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¿Todos a la cárcel?

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En estas semanas donde el debate sobre la corrupción vuelve a situarse en el centro de la actualidad, se impone realizar un análisis clasista que la aborde huyendo de los lugares comunes que impone la ideología dominante, pero sobre todo del inaceptable recurso al carácter español. Análisis que nos debe conducir a concluir una posición política imprescindible para nuestra acción política revolucionaria y sin el cual, como le ocurre a todo tipo de oportunistas que no van más allá de nombres y siglas, nos sería imposible realizarla.

Cierto que no es la primera vez que hablamos de este tema, pero la proliferación de casos cada vez más graves y de mayor calado, nos obligan a retomar el tema.

CRISIS GENERAL DEL CAPITALISMO Y CORRUPCIÓN.

Erraremos y contribuiremos a la confusión de nuestra clase si valoramos la corrupción como un hecho excepcional en el capitalismo que solo se produce en países con una débil institucionalidad o que padecen una profunda crisis económica. No, la corrupción es intrínseca al sistema y tiene su mayor paradigma en la legalización del robo que a diario realiza la burguesía contra nuestra clase apropiándose del fruto de su trabajo. Capitalismo es robo; robar es corrupción.

Entonces, si es legal robar a la clase obrera y la propiedad privada de los medios de producción ¿por qué no va a ser posible valerse de una posición de fuerza determinada para alcanzar un beneficio extra? Si es legal la fortuna de Amancio Ortega, por qué Fabra, Granados o Pujol no iban a forjar la suya ¿Dónde está la diferencia?

Consecuentemente menos manos a la cabeza y acabemos con el cinismo que, tratando de individualizar las responsabilidades sacándolas del contexto en el que se producen los hechos, lo único que acaba consiguiendo es salvar al sistema y consentir que el origen de la metástasis siga intacto.

¿Por qué ahora?

El alcance de la crisis estructural y general del capitalismo hace que las contradicciones se agudicen a todos los niveles y, más allá del consenso institucional básico contra los intereses y necesidades de la clase obrera y los sectores populares, se agudicen las puñaladas entre los diversos grupos oligárquicos que operan en el país. ¿Acaso alguien duda de que a determinados niveles no se conoce con pelos y señales la lista de políticos a sueldo de las distintas empresas? Es un problema de volumen de la tarta y de la reducción de los millones a repartir que, junto al proceso de concentración propio del capitalismo en su fase imperialista, necesita dejar infinidad de cadáveres por el camino para elevar a los nuevos protagonistas de los futuros escándalos.

II Transición

Las lágrimas de Esperanza Aguirre, la caída de Pujol o la sucesión real con infanta en el banquillo incluida, expresan el inicio de una nueva etapa en la superestructura institucional de la formación social española. Es el intento de los sectores dominantes del quebrado bloque oligárquico burgués que alumbró la Transición en los años 70 del pasado siglo, por reproducir otros 40 años más de dominación sistémica, es la certera jugada de ajedrez de los nuevos actores de la dominación de clase en el estado español para lo que resta de primera mitad del Siglo XXI.

¿Transición o ruptura?

Frente a ello, como hace algo más de 40 años hicieron las organizaciones revolucionarias, los y las comunistas del PCPE y sus Juventudes, no aceptamos como natural el falso consenso de clase que no es más que la imposición constante de los intereses y necesidades de los sectores más avanzados de la violenta y corrupta oligarquía financiera a la que tan fiel y lealmente representan el estado español y la Unión Europea. Nuestra apuesta es la ruptura y la lucha por la República Socialista de carácter Confederal.

JF Monllor Salens

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