Kike Parra (Unidad y Lucha).— El capitalismo tiene especial habilidad en debilitar la fuerza de la clase trabajadora. A fin de cuentas, el sistema es consciente de que la principal arma de enfrentamiento y lucha contra la explotación y para la emancipación social es la unidad de la clase.
Por este motivo, se fomenta constantemente la fragmentación. Existe multitud de mecanismos que atentan contra la unidad. Uno de estos es la división técnica laboral oponiendo administrativos vs. operarios, contratos fijos vs. temporales, etc., o la creación de trabajadores de primera y segunda clase mediante la externalización o subcontratación, al tiempo que se amplía la brecha salarial.
Asimismo, el capitalismo ha utilizado históricamente divisiones sociales preexistentes para segmentar el mercado laboral, pagando salarios menores a mujeres, migrantes o minorías étnicas, y enfrentando así a unos grupos con otros. Se promueve la narrativa de que los trabajadores migrantes «roban» empleos o reducen salarios.
En los últimos años, cobra cada vez más fuerza la lucha intergeneracional como alternativa “aceptable” y útil para el sistema, destinada a sustituir a la lucha de clases.
Las etiquetas generación Z, generación X, millennials o baby boomers son denominaciones creadas por el marketing generacional, enfatizando las diferencias de contexto entre ellas e influyendo en su forma de pensar, consumir, trabajar y relacionarse. Esto constituye un elemento más de la guerra cognitiva a la que se enfrenta la clase trabajadora.
Si en el ámbito comercial estas diferencias se han utilizado para diseñar productos y mensajes específicos, adaptados a supuestos valores y canales de cada grupo, ¿por qué no aprovecharlas también para incidir políticamente y debilitar aún más la unidad de clase? Esto resulta especialmente conveniente en un momento en que el capital necesita incrementar el grado de explotación y violencia contra los pueblos.
En este sentido, ya hay experiencias exitosas de utilización política de esa fragmentación creada por el marketing generacional. Las movilizaciones protagonizadas por la generación Z propiciaron el derrocamiento del gobierno nepalí. Sin embargo, estas movilizaciones “revolucionarias”, nacidas de los servidores de TikTok, Discord, Facebook, Instagram y YouTube, parecen más fruto de la política injerencista de las corporaciones multinacionales en defensa de sus intereses de clase y geopolíticos que una operación de emancipación social llevada a cabo por fuerzas de cambio espontáneo.
Las recientes movilizaciones “masivas” y aparentemente «apolíticas» en países como México pueden analizarse también desde esta perspectiva.
La fragmentación de la clase a través de políticas identitarias (entre las que ahora se incluye la identidad generacional) ha demostrado su utilidad para un sistema que necesita con urgencia crear vías de escape a la movilización social. Es un mecanismo para apuntalar una estructura que se resquebraja debido a la acentuación de sus propias contradicciones internas.
Y el sistema todavía tiene margen para experimentar. Existen problemas reales sobre los que asentar la base. Problemas que afectan a la totalidad de la clase trabajadora, pero que se ceban especialmente con la juventud: el acceso a la vivienda, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos… La búsqueda de chivos expiatorios, más allá de los ya conocidos (como los migrantes), es una estrategia eficaz. Se fomenta, por ejemplo, la idea de que «los mayores acaparan la vivienda» y que «los jóvenes deben costear unas pensiones privilegiadas», enfrentando así a dos sectores de una misma clase que comparten problemas estructurales comunes.
Contrarrestar ideológicamente la avalancha de contenidos multimedia algorítmicos que enfrentan a las y los jóvenes contra otras generaciones no será tarea sencilla. Sin embargo, resulta imprescindible insistir en que el centro del análisis debe ser la contradicción capital-trabajo como la causa estructural fundamental. Solo desde este diagnóstico preciso se puede encontrar la vía para liberar a la juventud de un sistema que, para sobrevivir, no tiene más alternativa que incrementar su explotación e intensificar la violencia contra los trabajadores del presente y del futuro.


