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Los ‘progres’ de hoy están empeñados en una caza de brujas al más viejo estilo ‘carca’ de toda la vida

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Rachel Maddow es una conocida vedette que presenta un programa —no menos conocido— en la cadena de televisión gringa MSNBC. Desde hace un tiempo dedica una gran parte del tiempo de emisión a denunciar la colusión entre Putin y Tramp, un verdadera paranoia en Estados Unidos, al nivel de la caza de brujas de los años cincuenta.

Escuchemos una de sus frases, pronunciada el 17 de abril en antena: “Si esta presidencia [Trump] es efectivamente el resultado de una operación de los rusos, si es la colusión entre los servicios de inteligencia rusos y un equipo de la campaña presidencial de Estados Unidos [Trump], quiero decir que es algo enorme […] No es una parte de la política americana; como ven, ya no se trata de la batalla partidista entre republicanos y demócratas. Es una guerra internacional dirigida contra nuestro país. En otras palabras: Trump ha iniciado una guerra contra Estados Unidos desde la Casa Blanca y de la mano de Putin.

Si el lector cree que Maddow es una especie de senador McCarthy travestido para las ondas, está en un error. A diferencia del senador, Maddow es el prototipo de “progre” que, al estilo Occupy Wall Street o Podemos, defiende las causas humanitarias y a las minorías, como el movimiento LGTB, del que forma parte integrante.

Al menos en parte, este fenómeno yanqui se ha importado a Europa: los “progres” desempeñan el mismo papel que los reaccionarios como  McCarthy desempeñaban en los tiempos de la Guerra Fría. Su anti-sovietismo feroz se ha travestido en un anti-rusismo no menos feroz. Unos veían comunistas por todas partes y los otros ven rusos. En la modernidad lo “políticamente correcto” ha pasado de la reacción pura y dura a este nuevo progrerío.

El despliegue que está llevando a cabo Telemadrid, una cadena ultrareaccionaria, con motivo del World Pride, antes llamado “Día del Orgullo Gay”, sólo sorprende por su magnitud. Ha sacado a las cámaras y a los reporteros a la calle para que podamos presenciar cada minuto del evento en vivo y en directo; sin perder detalle.

Los “progres” son hoy los reaccionarios de ayer. Han sustituido el viejo tradicionalismo conservador, rancio, por la posmodernidad más rabiosa, que consiste en ponerse a sí mismos en un primer plano. Ellos son el modelo, la vara de medir, es decir, miden a los demás según los criterios ideológicos propios.

Así, desde 2010 la sección europea de ILGA elabora un escalafón sobre el estado de los derechos de las personas LGTB, en donde los dos que están a la cola son Rusia y Azerbaián. Eso descalifica hoy per se a cualquier país como “atrasado”, que es lo peor que se puede decir de él: que no es moderno. Conclusión geoestratégica: Putin se entiende tan bien con Trump porque ambos son antiguos, están desfasados, etc.

No se trata sólo de que como vara de medir se tome al colectivo LGTB, sino exactamente sus derechos, es decir, no una realidad sociológica sino los repertorios de legislación y jurisprudencia. Es siempre la vieja hipocresía anglosaja de origen protestante que consiste en admitir una homofobia social siempre que no sea, al mismo tiempo, legal.

Una ley se puede cambiar en un momento; una sociedad tarda mucho más. Después de desfilar durante un día por las calles de Madrid como realmente nos sentimos, al día siguiente metemos nuestros disfraces en la maleta porque volvemos a la rutina. No podemos sentarnos en el autobús de vuelta a casa de esas “pintas”. ¿Se les ha ocurrido pensar por qué cada año sigue ocurriendo eso? Porque si algún seguidor habitual de Telemadrid nos ve en la estación con nuestros zapatos de plataforma, nos pega una paliza mortal.

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