«Por grande que fuera este progreso, por más sutil, por más flexible, por más vigoroso que se mostrara este instrumento del espíritu humano en el sometimiento irresistible de la naturaleza, los resortes e impulsos de este progreso se encontraban siempre en las luchas económicas de clases, en «los conflictos existentes entre las fuerzas productivas de la sociedad y las relaciones de producción», y la sociedad sólo se ha planteado siempre objetivos que podía alcanzar y, más exactamente, se encuentra siempre, como lo expone Marx, que el objetivo mismo sólo surge allí donde ya se hallan presentes, o por lo menos están en vías de realización, las condiciones materiales para su realización.

Esta conexión se percibe fácilmente cuando se examinan en su origen los grandes descubrimientos e invenciones, que según la concepción ideológica tanto del idealismo histórico como del materialismo científico-natural provienen del espíritu creador del hombre como Atenea de la cabeza de Zeus, y que habrían provocado de ese modo los mayores cambios económicos. Véase la obra de Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» de 1884.

Cada uno de estos descubrimientos e invenciones ostenta una larga prehistoria [2].

Escribe Morgan:

«El alfabeto fonético fue, como otros grandes inventos, el resultado final de muchos esfuerzos consecutivos». (Lewis Henry Morgan ; La sociedad primitiva, 1877)

Véase también Marx:

«Una historia crítica de la tecnología demostraría en qué escasa medida cualquier invento del siglo XVIII se debe a un solo individuo». (Karl Marx; El Capital, 1867)

Y si se sigue esta prehistoria en cada una de sus etapas, se podrá reconocer siempre la necesidad a que respondía su aparición. Deben haber razones fundadas para que las invenciones de la pólvora y de la imprenta, que «modificaron la faz de la tierra»; estén envueltas en una cortina de leyendas. Es que éstas no constituyen la obra de determinadas personas que se nutren de las ocultas profundidades de su genio, y aún cuando a determinadas personas les quepa un gran mérito, ello es sólo por haber reconocido con mayor perspicacia y más profundamente las necesidades económicas y los medios para su satisfacción. No es el descubrimiento o la invención la que provoca los cambios sociales, sino el cambio social el que provoca el descubrimiento o la invención y sólo debido a que un cambio social da lugar a un descubrimiento o invención, éste se convierte en un hecho que mueve el curso de la historia. América había sido descubierta muchos años antes de Colón; ya en el año 1000 los normandos habían llegado a la costa norte de América, e incluso al territorio de lo que hoy es Estados Unidos, pero las tierras descubiertas fueron pronto olvidadas e ignoradas. Sólo cuando el desarrollo incipiente del capitalismo suscitó la necesidad de metales nobles, de nuevas fuerzas de trabajo y de nuevos mercados, el descubrimiento de América pudo significar una revolución económica. Y resulta suficientemente conocido el hecho de que Colón no descubrió un nuevo mundo movido por oscuras fuerzas de su genio, sino que buscaba el camino más corto que le llevara hasta los legendarios tesoros de la antiquísima cultura de la India. El día que siguió a su descubrimiento de la primera isla, escribió en su diario: «Estas buenas gentes deben resultar bastante buenos como esclavos», y su oración diaria decía así: «¡Quiera Dios, en su misericordia, permitir que encuentre las minas de oro!» El «Señor Misericordioso» expresaba la ideología de ese entonces como la ideología de nuestros días, aunque mucho más farisaica es la de llevar «la humanidad y la civilización al continente negro».

El destino proverbialmente triste de los inventores más geniales no constituye una prueba de la ingratitud de los hombres, como se lo figura la concepción ideológica, de modo tan superficial, sino una consecuencia fácilmente explicable del hecho de que no es el invento quien provoca la revolución económica, sino la revolución económica, el invento. Los espíritus profundos y perspicaces reconocen ya la tarea y su solución ahí donde las condiciones materiales para esta solución están aún inmaduras, y donde la formación social existente no ha desarrollado aún las fuerzas productivas necesarias para la misma. Resulta un hecho notable que precisamente aquellos inventos que contribuyeron más que todos los otros inventos anteriores a extender inmensamente la fuerza productiva humana, resultaron un fracaso para sus primeros autores, desapareciendo de hecho más o menos sin dejar huella por muchos siglos. Alrededor de 1529, Antón Müller inventó en Danzig el denominado molino a correa, llamado también molino a cinta o Mühlenstuhl, que producía de cuatro a seis tejidos a la vez, pero, temiendo el ayuntamiento que este invento convirtiera a muchos trabajadores en mendigos, lo hizo suprimir y ordenó que el inventor fuera secretamente ahogado o estrangulado. En Leyden se utilizó la misma máquina en 1629, pero los pasamaneros exigieron su prohibición. En Alemania se prohibieron por medio de los edictos imperiales de 1685 y 1719, en Hamburgo se quemaron públicamente por orden del magistrado.

