El día que la apoteosis se adueñó de la Habana.

El día que la apoteosis se adueñó de la Habana.

Recién bajaba de la Sierra y ya avizoraba el abrazo último del montón de agradecidos que saldría a la calle el día que sus cenizas emprendieran el regreso victorioso a Santiago de Cuba.

Leticia Martínez Hernández

La idea no era hacer una marcha triunfal. “Me parece que eso estaría fuera de lugar en este momento”, dijo el Comandante en Jefe el 6 de enero al llegar a la ciudad de Santa Clara. El objetivo del recorrido era “transportar la columna en apoyo a los compañeros que iban hacia la capital; yo pensaba pasar rápidamente. Pero en eso se cae, mejor dicho: fue derrocada la tiranía, porque no se cayó: la derrocaron”.

Así el periplo hacia el Occidente se convirtió en la conmovedora Caravana de la Libertad, que recorrió la columna vertebral de la Isla y llenó de júbilo a un país entristecido. Los héroes de la Sierra, barbudos y radiantes, partieron el dos de enero de Santiago. Con el paso de pueblo en pueblo, la Revolución se fue haciendo palpable para aquellos que llevaban años sufriendo una terrible dictadura y escuchaban a escondidas las hazañas de los jóvenes rebeldes del Movimiento 26 de Julio. Un mar de gente los recibió en cada punto del camino, a veces se hacía imposible avanzar. Cuentan que las madres salieron a lucir su felicidad, a partir de entonces sus hijos no tendrían que morir.

Fidel les hablaba, les dedicaba tiempo a todos, aun sabiendo lo urgente que era llegar cuanto antes a la capital. El ocho de enero, luego de cumplir con la promesa de rendir tributo a José Antonio Echeverría, de visitar a la familia del líder estudiantil acribillado a balazos el 13 de marzo de 1957 y de inclinar la frente ante su tumba, se encamina hacia La Habana y poco después de la dos de la tarde llega al Cotorro. Alguien sugirió que entrara sobre un tanque de guerra, pero el Comandante no podía soportar la lentitud de aquella mole de hierro.

En un yipi, menos asombroso, pero más ágil y práctico, llega el Comandante en Jefe a la ciudad que salió a recibirlo con un entusiasmo jamás visto. Cuando la Caravana bordea la Avenida del Puerto, aparece en unos de sus muelles el ¡yate Granma! Hacen un alto, Fidel entra en la embarcación, se estremece, recuerda a los que le acompañaron en la travesía desde México y no pudieron llegar a este momento de infinita dicha. Afuera la multitud grita: “¡Fidel en el Granma!” y la apoteosis se adueña de La Habana.

Muchos años después, el fotorreportero norteamericano Burt Glinn, enviado especial de la agencia Magnum a la cobertura de aquellos acontecimientos, le declara en una entrevista al periodista cubano Pedro de la Hoz: “Yo había visto muchas cosas por el mundo, pero sinceramente me sentí sorprendido por la manera unánime con que la población de La Habana hacía suya la Revolución…lo de La Habana sobrepasó todos los cálculos. Esa tarde supe que la Revolución de los barbudos era más profunda de lo que cualquiera podía pensar y que sería imposible desmantelarla”.

Fue el cuartel Columbia el último punto del recorrido. Contaba el Comandante de la Revolución, Juan Almeida, que era “como si un volcán estremeciera el espacio”. Allí aparecieron las palomas que se posaron en el hombro de Fidel; allí se dio el legendario intercambio del “¿Voy bien, Camilo”? y el “Vas bien, Fidel”; allí juro el líder de la Revolución que si él, cualquiera de sus compañeros o el Movimiento 26 de Julio fuese el menor obstáculo para la paz de Cuba, el pueblo podía disponer de ellos; allí dio por concluidos los agasajos, desde ese minuto solo quedaba trabajar, trabajar y trabajar.

Las concentraciones multitudinarias de hoy — dijo Fidel en Columbia antes de terminar casi a medianoche—, esa muchedumbre de kilómetros de largo, esto ha sido asombroso, “ha sido una exageración del pueblo, porque es mucho más de lo que nosotros merecemos”.

Y finalmente presagió: “… nunca más en nuestras vidas volveremos a presenciar una muchedumbre semejante, excepto en otra ocasión ─ en que estoy seguro de que se van a volver a reunir las muchedumbres ─, y es el día que muramos, porque nosotros, cuando nos tengan que llevar a la tumba, ese día, se volverá a reunir tanta gente como hoy, porque nosotros ¡jamás defraudaremos a nuestro pueblo!”

Fidel iba al futuro, regresaba y nos contaba. Recién bajaba de la Sierra y ya avizoraba el abrazo último del montón de agradecidos que saldría a la calle el día que sus cenizas emprendieran el regreso victorioso a Santiago de Cuba. No exageró aquel pueblo del 59, tampoco el del 2016, ese que lo lloró, lo reverenció y lo multiplicó en su muerte.

No podía haber retribución menor para quien al cabo de tantísimos años jamás defraudó.

(Tomado de CubaAhora)

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