Tocará vacunarnos también contra la falta de rigor

La vida de Brian de las conspiraciones

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La crisis ideológica que produjo en el movimiento revolucionario la caída del campo socialista conllevó no pocas y nefastas secuelas. Una de ellas es la que ha afectado al rigor con el que, a veces con buena intención (la de intentar exacerbar el odio al enemigo imperialista), se hacen los análisis de coyuntura internacional. Desde aquel trance histórico, tomaron peso desmedido numerosas tesis que otorgaban al imperialismo made in USA una omnipotencia irreal[1]. Tan irreal, que no podían dejar de recurrir a teorías conspiratorias de lo más rocambolescas para forzarse como acertadas en una realidad que casi siempre se empeña en ser mucho más parsimoniosa[2].

Lo cierto es que estamos ante una vieja problemática – la del recurso “fácil” a la teoría del complot, es decir, sin el mínimo rigor debido– que a menudo consigue lo contrario de lo que inicialmente nos proponemos en ese terreno del análisis internacional: ver claro en la creciente desestabilización mundial y promover una salida a favor de los pueblos. Mucho nos tememos que, de nuevo, esta forma de proceder dentro de nuestro propio movimiento haya cogido bríos a la hora de analizar la emergencia sanitaria (y su origen) que padecemos. Pero antes de bajarnos al detalle nanométrico del nuevo coronavirus, veamos que la epidemia de la coronaconspiratitis viene efectivamente de lejos, afectando, además, a la línea revolucionaria no solo en cuestiones de análisis internacional sino también en el desarrollo de la propia lucha política más doméstica. Y, más aún, afectando directamente en tanto que víctimas a los mejores portadores… de nuestra línea.

Ni inventarlas ni exagerarlas

Desde luego que no podemos negar la existencia de conspiraciones, de complots. La historia está llena de casos… demostrados. Se trata, precisamente de eso, de demostrar los casos que sí lo son. No solo por la necesaria seriedad investigadora, sino para su correcta contextualización en el plano político. En este sentido, hay que cuidarse de ver más complots de la cuenta y también de exagerar el rol de estos en la lucha de clases y, en definitiva, en su relación con los factores principales que son motor de la historia. Hay que cuidarse, pues, no solo de exagerar la cantidad de complots, sino de exagerar sus consecuencias. Pero antes de versar sobre este aspecto de la necesaria contextualización de los complots, sería bueno resaltar cuánta energía ha habido que perder en demostrar los que no lo son.

Sí, no nos dilatemos más en señalar que no podemos obviar que esa ligereza a la hora de decretar complots ha facilitado que históricamente, y de forma recurrente desde el oportunismo más rastrero, se alimenten calumnias contra nuestro movimiento empezando por sus figuras más destacadas. Ni Marx ni Lenin pudieron sustraerse a esos ataques.

Marx, de la banda del Azufre y Lenin, agente alemán

Carl Vogt, científico y político alemán, acusaba a los comunistas exiliados en Londres de movilizar a los trabajadores europeos exponiéndolos así a la policía que los extorsionaba o directamente los detenía. Esa actividad se habría originado presuntamente en Suiza, donde los exiliados alemanes habrían formado la Banda del Azufre. Vogt proclabama que la Liga Comunista era parte de esa banda, que era liderada por Marx, Liebknecht y Biscamp, editor del diario Das Volk. Así, Vogt afirmaba que “las personas mencionadas son a sabiendas instrumento de la reacción y mantienen la más estrecha conexión con ella, cualquiera que entre en alguna forma de trato con Marx y sus camaradas, caerá en manos de la policía.” A raíz de estas acusaciones, Marx escribió su libro Herr Vogt en el año 1860, donde rechaza las mismas. En 1871, tras la caída del imperio bonapartista, se demostraría que el propio Carl Vogt recibía dinero del gobierno de Luis Bonaparte.