«Esta máquina, que tanto alboroto provocó en el mundo, fue en realidad la precursora de las máquinas de hilar y de tejer, y por tanto de la revolución industrial del siglo XVIII». (Karl Marx; El Capital, 1867)

Apenas menos trágica que la suerte de Antón Müller, fue la de Denis Papin, quien, como profesor de matemáticas en Marburgo, intentó construir una máquina a vapor utilizable para fines industriales; descorazonado por la oposición generalizada, abandonó su aparato y construyó un bote a vapor, en el cual partió en 1707 de Kassel con destino a Inglaterra, por el Fulda. Pero en Münden, la excelsa sabiduría de las autoridades le impidió proseguir su viaje, y los barqueros destruyeron su embarcación a vapor. Papin murió posteriormente en Inglaterra, pobre y abandonado. Ahora bien, resulta evidente que el invento del molino a correa en el año 1529, de Antón Müller, o el invento de la embarcación a vapor en el año 1707, de Denis Papin, constituyeron realizaciones inconmensurablemente mayores del espíritu humano que el invento de la Jenny por James Hargreaves en 1764, o el del barco a vapor por Fulton, en 1807. Y si pese a ello, aquéllos no tuvieron ningún éxito, y éstos un éxito sobremanera universal, ello prueba que no es el invento quien provoca el desarrollo económico, sino el desarrollo económico el que provoca el invento, que el espíritu humano no es el autor, sino el realizador de la revolución social.

Detengámonos todavía un momento en los inventos de la imprenta y la pólvora, que son los más utilizados en los singulares saltos que da el pensamiento del idealismo histórico. El intercambio de mercancías y la producción de mercancías, desarrolladas a fines de la Edad Media, provocaron un incremento muy grande de las relaciones espirituales, que para ser satisfecho exigía una producción pronta y masiva de productos literarios. Así, pues, se llegó a las imprentas de planchas de madera, a la producción de libros, los que se multiplicaban por medio de la impresión de planchas perforadas. Esta denominada impresión de documentos había adquirido un incremento tal ya a comienzos del siglo XV que determinó la formación de sociedades corporativas, de las cuales, las más importantes se constituyeron en Nuremberg, Augsburgo, Colonia, Maguncia y Lübeck. Pero estos tipógrafos, por lo general formaron una corporación con los pintores y no con los tipógrafos posteriores, junto a los cuales siguieron subsistiendo durante largo tiempo para la reproducción de pequeños escritos. La impresión de libros no surgió de la imprenta documental, sino de la artesanía de metales. Resultaba natural recortar las planchas de madera utilizadas en la impresión, en letras separadas, facilitando así extraordinariamente la multiplicación de los libros por medio de la composición a voluntad de las letras. Pero todos estos ensayos fracasaron ante la imposibilidad técnica de efectuar con los tipos de madera la uniformidad requerida de los renglones. El próximo paso fue entonces cortar las letras en metal, pero tampoco así se tuvo éxito, ya sea porque el recorte manual de los tipos de metal llevaba demasiado tiempo, o porque de este modo, aunque disminuía la irregularidad de las letras, de ningún modo se suprimía por completo. Ambas dificultades sólo fueron allanadas con la fundición de tipos de metal, y la fundición tipográfica es en realidad el invento del arte tipográfico, el arte de componer palabras, renglones, frases y páginas enteras por medio de letras separadas móviles, y de multiplicarlas por medio de la impresión. Gutenberg fue orfebre, y lo mismo Bernardo Cennini, quien parece haber inventado la imprenta en la misma época, en Florencia. La larga y enconada polémica acerca del verdadero inventor de la imprenta, nunca podrá ser resuelta, pues en todo lugar en que el desarrollo económico planteó el problema se intentó llegar a su solución con un éxito mayor o menor; y si de acuerdo con los resultados obtenidos hasta la fecha por la investigación, se puede suponer que fue Gutenberg quien dio el paso último y decisivo, es decir que procedió con mayor claridad y firmeza, y por lo tanto, con más éxito, de tal manera que si su arte se extendió rápidamente desde Maguncia, es porque él supo, mejor que cualquier otro, extraer las consecuencias de la suma acumulada de experiencias, de los ensayos más o menos malogrados de sus antecesores. Su merecimiento será eterno, su invento quedará como una obra extraordinaria del espíritu humano, pero Gutenberg no plantó una nueva raíz en el reino terrenal, sino que cosechó un fruto que había madurado lentamente.

