«El desarrollo de la sociedad ha tomado un ritmo extraordinariamente rápido durante los últimos decenios en todos los países civilizados, ritmo que acelera aún más todo progreso en cualquier ámbito de la actividad humana. Por eso, nuestras relaciones sociales se hallan en un estado de inquietud, fermentación y disolución jamás conocido antes.

Las clases dominantes ya no sienten ningún suelo firme bajo los pies, y las instituciones van perdiendo cada vez más solidez para oponerse al asaltado que se les hace de todas partes. Un sentimiento de malestar, de inseguridad y de descontento se ha apoderado de todos los círculos, tanto de los más altos como de los más bajos. Los esfuerzos convulsivos que hacen las clases dominantes para poner fin con chapuzas y remiendos a este estado insoportable para ellos, resultan vanos por insuficientes. La creciente inseguridad nacida de ellos aumenta su intranquilidad y malestar. Apenas han colocado una viga en la casa ruinosa en forma de cualquier ley, descubren que necesitan poner otra en otros diez puntos más. Además, continuamente están luchando entre sí y con graves diferencias de opinión. Lo que a un partido le parece necesario para tranquilizar y conciliar a las masas cada vez más descontentas, le parece a otro demasiado, considerándolo debilidad y condescendencia irresponsables, que no hacen sino despertar el deseo de concesiones mayores. Así se deduce palpablemente de los infinitos debates de todos los parlamentos, mediante los que se crean leyes e instituciones siempre nuevas sin que se consiga la tranquilidad y la satisfacción. Dentro de las propias clases dominantes existen contradicciones, en parte insalvables, que agudizan aún más las luchas sociales.

Los gobiernos –y, por cierto no sólo en Alemania– oscilan como caña al viento; tienen que apoyarse, pues sin apoyo no pueden existir, y de este modo se inclinan una vez de este lado y otra del otro. Casi en ningún Estado avanzado de Europa posee el Gobierno una mayoría parlamentaria duradera con la que pueda contar con seguridad. Las contradicciones sociales arruinan y disuelven las mayorías, y el curso siempre variable, especialmente en Alemania, mina el último resto de confianza en sí mismas que les queda a las clases dominantes. Hoy un partido es el yunque, otro el martillo, y mañana al revés. Uno arranca lo que otro construyó laboriosamente. La confusión es cada vez mayor, el descontento cada vez más persistente, las fricciones se acumulan y aumentan y arruinan en meses más fuerzas que antes en otros tantos años. Además, aumentan las demandas materiales en forma de distintos tributos e impuestos y deudas públicas crecen desmesuradamente.

Por su índole y por su carácter, el Estado es un Estado de clases. Ya vimos cómo fue necesario así a fin de proteger la propiedad privada surgida y las relaciones para ordenar mediante instituciones y leyes estatales a los propietarios entre sí y a éstos con los no propietarios. Cualquiera que sea la forma que a lo largo de la evolución histórica tome la apropiación de la propiedad, es propio de la naturaleza de ésta que los propietarios más grandes sean las personas más poderosas del Estado y que lo organicen de acuerdo con sus intereses. Más también es propio del carácter de la propiedad privada que el individuo jamás reciba bastante de ella y que procure aumentarla por todos los medios. Por tanto, se esfuerza por configurar el Estado de modo que con su ayuda pueda alcanzar sus intenciones del modo más perfecto posible. De esta suerte, las leyes e instituciones del Estado son de por sí leyes e instituciones de clase. Pero el poder estatal y todos los que están interesados en el mantenimiento del orden estatal existente, no podrían mantenerlo mucho tiempo contra la masa de quienes no están interesados en él si esta masa llegase a conocer la verdadera naturaleza de ese orden existente. Por tanto, hay que impedirlo a toda costa.