Por su parte, en el año 1917, en plena Gran Guerra, Lenin se encontraba exiliado en Suiza. Fritz Platten, secretario del Partido Socialdemócrata suizo, había logrado un acuerdo con el Kaiser Guillermo II para que Lenin y sus compañeros pudieran atravesar Alemania y volver a Rusia. Alemania estaba empeñada en que Rusia saliera de la guerra y Lenin era el portavoz principal de quienes querían cerrar la participación rusa en ella. Aunque no hace falta aclarar que ideológicamente Lenin y Guillermo II eran diametralmente opuestos, la intención del Kaiser era concentrar todo el esfuerzo bélico en un solo frente: el occidental. A corto plazo, si Rusia salía de la guerra, los alemanes podrían olvidarse del frente oriental.  Así pues, el famoso tren sellado de Lenin pudo cruzar Alemania, lo que le supuso las acusaciones de ser un agente alemán al servicio del Kaiser y puesto en “busca y captura” por el gobierno del socialista revolucionario, Kerensky, viéndose obligado Lenin a pasar a la clandestinidad; por cierto, en el país que él mismo declarase como el más libre de aquel momento, la Rusia que siguió a la revolución de febrero que barrió al zarismo.

La experiencia demuestra que los departamentos de inteligencia actúan pero también que sobrevaloramos su capacidad de control

Ya entrando en cómo afecta el recurso fácil a la teoría del complot y de la conspiración desde un punto de vista más general a los movimientos políticos, no faltan tampoco los casos tanto en el terreno internacional como nacional.

Por poner solo un par de ejemplos del ámbito internacional, se ha llegado a decir que Hamás estaba creado por la inteligencia israelí. El “grano de verdad” era que efectivamente el Estado sionista fue permisivo con su surgimiento en la medida en que creía que le favorecía en su lucha contra Al-Fatah. Algo similar podría decirse de los talibanes, e incluso de Al-Qaeda, que fueron impulsados por los Estados Unidos en tanto que “combatientes por la libertad” en la guerra contra el gobierno socialista en Afganistán en los años 80. Pero no menos cierto es que a la conclusión de esta guerra surgieron, ya a principio de los 90, enfrentamientos entre Al-Qaeda y el imperialismo yanqui. Así, en 1993, las milicias somalíes que derribaron dos helicópteros Black Hawks americanos fueron entrenadas por Al-Qaeda. Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para que toda la serie de acciones armadas siguientes, empezando por las del 11-S, fueran (y sigan siendo por parte de algunos) achacadas a una maniobra imperial “de despacho” que antecedieron a las invasiones de Irak y Afganistán. Sin embargo, la “maniobra de despacho” que todo lo ha diseñado choca frontalmente con la realidad de una resistencia a la invasión occidental en esos países, una resistencia donde se ha venido dando una combinación de luchadores islamistas con antiguos mandos de los gobiernos depuestos y otros sectores.[3]

Por tanto, la confluencia de intereses en un corto plazo no es argumento suficiente para demostrar la creación por el departamento de Estado de una potencia de tal o cual organización, o de que tal o cual figura forma parte de la nómina del personal de ese departamento. Y esto no quita que haya que desenmascarar y denunciar las colusiones reaccionarias que puedan darse entre movimientos políticos, organizaciones y determinadas potencias. Pero no basta una explicación parcial. Hace falta que la acusación case con un conjunto de hechos y explique la totalidad de estos, tal como al respecto nos aleccionaba el “agente alemán” Lenin.

El caso de España: Transición y aún más recientemente

Este recurso de echar mano de la teoría de la confabulación fue muy recurrido durante la Transición por quienes nos querían hacer tragar la Reforma. Tanto, que si no fuera porque no queremos caer en lo que estamos criticando, diríase que había una conspiración para utilizar la teoría de la conspiración. Así, todo lo que viniera de una izquierda rupturista que se enfrentara a los designios del carrillismo, “por supuesto”  venía de la extrema derecha, aprovechando para tal cosa el grano de verdad (de nuevo el grano de verdad que lleva… a la mentira) de que sectores del franquismo y golpistas veían perder posiciones de poder en las negociaciones para “traer la democracia a España”.