Según lo que antecede, no está tan errado el refrán que hace de la pólvora una piedra de toque del ingenio del espíritu humano, pero es precisamente en este invento donde la concepción de la historia, tanto del idealismo filosófico como del materialismo científico-natural, sufrió su más lastimoso naufragio. Según la opinión del profesor Kraus, la pólvora habría acabado con el derecho del más fuerte y con la servidumbre, habría quebrado la preponderancia del poderoso en beneficio de la comunidad; «la inmensa mayoría de nosotros» deberíamos a la pólvora la posibilidad de movernos como hombres libres y no permanecer atados a la gleba en calidad de siervos. Y el profesor Du Bois-Reymond concluye que los romanos hubieran podido rechazar fácilmente todos los ataques de los germanos, desde el de los cimbros y teutones hasta el de los godos y vándalos, si sólo hubieran conocido el fusil de chispa. «El hecho de que los antiguos se quedaran a la zaga en lo que respecta a la ciencia natural», escribe Du BoisReymond, «resultó funesto para la humanidad. En él yace una de las razones más importantes por las cuales sucumbió la cultura antigua. La mayor desgracia que sobrevino a la humanidad, la irrupción de los bárbaros en los países del Mediterráneo, le hubiera sido evitada, probablemente, si los antiguos hubieran poseído la ciencia natural en nuestro sentido». ¡Lástima que el señor Du Bois-Reymond no haya sido un viejo romano! O mejor no, pues precisamente su filosofía de la historia constituye una prueba de que si en lugar de comandar el «espiritual regimiento real de los Hohenzollern» en el año 1870, hubiera estado al frente de una legión romana en la época de las guerras púnicas, tampoco él hubiera inventado la pólvora. En efecto, ya un historiador burgués, el profesor Delbrück, se pronunció en contra de las extrañas hipótesis de Kraus y Du Bois-Reymond. Delbrück está lejos del materialismo histórico, pero sin embargo percibe ya que un invento reclama una necesidad que actúe ininterrumpidamente como estímulo a través de muchas generaciones e incluso de siglos, que resulta tan imposible separar un invento de las necesidades de la época como el nacimiento de un hombre de la madre, que la suposición de que un invento cualquiera hubiera podido ser hecho también en otra época, ocasionando entonces un cambio en el curso de la historia, constituye un juego vacío de la fantasía. En ese sentido tiene toda la razón de presentar a su concepción como más científica que los «ingeniosos» juegos de la fantasía de Kraus y Du Bois-Reymond. Y particularmente, tiene razón cuando concibe el invento, o más correctamente al uso de la pólvora, no como causa, sino como palanca del derrumbamiento del feudalismo. Y por añadidura, una palanca muy débil, de la que en el fondo se podía prescindir, en lo que a mi modo de ver, Delbrück iba demasiado lejos, pero esto no viene mucho al caso en este contexto [Véase: Delbrück, Historische und politische Aufsatze, p. 339].

La disolución del feudalismo acarreó una revolución económica, y en ninguna parte cambió tan clara y rápidamente la superestructura política del modo material de producción, como precisamente en el ejército. También la historiografía burguesa, principalmente en el estado militar prusiano ha cobrado conciencia de esto, en cierta manera. Así Gustav Freytag, que quisiera urdir la trama de la historia alemana a partir del «genio alemán», pero que por su tema peculiar, la vida de masas de la clase humilde, se ve forzado continuamente a hacer concesiones al materialismo histórico, escribe:

