras que ideológicamente nada tienen que ver con las luchas del proletariado ni sus métodos para la toma del poder, mucho menos deben ser reivindicados cuando sus atentados han tocado de lleno a civiles inocentes provenientes de las clases trabajadoras, cuando no también han intentado amedrentar a los grupos que se oponían a su estrategia. Hay que añadir que, en concreto, los elementos que hubieran atentado indiscriminadamente contra la población trabajadora y amenazado a los revolucionarios serían tratados severamente en un Estado socialista por sus crímenes si no demostraran un hondo arrepentimiento, justamente como acabó ocurriendo con los eseristas frente a los bolcheviques.

[3] Si el legalismo y el pacifismo es una desviación derechista a evitar por los marxista-leninistas, el aventurerismo y el terrorismo son unas desviaciones de izquierda también a evitar. ¿En que perjudica a las masas trabajadoras que una organización nacionalista y llena de revisionistas como fue ETA acabe disolviéndose? Lejos de un perjuicio, es un beneficio para el pueblo. ¿Por qué se ha de lamentar el final de una organización que ha retrasado con su nacionalismo-terrorista la concienciación y organización de los trabajadores y que ha amenazado de muerte a los marxista-leninistas que criticaban sus desviaciones? Carece de sentido.

Veamos otro ejemplo sobre este debate de «a quién beneficia». Si un movimiento practica el cretinismo parlamentario y peca de legalismo burgués, llega a gobernar en diversos municipios y provincias y tiene ciertas cuotas de poder, como ocurre con Bildu o Sortu –dónde han ido a parar los restos de ETA–, pero, un día, dichas organizaciones abiertamente socialdemócratas, decidiesen disolverse tras demostrar que no resuelven los problemas de los trabajadores y no pueden granjearse su confianza, ¿en qué iba a perjudicar esta decisión a los marxista-leninistas y a la clase obrera? En nada.

Si, por otro lado, un movimiento como ETA, famoso por el uso inconsciente de la violencia y por atentar contra la propia clase obrera, por haber tenido infiltrado a varios agentes de los servicios de seguridad y ser a la vez la excusa preferida del Estado para agudizar la represión, ha sido una organización que contaba –y cuenta actualmente– con el sólido rechazo de la mayoría de la clase obrera, ¿en qué puede perjudicar su disolución a los intereses de los marxista-leninistas? Claramente, en nada. Al revés, hoy cabe preguntarse qué precio han pagado los verdaderos revolucionarios y marxista-leninistas en Euskal Herria por haber sufrido la carga de ser identificados por la propaganda con el terrorismo y el nacionalismo etarra.

Pero, muchos pseudorevolucionarios, al igual que los trotskistas, que no pueden evitar excitarse con el terrorismo descontrolado o con el saqueo de una tienda, se empeñan en defender a capa y espada cualquier cosa que huela a pólvora y caos. A su vez, no tienen problema en apoyar a los grupos más reformistas y defensores del orden burgués tanto a nivel nacional como internacional. Curioso, ¿no?

«Las vacilaciones sin principios a la «izquierda» y la derecha, la unidad a veces con los oportunistas de extrema derecha y en otras ocasiones con los elementos extremistas y aventureros de «izquierda», es también un rasgo característico de los conceptos y actitudes de los trotskistas. (…) Por un lado los trotskistas ponen por los cielos el uso de la violencia al azar, apoyan e incitan a los anarquistas y los movimientos de «izquierda» que carecen de perspectiva y de un programa revolucionario claro, trayendo una gran confusión y desilusión en el movimiento revolucionario, como las revueltas caóticas de los grupos armados o la guerra de guerrillas no basadas en un amplio movimiento de masas organizado». (Agim Popa; El movimiento revolucionario actual y el trotskismo, 1972)