Así, se instaló la convicción de que el atentado de Carrero era, “cómo no”, de la CIA o, al menos, que esta lo permitió. Para ello ya se utilizaba con verdadera fruición una “razonable” pregunta-hipótesis-demostración que no solo se ahorraba ofrecer datos de las acusaciones que se vertían, sino que se ahorraba enfrentar los datos que avalaban lo contrario de esas acusaciones. La “razonable” pregunta-hipótesis-demostración era “¿cómo un grupo armado iba a poder hacer tal o cual acción en las entrañas del poder establecido”; lo que de nuevo ahondaba en esa exageración, verdaderamente reaccionaria, de la capacidad de control del poder establecido ante el cual prácticamente no se puede cambiar nada si dicho poder no quiere o no le conviene. Y qué decir de las acusaciones durante años y años de que los militantes del PCE (r) eran directamente policías mientras estos, los verdaderos, los torturaban en las comisarías.

Ya en la última década, el recurso al gatillo fácil de la explicación conspirativa se empleó, desde ámbitos que se reclamaban revolucionarios, para el 15M, el 25S, el propio surgimiento de Podemos, etc. De momento, no nos vamos a extender sobre estos casos, que por recientes son más conocidos, como conocido es que, entre determinadas organizaciones que se reclaman del movimiento revolucionario y comunista, se llegaron a plantear fuertes dudas acerca de intervenir en las movilizaciones en torno a esa fechas cuando no hubo una negativa frontal a hacerlo. A menudo, se sustituían las condiciones generales que permitían el surgimiento de estas iniciativas por la mecánica concreta que las hizo aparecer. Haciendo una comparativa histórica, importaba más que un pope[4] en 1905 fuera el que liderara una masa de miserables hacia el Palacio de Invierno, que la guerra ruso-japonesa que agravó la miseria de las masas y la crisis de dominación del régimen que posibilitaba que, ante la ausencia de una dirección clara, las masas se agarraran a cualquier “solución oscura” que pasase por allí.

No puede haber victoria sin moral y sin la convicción, no solo de la miseria de “los de arriba”, sino de su podredumbre, es decir, de su fragilidad; esa que hacía decir a Mao que el imperialismo era un “tigre de papel”. Precisamente en lo que respecta a la situación internacional, la indignación que produce las acciones contra los pueblos del campo imperialista hay que acompañarla del desprecio que se merece por su grado avanzado de podredumbre interna. En definitiva, estas teorías conspirativas sin sustento real que lo que pretenden es despreciarlos, a los poderes dominantes, queriendo resaltar que son capaces de todo, acaban apreciándolos en el sentido de darles más valor (poder) del que realmente tienen.

Así, incluso cuando hay complot, hay que evitar darle el carácter totalizante y de control sobre la situación que quiere modificar. El complot, por elaborado que esté, no puede sustituir a la lucha de clases y, refiriéndonos a la escena internacional, no puede anular la propia decadencia que se manifiesta en las potencias imperialistas en fuerte competencia entre ellas. Puede el complot incluso acelerar el advenimiento de una determinada situación, pero si esta sobreviene es que estaba bastante madura en lo que respecta a la realidad de las contradicciones sociales y geoestratégicas. Y son estas tendencias y estas leyes que escapan a departamentos de inteligencia las que más han de importar al revolucionario para definir su intervención. La intervención revolucionaria se debe más al tanque que se incendia que a la “calidad” de la chispa que lo inflama.

Y no nos cansaremos de señalar que una de las razones por las que no hay que recurrir con tanta facilidad ni con la falta del rigor debido a la teoría de la conspiración es para justamente no banalizar la cuestión y defenderse y neutralizar las conspiraciones y complots realmente existentes. Que se lo digan si no a Dimitrov cuando se le acusó del incendio del Reichstag. Precisamente porque los complots existen y son muy dañinos, y requieren de la credibilidad de las víctimas, no puede verse complot a la mínima de cambio. No solo es contraproducente en términos políticos la exageración del recurso a la teoría de la conspiración, sino que rebaja la capacidad y la atención necesarias para defenderse cuando realmente existen.

