Dos veces en la misma piedra.

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Darío Herchhoren.— Las coincidencias entre Chile y Bolivia son muchas, y especialmente resalta la falta de olfato político tanto de Salvador Allende como de Evo Morales. Quizá el segundo, es más responsable de una grave falta que un revolucionario no puede cometer: la ingenuidad.

En Chile y luego de varios intentos fallidos el partido socialista dirigido por el Dr. Salvador Allende Gossens llegó al gobierno gracias a un entendimiento con la democracia cristiana que en aquellos tiempos estaba dirigida por un hombre como Radomiro Tomic, del ala izquierda de ese partido, y cercano a las ideas de los curas obreros y de la teología de la liberación. Tomic era un seguidor de las tesis de un sociólogo brasileño de nombre Teotonio Dos Santos, autor entre otros libros de Concepto de Clases Sociales, que hace un análisis marxista de ese concepto. Gracias a ese apoyo Salvador Allende asume la presidencia de Chile y el ejército chileno con una falsa ideología democrática dirigido por el General René Schneider, hace manga ancha ante esa asunción.

Unos días antes de asumir Allende se produce un atentado contra René Schneider que le cuesta la vida, que lleva la marca de la CIA, y que, de alguna manera, estaba preavisando de cuál es el final de la aventura socialista en Chile, que sería rematada por el matarife Pinochet en 1973, dando paso a una dictadura feroz y criminal que desata una brutal represión, y que se ceba particularmente con los mejores militantes de la izquierda, contra los estudiantes, los dirigentes barriales de las «poblaciones», que son barrios muy humildes en los suburbios de la grandes ciudades, especialmente Santiago, Concepción, Valparaiso, y en las cuencas mineras del norte chileno, donde Pinochet persigue a los dirigentes de la minería del cobre, además de saquear los fondos de la empresa minera del cobre nacionalizada por Allende.

Es así como se crean las «cuentas especiales», que dan una pátina de legalidad al despojo que implica que el veinte por ciento de los beneficios de la minería pasa al ejército, y es administrado por el propio Pinochet, que se enriquece enormemente a costa del trabajo y el esfuerzo de los trabajadores.

Pinochet pierde las elecciones que él mismo convoca, pero modifica la constitución chilena, y arrasa con ello todo gasto social, luego de la experiencia social de Allende. Sebastián Piñera, actual presidente de Chile fue un destacado funcionario del pinochetismo, y heredó una legislación que sirve para que los chilenos vivan con rentas mínimas, y que las grandes fortunas sean cada vez más grandes.

En Bolivia, donde la clase obrera tiene una larga tradición de lucha, y luego de la experiencia de los gobiernos de Victor Paz Estenssoro y Hernás Siles Zuazo, la vieja oligarquía aliada a la «rosca del estaño» y a los intereses del tráfico de cocaina de la mano de los generales García Mesa, René Barrientos y Hugo Banzer Suárez, sumen a Bolivia en una situación de miseria y desesperación, hasta la asunción de Evo Morales Ayma, un indio aymara, que inicia una etapa de desarrollo de la minería del estaño, del gas y del petroleo, y con la perspectiva de explotar la mayor mina de litio del mundo, de un yacimiento que abarca a tres países a saber: Chile, Argentina y Bolivia, es destituido mediante un golpe militar.

El pueblo boliviano jamás en toda su historia gozó de una situación de bienestar como la que trajo Morales Ayma, siendo su popularidad tan enorme que ganó todas las elecciones a las que se presentó, y en la última por mayoría absoluta, pero el apego de Morales al respeto de una legalidad que no estaba hecha para que de ella se beneficiaran los sectores populares, y donde no depuró al ejército ni a la policía, llevaron a que estos grupos armados, formados en la Escuela de las Américas de Panamá por los torturadores y desaparecedores norteamericanos, le dieron un golpe, y lo destituyeron.

Las semejanzas con Chile son como dos gotas de agua. Luego del golpe, las persecuciones, las torturas, el exilio, las acusaciones de fraude y de robo del patrimonio público. Todo igual. El pecado tanto de Allende como de Morales es también el mismo. La creencia de que los ejércitos respetarán la legalidad. ¿Se puede confiar en ejércitos formados por los mayores criminales del mundo?

Voy a contar una experiencia personal: Un mes antes del golpe de Pinochet estuve en Chile con una delegación argentina, y allí tuvimos ocasión de charlar con un grupo de periodistas italianos de la agencia noticiosa ANSA, que se quejaron del trato que habían recibido de Salvador Allende Gossens, cuando estos en el palacio de La Moneda, le advirtieron que les había llegado noticias en el sentido de que Pinochet estaba conspirando contra él. En vez de escuchar con atención, Allende les cortó, y les dijo que eso era imposible y que Pinochet gozaba de toda su confianza, y que hasta se encargaba de servir el café en los consejos de ministros. ¿Quién tenía razón?

Hay que aprender de la experiencia ajena, y además tan cercana. La ingenuidad en política es suicida. Si realmente se quiere cambiar la sociedad es indispensable desarmar a las fuerzas armadas, al menos a una porción importante de ellas, depurar la policía y la judicatura, expropiar las grandes fortunas y los bancos deben ser nacionalizados al igual que las comunicaciones, los transportes, la electricidad y toda la energía. Si no se hace eso se tropezará muchas veces con la misma piedra.

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