Pongamos el caso de la famosa «kale borroka» –lucha callejera en vasco–. Esta fue una fórmula promovida históricamente por ETA entre sus organizaciones juveniles satélite, una táctica que se hizo notar, sobre todo, en los años 90. Su finalidad era la de «mantener el ambiente caliente» para presionar al gobierno. En realidad, la kale borroka era una táctica sin participación real de las amplias masas y alejada de fines políticos concretos. De hecho, los actos como quema de contenedores, pintadas a favor de los presos etarras, destrozo de papeleras, locales, bancos, lanzamientos de cócteles molotov hacia entidades bancarias y demás acciones, eran concebidos según el ideario anarquista, considerando estas actuaciones de «acción directa» las que verdaderamente «debilitan al sistema». Se ejecutaban ciegamente sin tener en cuenta el ánimo de la población ni el estado de seguridad de la propia organización, por lo que, en el acto o poco después, siempre acababan con la detención de los autores. Inmerso en sus análisis quijotescos, ETA mantenía férreamente siempre la misma directriz, la de que cada fin de semana debía haber el mayor «ruido» posible, para así «mantener al Estado en jaque» y dar fuerza tanto a los comandos militares como las organizaciones legales.

¿Servía de algo esta «acción directa» realizada de esta forma? Obviamente, no eran capaces de hundir el sistema económico capitalista. La realidad demuestra que esos bancos y locales que atacaron gozaban seguros capaces de cubrir tales desperfectos sin problema alguno, cuando no los locales afectados eran de humildes pequeño burgueses aquejados por la crisis, además de que, obviamente, el desperfecto del mobiliario urbano puede producir el rechazo y malestar de la población, pues podría haber sido tolerado por los propios vecinos de la zona si viesen reivindicados sus derechos y preocupaciones reales en las consignas de los autores, si hubiese un programa mínimo popularizado entre los vecinos y, sobre todo, si ellos mismos fuesen partícipes de las protestas y luchas, es decir, si hubiesen sido persuadidos de la necesidad de formar parte en las movilizaciones –bien sea de forma violenta o pacífica– por una causa que conscientemente consideraran justa. Esto ocurrió no hace tanto en las luchas obreras de Linares, en 1994, los disturbios de Gamonal, en 2014, o las luchas vecinales contra el soterramiento del AVE en Murcia, más recientemente. Ejemplos de luchas masivas y exitosas las hay en todo el territorio peninsular.

Aunque en algunas épocas, por diversos motivos, ETA tuviese ciertas simpatías dentro de la izquierda abertzale, a la fuerza consiguieron que la población trabajadora considerase esas acciones como actos sin conexión con su causa, se daban cuenta que solo eran un edulcorante que ETA utilizaba para mantener bajo presión al gobierno y obtener una negociación para sus intereses propios –que cada vez distaban más de los problemas reales de las masas trabajadoras–. Para la propia juventud combativa, fue duro comprobar que esas formas de lucha aisladas, sin conexión con las amplias masas, no suponían un avance real en sus aspiraciones no servían para nada, que estaban siendo utilizados como peones en una partida de ajedrez entre ETA y el gobierno, por lo que se decepcionaban pronto.

Lejos de «calentar el espíritu de combate» lo que acabó consiguiendo la «kale borroka» fue un «enfriamiento» y confusión mayor sobre el uso de la violencia y las luchas callejeras, tan necesarias para qué las masas trabajadoras ganen experiencia y preparen la futura revolución.

Otro tema no baladí, es que estas acciones eran protagonizadas por la juventud, la cual, pese a tener nexos innegables con el resto de capas de la población, no todos sus intereses son igual al del resto de capas de la población, por tanto, ante un movimiento protagonizado por jóvenes casi en exclusiva, con organizaciones juveniles sin un programa claro que se preocupase del resto de la población, sin una perspectiva política seria, y totalmente manipulado por ETA para sus intereses, hizo que la mayoría de la población no se sintiera identificada con todo esto, siendo vista la kale borroka de los jóvenes como «pecados de la juventud», con toda razón.

