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Adolfo Suárez, el franquista que quiso ser ministro ‘de lo que sea’

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Tras Arias Navarro, alias “El Carnicero de Málaga”, Adolfo Suárez fue el segundo presidente del gobierno durante la transición (1976-1981). Como todos los políticos franquistas, comenzó a trepar dentro del Movimiento, una burocracia repleta de advenedizos.

Pero para ello había que tener enchufes, buenos contactos y lo que entonces se llamaban “recomendaciones”. En el caso de Suárez, su padrino fue Fernando Herrero Tejedor. Ambos se conocieron en Ávila, donde Herrero Tejedor era gobernador civil de Ávila.

Además de un personaje ligado al Opus Dei, Herrero Tejedor era un peón del almirante Carrero Blanco en el aparato judicial, donde desempeñó el cargo de Fiscal General del Estado.

En 1961 le nombró a Suárez jefe del Gabinete Técnico del Vicesecretario General del Movimiento fascista, donde también coincidió con Herrero Tejedor, que llegó a ser ministro y secretario general del Movimiento.

En 1967 fue elegido procurador en Cortes por Ávila y un año más tarde gobernador civil de Segovia.

Dos años después, durante una crisis de gobierno, Alfredo Sánchez Bella pasó a encabezar el Ministerio de Información y Turismo y Carrero Blanco le pidió que nombrase para la Dirección General de Radiodifusión y Televisión a Suárez.

En un tugurio de camarillas, como fue siempre el franquismo, tanto Herrero Tejedor como Adolfo Suárez fueron de la mejor camada: la del almirante Carrero Blanco. Cuando dicen que Suárez hizo la transición, hay que entonces, por lo tanto, que tal mérito corresponde directa e inmediatamente a Carrero y a los peones que dejó junto a Suárez para allanarle el camino, como los generales Díez Alegría y Gutiérrez Mellado, entre otros.

Al inicio de la década de los setenta la televisión empezó a jugar un papel clave, y sólo había una. Si la política se empezaba a escenificar en los platós, entre decorados y decoraciones, la transición se haría de la misma manera. Suárez lo aprovechó para hacer lo que le dijeron que hiciera: utilizarla para promocionar la figura del entonces “Príncipe” Juan Carlos, otro que debe su cargo al Almirante Carrero, al que en 1967 nombró para heredar al mismísimo Franco.

Permaneció en el cargo hasta 1973 y durante el breve semestre en que, por vez primera vez en su vida, no ocupó una poltrona pública, entró en el mundillo de los negocios para políticos de la mano de los Van de Walle, y con iniciativas propias, como la de actuar de comisionista en la venta de solares y pisos cerca de Madrid, en San Fernando de Henares, con Alfonso Gordillo, propietario de terrenos, moteles y gasolineras en la comarca.

Luego le nombraron presidente de la Empresa Nacional de Turismo S.A. (Entursa), dependiente del INI, a la que dejó con una deuda de más de 1.000 millones de pesetas. Con el dinero público Suárez le financió al canario Van de Walle la construcción de un hotel de lujo en Barcelona, el Ifa-Sarriá, con el que tuvo que cargar el INI tras importantes desembolsos y pérdidas.

El 12 de junio de 1975 su padrino Herrero Tejedor falleció en accidente de tráfico y entonces Suárez le confiesa a Armando Marchante (Razón Española, núm. 156) su vocación: “Yo quiero ser ministro; donde sea, con quien sea y para lo que sea. Todo lo demás no me interesa”. Se prepara para ello y le nombran presidente de “Unión del Pueblo Español”, un refrito de oportunistas de la vieja guardia creado para garantizar su continuidad en el poder.

En diciembre de 1975, un mes después de la muerte de Franco, Arias Navarro le nombra Ministro Secretario General del Movimiento y el 3 de julio del año siguiente el rey le nombra Presidente del Gobierno. No fue bien recibido ni por los sectores próximos al franquismo ni por la oposición. Días después, El País publicó un reportaje en el que aseguraba que Suárez era una marioneta del búnker y del Opus Dei impuesta a la Corona. Francisco Umbral lo expresó con ironía en su columna: “Había que liquidar el postfranquismo, cambiar la cosa, a ver si me entiendes. Y entonces han puesto a un falangista”.

En su primera declaración pública tras el nombramiento anunció una reforma de las leyes franquistas porque, como dijo Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, la transición respetaba plenamente la legalidad fascista: “De la ley a la ley a través de la ley”. Naturalmente, se refería a la ley franquista, y no sólo todo se iba a hacer conforme a la ley, sino que la legalidad iba a marchar de una legalidad franquista a otra legalidad franquista. Los diarios de la época expresaron bien claramente en qué consistía el proyecto de reforma de Suárez. Por ejemplo, el diario “Córdoba” dijo que se trataba de “modificar una Constitución abierta, sin necesidad de que sea dinamitado el edificio del Estado” (10 de setiembre de 1976).

En realidad, se trataba de ir de un fraude a otro fraude, al que Suárez llamó “Ley para la Reforma Política”, la octava de las leyes fundamentales redactada por el franquismo, aprobada por las Cortes franquistas en noviembre de 1976. La ley reconocía la continuidad del régimen franquista: “Sólo incardinando en el orden político vigente puede [la reforma] encontrar fuente y base para su legítimo planteamiento”.

Con la “Ley para la Reforma Política” las Cortes franquistas se autodisolvieron, convocando elecciones legislativas para el 15 de junio de 1977. No fueron, pues, unas elecciones a Cortes constituyentes. A causa de ello, el PCE manifestó inicialmente su oposición.

Pero sin un proceso constituyente no puede aprobarse constitución. Sin embargo, como consecuencia de otro fraude más a los electores, posteriormente se reconvirtieron en constituyentes y redactaron una Constitución.

En las elecciones del 15 de junio no pudieron participar ninguno de los partidos que no aceptaron la monarquía fascista y todo el proceso, incluidas las elecciones, fueron dirigidas desde los aparatos del Estado conforme a los planes que el franquismo había elaborado de antemano.

Entre ellos, a Suárez le prepararon una coalición denominada “Unión de Centro Democrático” que jugó con las cartas marcadas.

Las Cortes resultantes de aquellas elecciones fraudulentas, convertidas en constituyentes, aprobaron la Constitución.

Felipe González afirmó que, si por Suárez hubiera sido, no se hubiera redactado la Constitución. A finales de los setenta a Suárez se le llevaban los demonios cuando la oposición le hablaba de Cortes Constituyentes, no por lo que ello representaba de desmontar el régimen franquista y restaurar la democracia, sino por el miedo de que la Constitución discutiera el hecho monárquico, pues ésta era, obviamente, una de las razones fundamentales por la que el Rey le había elegido. En una reunión a la que acudieron Suárez, Gutiérrez Mellado y González, éste les aseguraba que su partido plantearía una moción republicana testimonial pero que votarían finalmente a favor de la monarquía.

El 3 de marzo de 1979, Adolfo Suárez ganaba por segunda vez unas elecciones generales, e iniciaba su tercer mandato como presidente del Gobierno.

En 1981 Suárez dimitió de su cargo de presidente del Gobierno y también como presidente de UCD. Calvo Sotelo le sucedió al frente del gobierno hasta 1982, momento en el que, después de un intento de golpe de Estado, al frente del PSOE Felipe González ganó las elecciones.

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