Juan Perles.— En la izquierda, y especialmente en las organizaciones comunistas, el debate sobre el tipo de organización que necesitamos viene de antiguo. Probablemente nos venga a la cabeza el “¿Qué hacer?” de Lenin, ya que muchos de los debates que entonces abordó el revolucionario ruso siguen vigentes hoy día: quién puede ser miembro del Partido, democracia interna, unidad de acción de la organización, etc. Estos elementos, que fueron resueltos en el movimiento comunista y extendidos en forma de principios organizativos, vuelven a cuestionarse una y otra vez: desde los debates en el interno del PCUS en varios momentos clave de su historia, hasta las actuales fórmulas propuestas por la izquierda posmoderna, pasando por las revisiones que cuajaron en varios PPCC en forma de “eurocomunismo”.

La pregunta del millón es: ¿Para qué nos organizamos? Lenin aclaró que los fines de la organización son los que marcan su estructura y sus mecanismos de funcionamiento; no necesitamos el mismo tipo de organización para llevar a cabo actividades lúdicas o culturales (que puede ser el fin de una asociación barrial, por ejemplo) que si nuestro fin es construir una sociedad nueva y mejor. Cuando en el ámbito de la izquierda y de los Partidos Comunistas se proponen innovaciones organizativas, probablemente lo que se está poniendo en cuestión es la vigencia de los objetivos, la posibilidad real de construir una alternativa al capitalismo. Ocurrió, por ejemplo, con el eurocomunismo: sus cambios organizativos no eran inocentes, escondían una transformación muy profunda, de dramáticas consecuencias para nuestra clase.

Quizá podamos entenderlo mejor fijándonos en la polémica sobre la construcción de un partido de masas o un partido de vanguardia. Es un debate que ya mantuvieron mencheviques y bolcheviques, referido a los límites de la organización, a quiénes pertenecen a ella y quiénes no. Los principios de organización comunista dicen que necesitamos una organización que agrupe a las personas con mayor conciencia de clase y con mayor iniciativa, es decir, a la parte de la clase obrera que podemos considerar “vanguardia”. No debe confundirse con “elitismo”, sino que es una cuestión de eficacia: agrupando a la vanguardia en una organización centralizada y disciplinada, podremos intervenir de manera más eficaz en la realidad social, siempre y cuando permanezcamos en estrecho vínculo con las masas de nuestra clase social y el pueblo. La tendencia a difuminar los límites de la organización, a admitir a toda persona que se acerque aunque sea puntualmente, debilita la posibilidad de intervenir eficazmente, y facilita que el individualismo, la indisciplina, la diversión ideológica… proliferen en el interno. Seguramente tenga ventajas en el ámbito electoral, y ahí está la clave: quienes proponen el partido de masas están pensando en un parlamentarismo estrecho, y en unos fines de reformas que no afecten a los pilares de la sociedad vigente.

No podemos permanecer ajenos al avance de la ciencia y la técnica: debemos aprender de las innovaciones organizativas que se dan en el ámbito de la producción. No olvidemos que nuestras normas organizativas se adaptan a las circunstancias en las que se desarrolla la lucha de clases. Pero cuidado, nuestros principios organizativos han demostrado en la práctica que permiten avanzar a las posiciones obreras y en muchos casos han llevado al poder a la clase obrera y las capas populares. Si alguien dice que esos principios ya no valen, que se tienen que superar y que hay una alternativa mejor, bien haría en demostrar en la práctica su idoneidad… y bien haríamos el resto en ser prudentes y desconfiar, porque probablemente nos quiera llevar a otros objetivos, dentro del actual sistema de opresión, explotación y violencia.

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