Lenin aconsejó a los revolucionarios suizos que, según la experiencia de los bolcheviques, la lucha por el socialismo debía emitirse en una propaganda que combatiera sistemáticamente tanto el pacifismo de los oportunistas como el terrorismo de los aventureros anarquistas. Lo que era imperativo era educar a las masas en el uso de la violencia revolucionaria, pero siempre involucrando al pueblo en ese desempeño, para que, llegado el momento, visto que los explotadores seguramente no iban a entregar el poder, las masas, ya concienciadas y experimentadas, realizasen una revolución popular para imponer justicia y cumplir sus anhelos, algo que es muy diferente a los pequeños comandos terroristas que actúan a su libre albedrío fuera de la lucha de las masas y que ignoran el grado de concienciación de astas:

«Permítanme decir algunas palabras sobre otro punto que se discute mucho en estos días y respecto del cual, nosotros, los [marxistas] rusos, poseemos una experiencia especialmente rica: el problema del terror. (…) Estamos convencidos de que la experiencia de la revolución y contrarrevolución en Rusia confirmó lo acertad de la lucha de más de veinte años de nuestro partido contra el terrorismo como táctica. No debemos olvidar, sin embargo, que esta lucha estuvo estrechamente vinculada con una lucha despiadada contra el oportunismo, que se inclinaba a repudiar el empleo de toda violencia por parte de las clases oprimidas contra sus opresores. Nosotros siempre estuvimos por el empleo de la violencia en la lucha de masas y con respecto a ella. En segundo lugar, hemos vinculado la lucha contra el terrorismo con muchos años de propaganda, iniciada mucho antes de diciembre de 1905, en favor de una insurrección armada. Considerábamos la insurrección armada no sólo la mejor respuesta del proletariado a la política del gobierno, sino también el resultado inevitable del desarrollo de la lucha de clases por el socialismo y la democracia. En tercer lugar, no nos hemos limitado a aceptar la violencia como principio ni a hacer propaganda en favor de la insurrección armada. Así, por ejemplo, cuatro años, antes de la revolución, apoyamos el empleo de la violencia por las masas contra sus opresores, especialmente en las manifestaciones callejeras. Hemos tratado de que la lección dada por cada manifestación de este tipo fuera asimilada por todo el país. Comenzamos a prestar cada vez mayor atención a la organización de una resistencia sistemáticamente y sostenida de las masas contra la policía y el ejército, a traer, mediante esa resistencia, la mayor parte posible del ejército al lado del proletariado en su lucha contra el gobierno, a inducir al campesinado y al ejército a que participasen con conciencia de esa lucha. Esta es la táctica que hemos aplicado en la lucha contra el terrorismo y estamos profundamente convencidos de que fue coronada con éxito». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso en el Congreso del Partido Socialdemócrata Suizo, 4 de noviembre de 1916)

Los bolcheviques señalaban que, en su concepción de la violencia revolucionaria, era imprescindible la participación de las masas, no actuar en nombre de ellas:

«Exigimos que se trabajara en la preparación de formas de violencia que previesen y asegurasen la participación directa de las masas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Aventurerismo revolucionario, 1902)