A tal fin, la masa debe mantenerse en la mayor ignorancia posible acerca de la naturaleza de las condiciones existentes. Hay que enseñarle que el orden existente fue y será eterno, que el querer suprimirlo significa alcanzarse contra un orden establecido por el mismo Dios, razón por la cual se toma la religión al servicio de este orden. Cuanto más ignorantes y supersticiosas sean las masas tanto mejor; por tanto, el mantenerlas en tal estado resulta en interés del Estado, en el «interés público», es decir, en interés de las clases que ven en el Estado existente la institución protectora para sus intereses de clase. Además de los propietarios está al jerarquía estatal y eclesiástica, y todos juntos trabajan unidos para proteger sus intereses.

Mas con el deseo de adquirir propiedad y el aumento de los propietarios se eleva la cultura. Se hace mayor el círculo de los ambiciosos que quieren participar de los progresos logrados y de los que hasta cierto punto también lo consiguen. Sobre una base nueva, surge una clase nueva, que, sin embargo, la clase dominante no reconoce como igual en derechos y valor, pero que hace todo lo posible por serlo. Finalmente, brotan nuevas luchas de clase e incluso revoluciones violentas por las que la nueva clase impone su reconocimiento como clase cogobernante, en especial al presentarse como abogado de la gran masa de oprimidos y explotados, con cuya ayuda consigue la victoria.

Pero tan pronto como la nueva clase llega a compartir el poder y el dominio, se alía a sus antiguos enemigos contra sus antiguos aliados, y al cabo de cierto tiempo vuelven a comenzar las luchas de clases. Pero como la nueva clase dominante, que mientras tanto imprimió a toda la sociedad el carácter de sus condiciones de existencia, sólo puede extender su poder y su propiedad concediendo también una parte de sus logros culturales a la clase oprimida y explotada por ella, incrementa así la capacidad y los conocimientos de los oprimidos y explotados. Y de este modo les proporciona armas de su propia destrucción. La lucha de las masas se dirige ahora contra todo dominio de clase, cualquiera que sea su forma.

Como ésta última clase es el proletariado moderno, su misión histórica estriba no sólo en la propia liberación, sino también en producir la liberación de todos los demás oprimidos, y por tanto también de las mujeres.

La naturaleza del Estado clasista, sin embargo, condiciona no sólo el que las clases explotadas se mantengan en la mayor carencia posible de derechos, sino también que los costos y cargas para la conservación del Estado se echan en primer lugar sobre los hombros de los explotados. Esto resulta tanto más fácil cuando la manera de allegar las cargas y costos se efectúan bajo formas que ocultan su verdadero carácter. Es evidente, que los impuestos directos elevados para cubrir los gastos públicos deben incitar tanto más a la rebelión cuanto más bajos sean los ingresos de la persona a quién se exigen. Por tanto, la astucia ordena aquí a las clases dominantes guardar la medida y, en lugar de los impuestos directos, imponer los indirectos, es decir, impuestos y tributos sobre los artículos de primera necesidad, porque de este modo se efectúa una distribución de las cargas sobre el consumo diario, que para la mayoría se expresan de modo invisible en el precio de las mercancías y los engañan acerca de las cuotas impositivas que pagan. La mayoría ignora, y le resulta difícil calcular, cuántos impuestos o aranceles, etc. paga cada cual sobre el pan, la sal, la carne, el azúcar, el café, la cerveza, el petróleo; no sospechan hasta qué extremos los despluman. Y estros tributos aumentan en proporción al número de miembros de su familia, esto es, constituyen el modo de imposición más injusto que imaginarse pueda. Las clases poseedoras, por el contrario, hacen gala de los impuestos directos que ellas pagan y se atribuyen, de acuerdo con su monto, los derechos políticos que niega a la clase no poseedora. A ello se suman las ayudas y subvenciones estatales que las clases poseedoras se otorgan anualmente, a costa de las masas, por valor de muchos cientos de millones, mediante primas estatales y aranceles sobre todos los medios de vida posibles y mediante toda clase de ayudas. A ello se suman, además, las gigantescas explotaciones efectuadas mediante la subida de los precios de los más variados artículos de primera necesidad, subida que las grandes organizaciones patronales capitalistas llevan a cabo a través de los trusts y sindicatos y que el Estado fomenta con su política económica o tolera sin replicar, si es que no los apoya con su propia participación.

