«Bakunin, que hasta 1868 había intrigado contra la Internacional, ingresó en ella después del fracaso sufrido en Berna, en Congreso de la Paz, inmediatamente se puso a conspirar desde dentro contra el Consejo General. Bakunin tiene una teoría original, que es una mezcolanza de proudhonismo y comunismo. Por cierto, el punto básico de su proudhonismo es la idea de que el mal más grave, con el que hay que acabar, no es el capital, no es, por tanto, el antagonismo de clase que el desarrollo social crea entre los capitalistas y los obreros asalariados, sino el Estado. Mientras la gran masa de obreros socialdemócratas comparte nuestro punto de vista de que el poder del Estado no es más que una organización adoptada por las clases dominantes –los terratenientes y los capitalistas– para proteger sus privilegios sociales, Bakunin afirma que el Estado es el creador del capital, que el capitalista posee su capital únicamente por obra y gracia del Estado. Y puesto que el Estado es, por tanto, el mal principal, hay que acabar ante todo con él, y entonces el capital hincará el pico por sí solo. Nosotros, en cambio, sostenemos lo contrario: acabar con el capital, que es la concentración de todos los medios de producción en manos de unos pocos, y el Estado se derrumbará por sí solo. La diferencia entre los dos puntos de vista es fundamental: la abolición del Estado sin una revolución social previa es un absurdo; la abolición del capital es precisamente la revolución social e implica un cambio en todo el modo de producción. Pero como para Bakunin el Esado representa el mal principal, no se debe hacer nada que pueda mantener la existencia del Estado, tanto si es una república, como una monarquía o cualquier otra forma de Estado. De aquí, la necesidad de abstenerse por completo de toda política. Cualquier acto político, sobre todo la participación en las elecciones, es una traición a los principios. Hay que hacer propaganda, desacreditar al Estado, organizarse; y cuando se haya conquistado a todos los obreros, es decir, a la mayoría, se liquidan los organismos estatales, se suprime el Estado y se le sustituye por la organización de la Internacional. Este gran acto, que marca el comienzo del reino milenario, se llama liquidación social.

Todo suena a algo muy radical, y es tan sencillo que puede ser aprendido de memoria en cinco minutos. He aquí la razón de que la teoría bakuninista haya encontrado tan pronto una acogida favorable en Italia y en España entre los jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios. Pero las masas obreras jamás aceptarán la idea de que los asuntos públicos de sus respectivos países no son a la vez sus propios asuntos; los obreros son políticos activos por naturaleza, y quien les proponga abandonar la política se verá, tarde o temprano, abandonado por ellos. Predicar a los obreros la abstención política en todas las circunstancias equivale a ponerlos en manos de los curas o de los republicanos burgueses.

La Internacional, según Bakunin, no ha sido creada para la lucha política, sino para ocupar el lugar de la vieja organización del Estado tan pronto como se lleve a cabo la liquidación social, y por eso debe parecerse lo más posible a la sociedad futura, tal como la concibe el ideal bakuninista. En esta sociedad no habrá, ante todo, autoridad alguna, pues la autoridad, que equivale al Estado, es el mal absoluto. No se nos dice nada, naturalmente, acerca de cómo se las van a arreglar estos señores para hacer funcionar las fábricas y los ferrocarriles y gobernar los barcos, sin una voluntad que decida en última instancia y sin una dirección única. Cesa también la autoridad de la mayoría sobre la minoría. Cada individuo y cada comunidad son autónomos, pero Bakunin vuelve a guardar silencio acerca de cómo puede existir una sociedad, integrada aunque sólo sea por dos individuos, sin que cada uno de ellos no renuncie a parte de su autonomía.

Pues bien; también la Internacional debe ser estructurada según este modelo. Cada sección es autónoma y también cada individuo dentro de la sección. ¡Al diablo las resoluciones de Basilea [1], que confieren al Consejo General una autoridad perniciosa y para él mismo desmoralizadora! Aun en el caso de que esa autoridad se confiera voluntariamente, debe ser abolida ¡precisamente porque es autoridad!

Aquí tiene usted en pocas palabras los puntos principales de esta superchería. Pero, ¿quiénes son los autores de las resoluciones de Basilea? ¡El propio señor Bakunin y consortes!». (Friedrich Engels; Carta a Theodor Cuno, 24 de enero de 1872)

Anotaciones de Engels:

Trátase de las resoluciones del Congreso de Basilea (véase la nota 105) sobre problemas de organización, que ampliaban las atribuciones del Consejo General.-

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