Por supuesto, un movimiento político que nade en el fraccionalismo y que mude de posición como las serpientes cambian de piel, no es seguridad de nada ni puede convencer a nadie serio para sumarse a su proyecto, del mismo modo que, una organización que no tenga la hegemonía en las organizaciones fabriles, agrarias, estudiantiles, vecinales y sociales, carece de toda influencia para realizar cualquier acción seria, sea pequeña o de gran envergadura, armada o pacífica, sea una manifestación, una huelga o una insurrección, porque directamente no tienen organizado a nadie, nadie les seguirá salvo su sombra y con suerte algún pequeño puñado de despistados inocentes que no durarán mucho o que no sirven más que de comparsa. ¿Y por qué optan quienes no han logrado ni lo primero ni lo segundo? Para empezar lo raro es que reconozcan tales carencias. La mayoría que sí reconocen tales problemas optan por resolver su debilidad no tomando cartas en el asunto sobre su evidente fragilidad ideológica, ni tratando de aclarar y deslindar lo que les separa de otras formaciones, ni siquiera reforzando su trabajo de agitación y propaganda en diversos sitios, para ellos, simple y llanamente piensan lo más rápido y factible para resolver su falta de transcendencia es realizar concesiones inaceptables y pactos oportunistas donde, además, no llevan la voz cantante, por lo que nunca lograrán salir del pozo, o peor, si lo hacen será a efecto de ser un actor secundario de una tragicomedia burguesa. Los marxistas han de saber que, sin lo segundo –un trabajo de organización de masas efectivo–, jamás se logrará organizar la revolución, pero sin lo primero, –un esclarecimiento ideológico absoluto sobre a dónde se quiere ir y de qué forma–, directamente no se logrará ni ese trabajo de masas efectivo ni mucho menos, claro, está, la ansiada revolución. Esto no lo decimos nosotros, lo dice la historia. Los revolucionarios no han llegado a nada transcendente intentando ocultar sus posturas o regalándole a la pequeña burguesía los debates y terminología que se deben dar. Entonces, por favor, ahorraros el ridículo hablando de «resistencia armada» cuando no tenéis transcendencia ni para salir indemnes de una manifestación, no deis lecciones de «clandestinidad» cuando retrasmitís en redes sociales toda la actuación de vuestra célula a cara descubierta –cenas y fiestas incluidas–, no habléis de «trabajo de masas» cuando vuestra organización no mueve a nadie salvo su parroquia y sois unos completos desconocidos para millones de personas. Se presume de algo cuando se tiene, no cuando se está igual o peor que el resto. En el mismo tono, instamos a los pusilánimes reformistas a que dejen de vendernos caminos mágicos para superar el capitalismo que no se han dado jamás y no se darán mientras el capital nacional y sus aliados internacionales tengan suficiente aliento y fuerzas –pues no existe experiencia histórica donde la burguesía se haya rendido ni donde no haya intentado retomar el poder por formas coercitivas–, así que parad de darnos la monserga sobre la necesidad de luchar para que el sistema respete los «derechos eternos del hombre» como «libertad», «democracia» y todo tipo de pamplinas. El pueblo tendrá todo eso y más de forma materializada cuando sea consciente de sus condiciones, de su fuerza, cuando conozca su propia historia y la mire sin temor a distinguir gloria de equivocaciones, solo entonces sabrá poner los puntos sobre las ies, nada de provecho sacará escuchando a una panda de posibilistas que siempre les conducen a la indefensión, la derrota y la humillación.

Cuanto gasto innecesario de juventud y energías se podrían haber ahorrado en mejores cosas si algunos aventureros hubiesen leído y reflexionado sobre estas palabras referidas al terrorismo a baja o a gran escala sin conexión con las masas y sobre el gran defecto que supone en general el espontaneísmo sin perspectivas:

«Nosotros, en cambio, creemos que tales movimientos de masas, ligados al crecimiento, evidente para todos, de la conciencia política y de la actividad revolucionaria de la clase obrera, son los únicos que merecen el nombre de actos auténticamente revolucionarios y los únicos capaces de infundir verdadero aliento a quienes luchan por la revolución rusa. No vemos aquí la famosa «acción individual», cuyo nexo con las masas consiste tan solo en declaraciones verbales, en anónimos condenando a muerte a tal o cual verdugo, etc. Vemos una acción efectiva de la multitud, y la falta de organización, la impreparación, la espontaneidad de esta acción nos recuerdan cuán torpe es exagerar nuestras fuerzas revolucionarias, cuán criminal es despreciar la tarea de llevar a esta multitud, que lucha de verdad ante nuestros ojos, una organización y una preparación cada vez mayores. La única tarea digna de un revolucionario no consiste en dar, por medio de unos disparos, motivo para la excitación, elementos para la agitación y el pensamiento político; consiste en aprender a elaborar, utilizar y tomar en sus manos el material que proporciona en cantidad más que suficiente la vida rusa. (…) Nosotros consideramos, por el contrario, que solo pueden tener influencia real y seriamente «agitadora» –excitante–, y no solo excitante, sino también –y esto es mucho más importante– educativa, los acontecimientos en los que el protagonista es la propia masa y que son originados por su estado de ánimo, y no escenificados «con fines especiales» por una u otra organización. Opinamos que un centenar de regicidios jamás producirán la influencia excitante y educativa que ejerce la sola participación de decenas de miles de obreros en asambleas en las que se examinan sus intereses vitales y el nexo entre la política y estos intereses». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Nuevos acontecimientos y viejos problemas, 1902)

Algunos aún están a tiempo actualmente de desengañarse de esos grupos y figuras seducidos por romanticismo terrorista como del posibilismo reformista.

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