Mientras las clases explotadas pueden mantenerse ignorantes de la naturaleza de todas estas medidas no encerrarán ningún peligro para el Estado ni para la sociedad dominante. Pero tan pronto como lleguen a conocimiento de las clases perjudicadas –y la creciente educación política de las masas las va capacitando cada vez más para ello–, estas medidas, cuya injusticia manifiesta es evidente, estimulan la animosidad e indignación de las masas. Se extingue la última chispa de fe en el sentimiento de justicia de los poderes dominantes, reconociéndose la naturaleza del Estado que aplica tales medios y el carácter de la sociedad que las fomenta. La consecuencia es la lucha hasta la destrucción de ambos.

El deseo de hacer justicia a los intereses más opuestos, el Estado y la sociedad acumulan unas organizaciones sobre otras, pero sin eliminar totalmente ninguna de las viejas y sin llevar a cabo, fundamentalmente, ninguna de las nuevas. Se hacen las cosas a medias y no satisfacen a ninguna parte. Las necesidades culturales nacidas de la vida popular exigen, si no se quiere poner todo en juego, alguna consideración, y en su ejecución truncada requieren también sacrificios notables, tanto más significativos por existir en todas partes gran cantidad de parásitos. Pero, además, no sólo se mantienen todas las instituciones que están en contradicción con los fines culturales, más bien se amplían a consecuencia de los antagonismos de clase existentes y se hacen más molestas y pesadas a medida que los conocimientos, cada vez mayores, las van declarando superfluas. El sistema policial y militar, la organización judicial, las cárceles, todo el aparato administrativo se hacen cada vez más extensos y costosos, pero no con ello aumenta ni la seguridad externa ni interna, sino que más bien ocurre lo contrario.

Entre las distintas naciones se ha formado gradualmente un estado enteramente antinatural de las relaciones internacionales. Estas relaciones aumentan a medida que crece la producción mercantil, a que el intercambio de mercancías resulta cada vez más fácil con la ayuda de los medios de comunicación cada vez más perfectos y los logros económicos y científicos se van convirtiendo en patrimonio general de todos los pueblos. Se firman contratos comerciales y aduaneros, con la ayuda de los medios internacionales se construyen costosas vías de comunicación –canal de Suez, túnel de San Gotardo, etc–. Los Estados subvencionan con grandes sumas las líneas de vapores que contribuyen a incrementar el tráfico entre los países más diversos de la tierra. Se creó la Asociación Postal Internacional –un progreso cultural de primera categoría–, se convocan congresos internacionales para todos los fines prácticos y científicos posibles, se difunden los productos intelectuales más excelentes de las distintas naciones mediante traducciones a las lenguas más diversas de los principales pueblos culturales y gracias a todo eso se trabaja cada vez más en favor de la internacionalización y fraternización de los pueblos. Pero el estado político y militar de Europa y del mundo civilizado se halla en un curioso contraste con esa evolución. La xenofobia y el chovinismo se fomenta artificialmente acá y allá. En todas partes, las clases dominantes procuran mantener la fe de que son los pueblos los que siendo mortalmente enemigos uno de otro, sólo esperan el momento de poder lanzarse el uno contra el otro para aniquilarlo. La lucha competitiva de la clase capitalista de los distintos países entre sí adopta, en el terreno internacional, el carácter de una lucha de la clase capitalista de un país contra la de otro y, apoyada por la ceguera política de las masas, produce una carrera de armamento militar como el mundo no ha conocido jamás. Esta carrera ha creado ejércitos de un tamaño inexistente antes, ha creado instrumentos de muerte y destrucción de tal perfección para la guerra terrestre y marítima como sólo es posible en una época de las más avanzada técnica como la nuestra. Esta carrera produce un desarrollo de los medios de destrucción que lleva, finalmente, a la autodestrucción. El mantenimiento de los ejércitos y flotas de guerra exige sacrificios cada vez mayores, y que finalmente, arruinan al pueblo más rico». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

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