La vida de Brian sobre los orígenes del coronavirus

Concluyamos con unas líneas acerca del último asunto sobre el que no ha faltado a su cita el recurso a la teoría conspirativa sin el rigor debido. El nuevo coronavirus causante de la actual pandemia:

Desde que llegaron las primeras noticias de epidemia en Wuhan, y como viene siendo habitual cada vez que ocurre un acontecimiento que escapa al control de las grandes potencias, se vinieron elaborando relatos de conspiraciones, a veces, incluso contradictorios. Hay de todo. Desde acusaciones a China de dejar escapar el virus (para el que ya estarían preparados de antemano), controlarlo ellos mejor que nadie y hacerse con la hegemonía político-económica mundial, hasta acusar a la inteligencia yanki de propagar el virus en Wuhan. Hay también quien ha culpado a las dos potencias. El abanico es amplio y, no por casualidad, abarca todo el espectro ideológico existente. Es decir, para cada orientación política hay una teoría conspiratoria sobre el CoV-2 que le encaja como un guante. Algo así como la conocida escena de la película La vida de Brian, donde se ironizaba sobre la división en infinitos partidos políticos que sufría el movimiento revolucionario, trasladada al plano de las intrigas geoestratégicas.

Por lo demás, hace tiempo que se demostró que el virus no procede de la manipulación genética de un laboratorio[5]. Su huésped original es otro animal y unas mutaciones naturales en las espículas de su famosa corona han dado a parar en un mejor “agarre” en determinados receptores existentes en las células humanas. De ahí su alta capacidad infecciosa en nuestra especie. No solo eso, sino que estudios epidemiológicos alertaban, ya en 2007, de reservorios de virus similares en los murciélagos consumidos en el sur de China[6]. Aun así, y a pesar de aparecer publicaciones en este sentido en la prensa generalista[7], de esa que tiene historial y motivos para hacerse eco a la mínima cuestión que pueda desequilibrar al enemigo, la teoría conspiratoria del virus de Wuhan nos ha rondado muy de cerca.

Sin embargo, lo más probable, según los datos con que se han ido contando, es que la pandemia es un evento descontrolado (para algunos menos descontrolados que otros, como demuestra el ejemplar trabajo de China y el de otros países con cierto grado de planificación estatal económica y sanitaria, a pesar de sus límites históricos). Un evento descontrolado, que pone en jaque a un gigante con pies de barro, y que contribuye a revelar la verdadera naturaleza de un sistema caótico y desbocado. En cualquier caso, frente a este tanque de verdad, la naturaleza exacta de la chispa que lo está inflamando apenas tiene importancia. Al menos, desde el punto de vista geoestratégico y de la lucha antiimperialista y anticapitalista.

El Flamenco Rojo, 11 de abril de 2020


[1]     Véase A vueltas con el análisis internacional: un reto en toda línea incluido en el libro El día D y su gerundio Vol.1, por Vicente Sarasa. Descárgalo aquí: https://www.flamencorojo.org/formacion/el-dia-d-y-su-gerundio-descarga-el-pdf/

[2]     El principio de parsimonia, aplicado en ciencia, nos dice que “ante dos posibles soluciones, la más sencilla es la más probable”

[3] Ver nota 1.

[4]     Gueorgui Gapón fue un sacerdote ortodoxo ruso. El 22 de enero de 1905 organizó una marcha de obreros para hacerle entrega de una misiva con reivindicaciones al Zar, lo que desembocó en el conocido Domingo Sangriento.

[5]     https://www.nature.com/articles/s41591-020-0820-9.epdf

[6]     https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2176051/

[7]     https://elpais.com/ciencia/2020-03-26/el-cerco-sobre-el-pangolin-como-fuente-del-coronavirus-se-estrecha.html

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