Cuídate del delator, confía en el amigo

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Javier Martín.— Martes tercero de la cuarentena. Miles de personas se levantan para ir a trabajar a pesar del riesgo evidente de contagio y de la restricción productiva a sectores “esenciales”. Vivimos tiempos favorables a los imaginarios apocalípticos, al ya familiar colapso medioambiental se le ha sumado estos días el horizonte de la tragedia pandémica. Y si algo ha quedado claro es que ya puede venirse el mundo conocido abajo que habrá una rueda que no se frenará: la del trabajo.

Estamos tan acostumbrados a ello que incluso en días así, a los que cumplimos cuarentena teletrabajando, despedidos o contando las horas que le debemos y le tendremos que devolver al empresario; incluso en días así, a la angustia de cómo vamos a llegar a fin de mes se le suma la voz martilleante de un delator dentro de nosotros, un responsable de recursos humanos interno que nos dice que no estamos siendo productivos. “Ser productivos”, qué terrible que también en los trances difíciles nos midamos a nosotros mismos a través de los ojos de los jefes, en esa insistencia de productividad y rentabilización del tiempo por encima de nuestro propio bienestar.

No, estos días, en los que cada llamada de teléfono nos congela hasta la última punta del alma, lo que nos merecemos es colocar nuestro bienestar y el de los nuestros en primer lugar. Nos merecemos frustrarnos, permitirnos pasarlo mal y, sobretodo, ayudar y ser ayudados. Nos lo merecemos porque si algo está siendo la emergencia sanitaria es trágicamente clarificadora. Esta crisis está haciendo saltar a la palestra lo que normalmente ocurre silencioso, acelerando la violencia que habitualmente se acumula por debajo de la rutina y que rebosa ahora inundando las avenidas vacías sin que sea posible mirar a otro lado. Demostrando que los que más sufren son los mismos que hacen que el mundo se mueva: enfermeras, médicos, cajeros y reponedoras, limpiadores y transportistas… son ellos quienes se juegan el tipo para sacarnos de esta, nadie más.

Por suerte, en mitad del caos, cuando los años se adelgazan para caber en las semanas, en los días, hasta en las horas… no solo sale el delator, sale también el amigo. Resistencias casi instintivas que se producen por identificación espontanea de un “nosotros”, iniciativas independientes y colectivas de solidaridad y apoyo, de ayuda y de combate conjunto en los barrios, en las calles, en los portales y en las fábricas. El capitalismo no reproduce su ideología exclusivamente a través de los aparatos de propaganda, el capitalismo no necesita vociferar sus ideas pues las supura, las suda en su cotidianeidad. Por eso es tan necesario que esos arranques, tanto los de protesta como los de solidaridad, se solidifiquen, permanezcan en el tiempo, se hagan coherentes, organizados y conscientes. Es vital que opongamos a su cotidianeidad otra forma de relacionarnos, aquella que en estos días brilla como intuición de vida futura contrastando con su ruindad.

Por eso sí, ¡maldita sea!, claro que sí, sal a aplaudir a las 20:00 al balcón con toda tu rabia y emoción, sal a aplaudir a los nuestros, no al Estado. Porque en esa trágica clarificación también se está mostrando a todas luces qué es el Estado, sobre qué mecanismos y coordenadas hace su política: siempre en aquellas que garantizan el poder y el beneficio de la parte inservible del antagonismo social. Por eso ha sido capaz de arriesgar la vida de cientos de miles de trabajadores solo para que no se pare la rueda y sigan llenándose los bolsillos de los capitalistas.

Sal al balcón para aplaudir a la clase obrera, no para jalear a la policía mientras detiene, multa y agrede. Pues sí, habrá quien intoxicado del individualismo que supura este sistema ponga egoístamente su voluntad por encima de la salud común. Pero convertirse en delator público no solo genera injustas situaciones, sino que además focaliza en individuos lo que no es sino un problema estructural y favorece la creación de una red de colaboradores civiles que mañana actuarán de la misma manera con el que sea el nuevo “interés de Estado”. Quién sabe si nuestra propia protesta contra las consecuencias de esta crisis.

Vivimos tiempos favorables a los imaginarios apocalípticos, evidenciando como nunca esa profunda derrota que implica que sea más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero depende solo de nosotros que vuelva a ser imaginable otra vida, una que coloque el bien común en el centro de todo, una basada en la gestión colectiva, planificada y racional de la economía y el consumo, una basada en el poder de los que todo lo mueven libremente asociados, una vida llamada “comunismo”. Depende solo de nosotros y de la confianza que depositemos en nosotros mismos. Cuídate por tanto del delator, tanto del que llevas dentro de ti como del que jalea a la policía desde el balcón de enfrente, y confía solo en el amigo, en el compañero, en el vecino, en el camarada. Confía en ellos para asegurar la memoria y no olvidar todo lo de estos días, para poder responder y hacerles pagar todo lo de estos días.

Solo la clase obrera nos sacará de esta, y tened por seguro que lo hará, que lo haremos, que todo esto acabará, que volveremos a abrir las ventanas y las puertas, a quitarnos las mascarillas y respirar profundamente, a quitarnos los guantes y a abrazarnos… we’ll come from the shadows cantaba Leonard Cohen en “The Partisan”. Volveremos de las sombras. Esto se acabará. Y la cuarentena también.

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