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Si al Boycot

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Pese a que reducida, nuestra es todavía la tan cacareada y pervertida libertad de elección. Y lo es en un ámbito tan o más importante que el electoral; el consumo. Sus  implicaciones políticas son cada vez más evidentes, como ha dejado claro la última campaña presidencial estadounidense y los repetidos boicots  organizados desde las redes sociales contra empresas de las corporaciones de Donald Trump.

No es ni mucho menos algo nuevo, la historia nos retrotrae a la Irlanda expoliada del siglo XIX por terratenientes ingleses, capítulo que le da nombre y que muchos asociamos a un capitán Boicot con la cara de Stewart Granger. No obstante, resulta  imposible no pensar en otras acciones económicas y bloqueos de tiempos anteriores.

El boicot tampoco es forzosamente revolucionario, ahí están los continuos y bien financiados intentos antisemitas y pro islamistas actuales. Aunque se cuenten entre el uso de esta táctica episodios tan importantes como los orígenes de la guerra independencia de las trece colonias americanas o la lucha de la India de Gandhi.

El convertirnos en consumidores responsables  no es ni una panacea ni una frivolidad fruto de una moda o pseudo-corriente alternativa del momento. Es un compromiso con la sociedad, o con nuestros círculos más inmediatos ,también una muestra de responsabilidad y de resistencia,  y  una exigencia al respeto debido.

Antes de entrar en aspectos de alcance más local, hechos que a pesar de ser conocidos no tienen en nuestro país, ni en nuestro marco geoeconómico más cercano la consideración que merecen. La ropa barata mata, los estantes llenos todos los días del año destrozan y sojuzgan economías que nunca podrán ser soberanas, esclavizan  a poblaciones , imponen  cultivos rentables, cuotas y precios , y  a su vez  precarizan los derechos laborales de nuestra clase trabajadora, a cambio de una falsa imagen de opulencia.

Que un teléfono móvil para sacarse selfies y escribirse estupideces suponga en muchos casos la ganancia del sueldo de un mes, y la explotación más salvaje de los desventurados congoleños es inconcebible. El lanzamiento al mercado de una consola de videojuegos no puede verse retrasada por falta de un mineral o de unas leyes internacionales que posiblemente sean derogadas en breve por la nueva administración estadounidense.

Los consumidores ansían tenerla en sus manos. Que se perpetúen guerras en las que  mueren millones de “negros desconocidos” no puede compararse con la satisfacción multitud de felices jugadores-consumidores. Que se puedan comprar  productos derivados del pescado más baratos gracias a la existencia de flotas pesqueras  piratas y esclavistas, véase indochinas, tampoco parece preocupar en demasía a un consumidor que quiere comprar y usar continuamente, en una rueda de desenfreno que no hace otra cosa que engrasar la maquinaria  del exceso, el saqueo y la desigualdad comercial.

Y este panorama no es independiente del modelo político, ni de los intereses de las clases dirigentes y bien estantes. El ejemplo más cercano es el de Coca Cola. La señora Sol Daurella, heredera del emporio que le dejaron sus antepasados (mejor que bien relacionados con el franquismo), con las plantas embotelladoras  y producción de la bebida de cola, no sólo ha sido responsable del despido de, a efectos reales centenares de trabajadores de plantas  españolas sino que también se ha sumado a la red de propaganda exterior  del Gobierno segregacionista catalán.

El separatismo catalán, de clara índole supremacista y xenófoba, es de inequívoco  origen pequeño burgués cantonalista.  Las fortunas y empresas del ayer, son las subvenciones, mascaradas y corrupción de hoy. Esta clase que ahora asfixia, saquea , divide y enfrenta a los ciudadanos de Cataluña en base a un etnicismo ultranacionalista que intenta disfrazar con palabras y principios contras las que atenta y pervierte, sigue dando pasos en su  escalada hacia la violencia.

La inclusión de Coca Cola entre sus miembros es un salto cualitativo más que importante, y contra él deberíamos posicionarnos. Nuestro modo de actuar tiene que ser el boicot. Nuestro malestar les es bien indiferente, si seguimos consumiendo, ellos continuarán con sus planes, que no son más que su propio beneficio y el enquistamiento de la casta nacional-etnicista en Cataluña y el “liberalismo” neoconservador en todo el país.

El separatismo catalán y sus adláteres, se basa en dos principios económicos tan reprobables como simples.

El primero  es que con la independencia  se adueñarían de varios monopolios que les otorgarían pingues beneficios, un total dominio del mercado, y unas relaciones comerciales privilegiadas con la tan odiada  y odiosa  España.

Aquí cabrían marcas como Estrella Damm, los supermercados BonPreu, la  cooperativa Abacus, buque insignia del adoctrinamiento fascista infantil, Noel, cadenas hoteleras de marcas reconocibles y los cavas Codorniu, la marca favorita en toda celebración separatista, con las que se brinda efusiva y repetidamente  por la desgracia de los ciudadanos españoles.

El segundo es que las llamadas al diálogo por parte del gobierno conservador del PP, la absoluta estulticia del PSOE, y los silencios y censuras contra el boicot de los que se dicen antinacionalistas de Ciudadanos no hacen más que proteger unos intereses comunes a todos ellos, el mercado.

Y quedan muy alejados de los intereses de todos los ciudadanos. El gobierno no puede decir que va a prevalecer la igualdad entre todos los españoles, porqué hace años que dejo de existir, y que a falta de decisiones ahonda esa desigualdad tanto económica como grupal.

Agravando  la tensión, ya que así se ven premiados, los ultranacionalistas ascenderán en su batería de provocaciones, desacatos, delitos de toda índole, arrinconamiento, desprecio y violencia de los discordantes.

Quienes hoy por hoy a pesar de su gran número, ya han dejado de contar. El lenguaje que usan estos grupos políticos es el mismo, el vocabulario nacionalista y  clasista se ha impuesto a los demás.

Evidentemente aquellos que dicen situarse en la izquierda del espectro político catalán, no son más  que pequeños parásitos, que quieren cada vez más migajas y relevancia dentro de la finca y jugar a la superioridad moral. Concesiones a una transversalidad que no es tal, pero que se hace sucesora del carlismo, oportunistas y etnicistas. Con esa conciencia social  tan hipócrita y falsa que sólo poseen los amigos de lo políticamente correcto, la manipulación y la falacia.  Y los hijos del complejo de la impureza. Otro signo más que definitorio del progresismo que gastan los nacionalismos catalán o vasco, copiados ahora por el aún más desconcertante separatismo gallego.

El castigo contra Coca Cola, contra el conglomerado separatista, contra locales y restaurantes que lucen esteladas que apuntan, señalan y desprecian a sus vecinos e iguales debe ser severo. Ni un sólo céntimo.

Las pérdidas han llegado, pero debemos acrecentarlas. Nadie habla del monto que ello supone, pero están ahí. Otra de las grandes alianzas entre el PP, Psoe y los separatistas( Podemos quiere desestabilizar sin conocimiento ni capacidades reales) es el haber mantenido el silencio sobre este tema y el gran saqueo a las arcas públicas por parte de los separatistas catalanes, que reciben fondos una y otra vez sin que cese su ofensiva rupturista.

La Deuda, debe ser suya, no pública, las pérdidas privadas, no nuestras.  No a los privilegios  de los de los apellidos  puros y de militantes del régimen. Su condescendencia, nuestra repulsa, y su  pretendida superioridad, nuestra acción.

Hagámosles boicot, que pierdan dinero, ganemos respeto y respetabilidad.  Seremos ciudadanos de segunda, pero seamos consumidores responsables y personas (libres).

 

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