Bertha Mojena Milián. — De Ho Chi Minh y de la larga historia de lucha del pueblo vietnamita habrá que hablar siempre en presente, o mejor, en futuro, como estandartes de lucha que siguen marcando la vida de millones en el mundo, siguen siendo luz y fortaleza.

Para los cubanos que hemos crecido y aprendido de la amistad, de los principios que han unido y son bandera para nuestros pueblos, será siempre menester acercarnos a la historia de Vietnam, a esa guerra de liberación que encontró en este mes de septiembre, no una culminación, sino un punto de partida para su reafirmación, o mejor, para iniciar el camino en la construcción de una sociedad con todos y para todos, por la que durante demasiados años ya se había derramado mucho sudor y sangre.

Cuba siempre estuvo en el mismo centro de las luchas de este pueblo –también nuestro– sobre el que el líder histórico de la Revolución Cubana dijo que estábamos dispuestos a dar hasta la vida, lo que se convirtió en creación constante, en entrega, en dar todo lo que fuese necesario, porque esa siempre ha sido la propia esencia de una Revolución verdadera: sentir en carne propia cualquier injusticia contra cualquier hermano donde quiera que ocurra.

Bien nos enseñó Fidel que este debía ser un capítulo que no se cerrara nunca, porque desde las tierras anamitas que describiera el Apóstol José Martí, debían brotar ante todo la paz, la justicia, la libertad, el afán de quienes querían forjar sus destinos y tanto la naturaleza, como el deseo de mejorar sin dañar a nadie, debían ser el centro de la inspiración mayor.

Como también escribiera Fidel el 3 de septiembre de 1969, en su nota de condolencias por la muerte del líder vietnamita, «Ho Chi Minh pertenece a la singular estirpe de los hombres cuya muerte es simiente de vida y perenne irradiación de estímulos y, por eso, continuará guiando hasta el triunfo total y definitivo, ya a las puertas, al pueblo vietnamita».

Por eso la tradición de los pueblos de Vietnam y de Cuba, los ideales y la hermandad que nos unen y que estrecharon los lazos de hombres como Fidel Castro y Ho Chi Minh, no pueden enmarcarse ni resumirse en palabras, textos, cifras, porque son para todos los tiempos, mientras exista el imperialismo, mientras haya un ideal socialista que tenga como centro al ser humano y lo haga protagonista y defensor de los más nobles ideales.

 

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