
La inflación puede entenderse no sólo como un fenómeno monetario, sino también, en el escenario de guerra actual, como un mecanismo político y económico que redistribuye los costes de la guerra hacia la clase obrera para capitalizar a los monopolios. Cuando los salarios no crecen al mismo ritmo que los precios, el poder adquisitivo de la clase obrera disminuye, funcionando en la práctica como una forma indirecta de financiar ese gasto. En contextos de fuerte gasto militar, el aumento de la masa monetaria sostenido por la misma producción, el endeudamiento público y la subida general de precios trasladan ese coste sobre los hombros de la clase obrera.
En el siguiente episodio, cuando los monopolios se han asegurado el control y la apropiación de materias primas y de los circuitos de producción y circulación (energía, petróleo, alimentos, transporte, logística, etc..) la inflación puede intensificarse a través del encarecimiento de esos insumos básicos. En ese escenario, el aumento de precios no solo refleja presiones macroeconómicas, sino también la capacidad de quienes dominan esos sectores para trasladar costes y ampliar márgenes ahora ya sin ningún tipo de competencia. Por ese mecanismo, el capitalismo en su fase putrefacta, la imperialista, extingue su motor principal, la competencia, y se desnaturaliza del todo. El resultado es una doble dinámica: por un lado, la inflación reduce el valor real de los salarios; por otro, refuerza la posición de quienes controlan recursos estratégicos, consolidando una redistribución regresiva de la riqueza cada vez en menos manos y cada vez sectores más amplios de la clase obrera ven cómo sus vidas se precarizan a marchas forzadas. La inflación no se entiende ya sólo como un fenómeno técnico o monetario, sino como un mecanismo de redistribución de la riqueza desde el trabajo vivo hacia el capital y los estados burgueses que le sirven en dirección a la guerra.
Llegados a este punto, la lucha contra la guerra y la militarización está inseparablemente ligada a la lucha por el control democrático de la economía y por la superación del marco de la esclavitud asalariada, el imperialismo y sus guerras. Mientras las decisiones sobre producción, gasto y crédito permanezcan en manos del capital y de los estados que los representan, los costes de las crisis y de la guerra seguirán recayendo sobre la clase obrera.
En contextos de rearme o expansión militar, esta dinámica adquiere un significado político claro. El aumento del gasto militar suele financiarse mediante deuda pública, expansión monetaria o reorientación del presupuesto. La inflación resultante actúa como un impuesto indirecto que no se debate ni se vota explícitamente. Este sobrecoste se traslada directamente hacia las arcas de los grandes capitales y sectores vinculados a la industria militar. Así, desde esta perspectiva, la inflación funciona como una forma de socializar los costes de la militarización y privatizar sus beneficios. La clase obrera termina financiando, mediante la pérdida silenciosa de su poder de compra, un aparato militar que responde principalmente a los intereses geopolíticos y económicos de las clases dominantes y reaccionarias y donde sus hermanos de clase ponen su ruina y sus muertos.
Ante este panorama de guerras imperialistas persistentes, el PCOE levanta la bandera del internacionalismo proletario y recuerda que la sangre de los obreros no está para defender la patria de los explotadores, sino su propia emancipación. Sólo con la organización consciente de la clase obrera y el fortalecimiento del PCOE podremos avanzar hacia la derrota del imperialismo y la construcción de una sociedad socialista libre de explotación sin guerras entre pueblos.
¡Por el fin de las guerras imperialistas!
¡Paz entre pueblos, guerra entre clases!
¡Socialismo o barbarie!
Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)





