Capitalismo para todos (pintado de verde)

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Hoy ha dado comienzo el ritual anual del capitalismo: el Foro de Davos. Y lo quieren hacer grandioso porque cumple 60 años: 2.800 invitados de 118 países (de ellos, 1.700 son empresarios), políticos, politiquillos, «líderes sociales», «figuras públicas»… ¡Qué bonito!, que suenen las trompetas, que arrojen pétalos de rosas a nuestros benefactores porque…

El lema de este año es, también, grandioso: «Capitalismo para todos». ¡Ah!, se les ha ido un poco el buenismo porque de forma encubierta reconocen que el capitalismo hasta ayer no era para todos. Debe ser porque ayer se dijo eso de que los 26 más ricos del mundo tienen tanto dinero como la mitad de la población del planeta. Pero tranquilidad, eso era ayer. Hoy todo el mundo es bueno, de lo mejor, y el capitalismo va a ser para todos. Ya me estoy imaginando a esos 26 dándose golpes de pecho y lamentándose por lo que tienen y cómo van a dar un poquito a los que no tienen. Leyendo los temas de discusión no puedo evitar las lágrimas: «el objetivo es crear el capitalismo de los interesados», que todo el mundo quiera hacerse rico es legítimo y hay que ayudar. O sea, un «capitalismo popular» que hasta ayer no se veía por ninguna parte. Pero eso era ayer. Hoy Davos lo cambia todo. Me veo obligado a mostrar mi más sincero agradecimiento. Gracias, ricachones, gracias por vuestra condescendencia y magnanimidad.

Y me imagino los discursos autocríticos con el neoliberalismo, al que van a dar si no por muerto sí por amortizado. Eso ha creado demasiados pobres. Y pobres los pobres. Por eso ahora hay que hablar de «capitalismo para todos». Por eso y porque anda por ahí circulando una encuesta terremoto, hecha en todo el mundo y según la cual el 56% de los habitantes del planeta creen que el capitalismo «hace más daño que bien».

Así que ahora los capitalistas se asustan un poquito, y ahora resulta que ahora los capitalistas van a recuperar el Estado, ese estado que han destruido con el neoliberalismo. Y por ello hablan de «revitalizar la asociación público-privada», o sea, una especie de socialdemocracia muy devaluada (el retorno de Keynes) como la que existió en Europa hasta la desaparición de la URSS. Una «asociación público-privada» que debe actuar en seis áreas: ecología, economía, sociedad, industria, tecnología y geopolítica. No sé si os habéis dado cuenta, pero el orden de los factores sí altera el producto. Ecología en primer lugar, economía en el segundo…

«Enfrentando el apocalipsis climático». «Camino sostenible hacia el futuro común». «Libérese del plástico desechable». Así se denominan algunas de las sesiones de estos tres días. Y ahí tenemos a nuestra joven heroína, Greta Thunberg, hablando en Davos sobre todo esto, siendo aplaudida por estos arrepentidos depredadores, como lo serán otras figuras que hablarán sobre feminismo, igualdad de género, derechos de las minorías sexuales… No me diréis que no es para llorar de agradecimiento. ¡Gracias, mil veces gracias!

Casi a otro nivel está el tema económico: «Pronóstico económico global» (y el FMI diciendo que ciudadito que puede haber una nueva recesión), «El futuro de los mercados financieros», «El futuro de la economía digital». Tanto interés por el futuro significa que el presente no se tiene claro. Y no se tiene, entre otras cosas, porque lo que han dejado para lo último o como último tema, la geopolítica, es lo primero y está revuelto. Por eso en Davos se va a hablar de «El futuro de la política exterior de EEUU», «Prioridades del G-7» (sin tener en cuenta que aquí no está ni Rusia, ni India, ni Indonesia, ni México, ni Brasil…) o sobre «Nueva narrativa europea» (pero con el secretario general de la OTAN como perro cancerbero estrella).

En fin, de esto es de lo que están hablando ahora y estos tres días. Pero como mal pensado que soy lo interpreto a mi manera: el capitalismo ha alcanzado un punto de crisis real, una crisis de sobreproducción que se está enfrentando a dos intentos de salir del embrollo diferentes: el de EEUU, que está actuando ahora en el segmento más retrógrado y reaccionario del capitalismo (casi un neofascismo dentro y fuera del país) y el de una moribunda Europa que quiere levantar algo la cabeza poniendo el énfasis en el color verde. Y Europa lo ve como una oportunidad para hacer negocios (con el añadido de Greta, buena chica) porque una buena mano de pintura verde puede ocultar el rojo de la sangre y la pobreza.

Y aquí están los verdes, sobre todo los alemanes, defendiendo el «progresismo capitalista» (¡huy, casi hablo de los «progres» españoles de Unidas Podemos!).

Es la importancia de los que mandan, cómo manipulan el lenguaje y a nosotros mismos, cómo se dan una pátina de democracia invitando a personajes y personajillos «de oposición» (de nuevo Greta y similares) y cómo, con todo ello, forman las opiniones de la mayoría. O sea, la nuestra. Lo más gracioso de todo es que en esta sesión de Davos a la aparición de estos personajes «sociales» se le ha llamado «contraste de estrategias». No me negaréis que no es democrático.

Mañana hablará Trump, y mañana todo el mundo verá cómo a Trump se le lee la cartilla con lo del cambio climático. Y se dirá algo así como ¡hemos ganado a Trump, se ha quedado solo! La pintura verde sobresaldrá sobre todas las demás. Sobresaldrá sobre la pugna con China y el acuerdo comercial de «fase 1«.

En definitiva, mucha retórica pero mucha preocupación porque el modelo de producción capitalista está tocado y por eso hablan ahora de «nuevo modelo de desarrollo» (verde) porque es la única posibilidad de que el sistema capitalista se mantenga vivo y se reduzcan los riesgos de una nueva crisis que sería más dura que la de 2008 y, tal vez, letal.

El Lince
21/01/2020

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