La constancia mambisa es un valor de la nación cubana. Foto: Tomada de Milenio.com

Miguel Febles Hernández.— Transcurridos seis meses exactos de la clarinada libertaria de Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio la Demajagua, los patriotas alzados en armas contra el colonialismo español dieron a Cuba y al mundo una nueva y relevante lección de unidad y civismo.

En poder de las fuerzas mambisas casi desde el comienzo mismo de la contienda independentista, el pequeño poblado de Guáimaro constituyó el escenario de un acontecimiento político trascendental que marcó los derroteros de la Revolución del 68.

Reunidos en asamblea los días del 10 al 12 de abril de 1869 en la jurisdicción principeña, los representantes de las tres zonas en beligerancia (Oriente, Camagüey y Las Villas) se empeñaron en presentar un único frente de combate a la metrópoli española.

José Martí, para quien el suceso histórico se había convertido en símbolo y pasión, escribió 23 años después en el periódico Patria: «Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio».

Sin tiempo apenas para conocerse y armados de criterios divergentes, incluso antagónicos, sobre los asuntos a deliberar, los delegados zanjaron sus de-sacuerdos conceptuales anteponiendo el amor patrio y la voluntad de servicio a la causa cubana.

Tras enconados debates aprobaron una forma peculiar y autóctona de Estado –la República de Cuba en Armas–, sus instituciones democráticas y una constitución que serviría de base programática en la lucha de liberación nacional.

Pese a las reconocidas limitaciones reflejadas de manera negativa en el curso de la guerra, resulta innegable la relevancia de la Asamblea de Guáimaro como primer paso para el logro de la unidad del movimiento independentista cubano.

«Cualesquiera que hayan sido los inconvenientes, las dificultades y los resultados, el esfuerzo fue admirable», aseguró un siglo después el líder histórico de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz al ofrecer su valoración sobre aquellos hechos.

En la localidad camagüeyana comenzó también una manera nueva, hecha tradición, de construir consensos para el bien nacional: el debate abierto y la reflexión colectiva como sustento de la unidad y la cohesión entre todas las fuerzas patrióticas.

Ello presupone un grado de madurez política tal, que prevalezcan siempre, en la discusión de los asuntos estratégicos del país, los intereses sagrados de la Patria por encima de proyectos o ambiciones personales, grupales o sectoriales.

En el año en que se conmemorará el aniversario 150 de la primera Carta Magna de Cuba, aprobada en Guáimaro, ese principio adquiere renovado valor como garantía de la consolidación de la obra revolucionaria y su continuidad en el tiempo.

Así ha sucedido hasta ahora, y sucederá, cuando el 24 de febrero el pueblo respalde con su voto la Constitución que marcará el presente y el futuro prometedor de la Patria, en gesto de eterna gratitud a quienes lo dieron todo, incluso la vida, por la libertad.

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