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La Fundación Rosa Luxemburgo ‘privatiza’ el imperialismo alemán

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Las fundaciones políticas alemanas, especialmente la Ebert, tuvieron un papel decisivo en la creación, financiación y fortalecimiento de los partidos políticos en la España de la transición, especialmente del PSOE.

A pesar de ello, es un opinión muy extendida que los partidos políticos son creaciones de la sociedad, se podría decir que espontáneas, incluso.

El artículo 21 de la Constitución (Ley Fundamental) alemana ya deja claro que no es así: no es la sociedad la que crea los partidos sino los partidos los que “crean” la sociedad, por decirlo de una manera gráfica.

Es una característica diferenciadora de la etapa monopolista del capitalismo: los partidos políticos no son órganos de la sociedad sino del Estado burgués, y lo mismo podemos decir de los sindicatos e incluso de las Iglesias y las ONG.

En Alemania el Estado financia a los partidos a través de fundaciones. Cada partido tiene su fundación, de manera que cuando en los ochenta aparecieron Los Verdes, recurrieron al Tribunal Constitucional para reclamar su cacho del pastal. Asi se creó la Fundación Regenbogen (Arco Iris) que hoy se llama Heinrich Böll.

Lo mismo ocurrió diez años después, cuando cayó la República Democrática Alemana. Todos esperaban el hundimiento del viejo SED (Partido Socialista Unificado), pero se equivocaron. Se reconvirtió en el nuevo PSD, al que las elecciones transformaron en la segunda fuerza política en la zona oriental, lo que desmentía la propaganda imperialista de la Guerra Fría.

Por eso nadie dijo nada. En la Alemania unificada había otra fuerza política más que debía “competir” en las elecciones al más puro estilo capitalista burgués, por lo que hizo lo mismo que los Verdes: recurrir al Tribunal Constitucional para que el Estado le financiara su propia fundación: la Rosa Luxemburgo.

Con el dinero del Estado el SED/PDS fue fagocitando a los pequeños movimientos de la época, deviniendo una especie de Izquierda Unida a la alemana, con esas mareas altermundialistas, LGTB y demás oportunismos de moda entre la pequeña burguesía radicalizada. Así apareció Die Linke (La Izquierda), otro de esos infumables gazpachos de la posmodernidad.

Con la pasta en el bolsillo, la Fundación Rosa Luxemburgo paga las nóminas de los 170 empleados a su servicio y, sobre todo, de sus 16 oficinas en el extranjero porque todas las fundaciones políticas alemanas son instrumentos del imperialismo autóctono y la Rosa Luxemburgo no es una excepción.

Por su propio origen, la Fundación Rosa Luxemburgo era la idónea para llevar a cabo la transición de Polonia al capitalismo. Además de partidos burgueses reaccioniarios y ultracatólicos a la vieja usanza, Polonia necesita también a la izquierda, los “progres” laicos, ecosocialistas, trotskistas y demás.

Los reformistas son imprescindibles para el imperialismo. Vean. En setiembre de 1993 la clase obrera polaca estaba al borde del levantamiento a causa del paro, la miseria, las privatizaciones y demás lacras del capitalismo.

Lo mismo que en la antigua RDA, el voto popular se inclinó muy pronto hacia la coalición SDL, el viejo partido de la Polonia socialista, y el Partido Campesino, tradicionalmente aliado al anterior. Hastiados, en menos de tres años, los polacos querían dar marcha atrás a la historia, pero nada era ya lo que fue algún día: tanto el SDL como el Partido Campesino habían sido reconvertidos al “modelo alemán”.

Los nuevos “progres” no eran nada distito de la reacción pura y dura. No sólo traicionaron las esperanzas a la clase obrera sino que la desmoralizaron.

En 2005 la tarea de seguir fabricando “progres” en Polonia se la encomendaron a uno de los capataces de la Fundación Rosa Luxemburgo, el alemán Holger Politt, quien empezó por el lavado de cerebro a través de conferencias, cursos, revistas y libros para concluir que lo realmente moderno no era la Polonia socialista sino la Alemania capitalista.

Afortunadamente Pollit lo hizo muy mal. Les dio a los polacos un tratamiento abiertamente colonial y paternal, ganándose su desprecio.

Ingenuos ellos, los “progres” polacos fueron a quejarse a los diputados alemanes que dirigían Die Linke, que ellos consideraban como la casa matriz de la Fundación. Pero se equivocaban, los jefes de Die Linke no eran los que mandaban en la Fundación, sino al revés. Esto es lo verdaderamente interesante…

Las Fundaciones alemanas manejan ingentes cantidades de dinero que procede de eso que ahora llaman “cooperación internacional”, que en Alemania tiene su propio Ministerio, el BMZ o Ministerio de Cooperación, una rama paralela al Ministerio de Asuntos Exteriores y el espionaje exterior.

Es lo de toda la vida: el que paga manda. Por eso las fundaciones alemanas, lo mismo que las ONG, no rinden cuentas a los partidos políticos de los que teóricamente dependen, sino al BMZ. No ejecutan la política exterior de su partido sino la del Estado, o dicho de otra manera: todas las fundaciones alemanas sostienen la misma política .

Lo mismo que las ONG, las fundaciones alemanas han “privatizado” en cierta manera al imperialismo porque a un país no se le somete sólo mediante la fuerza “pública” sino mediante el soborno “privado” (la sopa boba).

En 2014 la profesora de la Universidad de Estrasburgo, Dorota Dakowska, analizó el papel de ésta y otras fundaciones alemanas en su obra “Le pouvoir des fondations, des acteurs de la politique étrangère allemande”, imprescindible para conocer el origen imperialista de los nuevos grupos “progres” del estilo de Podemos, Syriza y otras.

El imperialismo también tiene un lenguaje ‘de izquierdas’ para el consumo de los progres

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