Basada en la novela de Émile Zola, sitúa la acción en una zona minera del norte francés, en torno a 1860. El director nos presenta una película dura y realista en la que se muestran las terribles condiciones de vida de los obreros de las minas galas, tanto en su trabajo como en las miserables casas en las que viven hacinados, sin intimidad alguna.
Se remarca la suciedad y la oscuridad a la luz de las velas con la que convivían; con un salario mísero que no alcanzaba para comer y con unas medidas de seguridad mínimas, estos explotados obreros se enfrentaban cada día a la incertidumbre de si volverían a salir de esas oscuras galerías. Estos hombres y mujeres trabajaban desde antes del amanecer hasta después del anochecer porque solo tenían una alternativa a la minería: morir de hambre. Las secuencias subterráneas muestran a mujeres y niñas en un trabajo agotador empujando las vagonetas de carbón, o a los ennegrecidos mineros, con sus cascos de hojalata arrancando el carbón con picos, en estrechas y claustrofóbicas vetas.
En contraste con este trabajo esclavo de los mineros, vemos las opulentas vidas y lujosas mansiones de los dueños de las minas y el abuso de estos cuando, cada vez que sus beneficios bajaban, recortaban aún más el escaso salario de los mineros. Uno de estos recortes salariales desencadena la huelga minera y una manifestación masiva de los obreros es reprimida a tiros por el ejército asesinando a muchos huelguistas, incluido uno de los protagonistas.
Así vemos a la esposa de este minero asesinado devastada por la pérdida, pero aún con más dolor cuando sus dos hijos mueren en un accidente minero. «¿Por qué es tan alto el precio de la justicia?» dice en algún momento. Ya habíamos visto que era una mujer firme y decidida al oponerse a que su marido abandonara la huelga y también porque formaba parte de un grupo de mujeres que acosaban a un desalmado comerciante local que se negaba a darles crédito para comprar pan.
Con tres miembros de su familia muertos, esta mujer se ve obligada a regresar a la mina en la que trabajó siendo joven. Antes de descender, la oímos decir unas palabras tan dolorosas como ciertas: “La mina nos traga a todos”… pero el apasionado clamor de Zola por la justicia social pervive e impregna esta película.