«La milicia franca de los merovingios, el ejército de lanceros, los suizos y los lansquenetes de la época de la Reforma, y nuevamente, el ejército mercenario de la Guerra de los Treinta Años, fueron todas formaciones muy peculiares de su época, que brotaban de las condiciones sociales y que se transformaban con éstas. Así, la primera infantería tiene su origen en el antiguo régimen comunal y de cantones, el aguerrido ejército caballeresco en el sistema feudal, el escuadrón de lansquenetes en la próspera burguesía, las compañías de mercenarios ambulantes, en el creciente dominio territorial de los príncipes. A ellos siguió, en los estados despóticos del siglo XVIII, el ejército permanente de soldados asalariados, adiestrados». (Feytag, Bilder, 5, p. 173)

Y la lanza fue suplantada definitivamente por el arma de fuego recién en los días de Luis XIV y del príncipe Eugenio en «este ejército permanente de soldados asalariados y adiestrados», en una masa extraída más o menos violentamente de la hez de las naciones, cuya cohesión debía mantenerse por la fuerza, y que, careciendo de toda fuerza de choque, sólo podía ser utilizada como máquina de artillería. Esta infantería de mercenarios era en todo el exacto opuesto a la masa que a orillas del Morgarten y sobre el Sempach había infligido las primeras derrotas decisivas al ejército feudal en el siglo XIV. Esta masa combatía con lanzas y aun con armas tan primitivas como piedras, pero extraía su terrible fuerza de choque, irresistible para el ejército feudal, de su vieja comunidad de la marca, que ligaba a uno con todos, y a todos con uno. [Sobre este tema, consúltese los magníficos escritos de Karl Bürkli, Der wahre Winkelried, die Taktik der Urschweizer y Der Ursprung der Eidgenossenschaft aus der Markgenossenschaft und die Schlacht am Mor-garten].

De esta sencilla confrontación resulta ya la nulidad de la suposición de que ha sido el invento de la pólvora el que ha provocado la caída del feudalismo. El feudalismo se derrumbó por el surgimiento de las ciudades y de la monarquía sustentada por estas ciudades. La economía natural sucumbió a la economía monetaria y a la economía industrial, y así la aristocracia feudal tuvo que someterse a las ciudades y a los príncipes. Los nuevos poderes económicos crearon sus organizaciones militares adecuadas a sus formas económicas; con sus dineros reclutaron ejércitos del proletariado que con la disolución del feudalismo había sido arrojado a la calle; con su industria fabricaron armas que aventajaban a las feudales en la misma medida en que el modo capitalista de producción aventajaba al modo feudal de producción. Aunque para ello no inventaran la pólvora –pues ésta había llegado a Europa occidental a comienzos del siglo XIV por intermedio de los árabes– si llevaron a cabo su aplicación. Con el arma de fuego se confirmó básicamente la absoluta superioridad del arma burguesa sobre el arma feudal; los muros de los castillos podían oponer tan poca resistencia a las balas de la artillería como las armaduras de los caballeros a las balas de los arcabuces. Pero esta nueva arma no fue inventada tampoco en un día. Como siempre, también aquí la madre del invento fue la necesidad económica, y la caída del feudalismo se produjo tan precipitadamente, el poder de las ciudades y de los príncipes creció tan velozmente, que el genio inventivo del espíritu humano fue escasamente estimulado para perfeccionar las armas de fuego en un principio muy toscas, apenas superiores a la ballesta y al arco. Y esto se explica pues aun allí donde por azar el ejército de los señores feudales era superior por sus armas de fuego, como en Granson y Murten, éste sufría una derrota. De este modo, el perfeccionamiento de estas armas se llevó a cabo con suma lentitud; ya habíamos visto cuán tardíamente se había logrado un arma, el fusil de chispa, adecuada para toda la infantería. Y esta arma sólo fue posible en una cierta etapa del desarrollo capitalista; sólo mediante esta arma pudo el absolutismo de los príncipes zanjar sus guerras económicas de acuerdo a una organización del ejército, a una estrategia y a una táctica exigida por su base económica. Pero si alguien llegara a quejarse por el lento desarrollo de las armas de fuego en los siglos pasados, por la abúlica desidia del genio inventivo, bastará echarle una mirada a nuestro siglo para consolarse y tener la plena certidumbre de que el espíritu humano es verdaderamente inagotable en la invención de armas mortíferas, supuesto que el desarrollo económico, y en este caso, la feroz cacería en que consiste la lucha competitiva del capitalismo, lo azuce por así decirlo con su látigo desenfrenado». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros ensayos filosóficos, 1893)

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