Maradona tenía razón: la FIFA convirtió el fútbol en un negocio antes que en un deporte
Hay personas que ven el futuro porque entienden el presente. Diego Armando Maradona era una de ellas.
Mucho antes de que el Mundial de 2026 confirmara todos los peores temores sobre el rumbo del fútbol moderno, Maradona ya había advertido hacia dónde caminaba la FIFA. No hablaba desde el resentimiento ni desde la nostalgia. Hablaba desde la experiencia de quien conocía por dentro el funcionamiento de una organización que llevaba décadas anteponiendo el dinero a los futbolistas, a los aficionados y al propio juego.
Cuando afirmó que en Estados Unidos acabarían queriendo «cuatro tiempos de 25 minutos por la publicidad», muchos se rieron. Parecía una exageración más de Diego. Sin embargo, la realidad ha terminado dándole la razón. Las pausas de hidratación se han convertido, en muchos partidos, en auténticas pausas publicitarias perfectamente integradas en el espectáculo televisivo. Oficialmente se justifican por razones climáticas, algo perfectamente razonable cuando las temperaturas son extremas. Lo cuestionable es convertir esa excepción en una norma general, independientemente del estadio, de si hay techo o de la temperatura existente.
No es casualidad que incluso futbolistas como Virgil van Dijk o entrenadores como Marcelo Bielsa hayan mostrado públicamente su rechazo a una medida que rompe el ritmo del juego y beneficia sobre todo a las cadenas de televisión y a los patrocinadores.
Porque el problema nunca fue la hidratación.
El problema siempre ha sido el negocio.
Maradona llevaba denunciándolo desde los años ochenta. Ya en México 1986 criticó que la FIFA obligara a jugar al mediodía bajo un calor insoportable para satisfacer los horarios televisivos europeos. La salud de los jugadores quedaba subordinada a la audiencia y a los ingresos publicitarios. Cuatro décadas después, la lógica sigue siendo exactamente la misma.
La FIFA ha perfeccionado un modelo donde el fútbol es simplemente el producto. Los jugadores son el material de consumo. Los aficionados son clientes. Y el campeonato más importante del planeta funciona como una gigantesca plataforma comercial.
No resulta extraño que Maradona acabara enfrentándose abiertamente a la organización.
Lo hizo cuando denunció el reparto obsceno de los beneficios de los Mundiales. Mientras la FIFA acumulaba miles de millones de dólares, los verdaderos protagonistas recibían una parte mínima del pastel. Lo hizo cuando acusó directamente a Blatter, Platini, Havelange o Grondona de convertir el fútbol en un negocio privado. Y el tiempo volvió a darle la razón cuando el escándalo del FIFAGate destapó una de las mayores redes de corrupción de la historia del deporte.
Lo que durante años fue presentado como las paranoias de un personaje incómodo terminó siendo confirmado por investigaciones judiciales internacionales.
Diego no era un santo. Cometió errores muy graves dentro y fuera del campo. Su lucha contra las adicciones marcó parte de su vida y él mismo nunca intentó ocultarlo. Pero reducir su figura a esos episodios supone ignorar otra faceta mucho menos conocida y extraordinariamente importante: la del sindicalista del fútbol.
Pocos recuerdan que impulsó una asociación internacional de futbolistas para defender los derechos laborales de los jugadores frente al enorme poder de la FIFA y de las federaciones nacionales. Maradona entendía que sin organización colectiva los futbolistas serían simples mercancías en manos de los dirigentes.
Era una visión profundamente obrera del deporte.
Porque detrás de cada gran estrella existen miles de futbolistas profesionales con carreras cortas, contratos precarios, lesiones permanentes y muy poca capacidad de decisión sobre el calendario, los desplazamientos o las condiciones de trabajo.
Mientras la FIFA multiplica competiciones para aumentar ingresos, los jugadores acumulan cada vez más partidos, más kilómetros, menos descanso y un riesgo creciente de lesiones. El calendario internacional se ha convertido en una auténtica explotación física de quienes sostienen el espectáculo.
Todo para seguir aumentando la facturación.
Por eso las palabras de Maradona siguen resultando incómodas incluso después de su muerte.
No denunciaba únicamente a unos dirigentes concretos. Denunciaba un modelo entero. Un modelo donde el fútbol deja de pertenecer a quienes lo juegan y a quienes lo sienten para convertirse en propiedad de multinacionales, fondos de inversión, televisiones y patrocinadores.
El Mundial de 2026 representa, probablemente, la culminación de esa transformación. Tres países organizadores, más selecciones, más partidos, más ingresos, más publicidad y más negocio. Todo es más grande. Todo factura más. Pero resulta legítimo preguntarse si también es mejor para el fútbol.
Maradona sospechaba que no.
Y, una vez más, la realidad parece haber terminado dándole la razón.
André Abeledo Fernández

