El corto vuelo de los «progres»

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De nuevo voy a hacer gala de mi única experiencia: meterme en charcos.

Se ha puesto de moda la demolición de estatuas y monumentos que recuerdan a ciertos personajes como expresión de racismo y de colonialismo. Bien, sin problemas. Los que hasta ayer eran considerados «portadores de la civilización» (o sea, defensores y exportadores de los valores occidentales) ahora son considerados seres abominales. Bien, sin problemas.

Los poderes reales se han comenzado a movilizar y protegen emblemas, como George Washington (que era independentista, sí, pero también un esclavista y sus estatuas no se han derribado, por cierto) o Winston Churchil, que era un genocida (que se lo pregunten a los indios).

Lo mismo está pasando en Bélgica o en Italia. Por dar un dato, la ciudad de Milán debe gran parte de su esplendor a un tipo que legitimó la posesión de niñas etíopes como esclavas sexuales durante la colonización de ese país y hay unas cuantas estatuas de él. O las de los conquistadores españoles como Hernán Cortés que tiene una en la que pisa, literalmente, un ídolo azteca.

Toda esta ola de contestación radical de los símbolos del racismo y del colonialismo (y eso es la base del eurocentrismo y de la hegemonía occidental) está bien. Pero se queda ahí. No hay un rechazo del eurocentrismo ni del occidentalismo en su visión de la historia ni, sobre todo, se contextualiza a lo que pasa hoy.

El genocidio y la esclavitud de los pueblos nativos/originarios de América Latina, África o cualquier otra parte del mundo está en la base del desarrollo económico, político y cultural de Occidente. Incluso del Occidente «progre». Y como han dejado en claro personajes como Trump, Jeanine Yánez o Bolsonaro, para una parte considerable de la gente, fundado en raíces bíblicas.

Si queréis empaparos de algunas de estas cosas y alguna de estas contradicciones os recomiendo un libro imprescindible: «Contrahistoria del liberalismo», de Doménico Losurdo.

Porque leyéndolo veréis que los «progres» que están derribando estatuas para alejarse de la imagen de la esclavitud o del racismo mantienen todos y cada uno de sus preceptos porque no se ha abolido la esclavitud cuando no se ha abolido el trabajo asalariado que en casi todas partes se asemeja cada vez más al trabajo esclavo en nombre de la competitividad. No tenéis más que ver lo que se ha hecho en la crisis del 2008 con la destrucción de los derechos laborales y no tenéis más que ver lo que se está proponiendo por parte de los empresarios, y que avalan los gobiernos, con la de ahora.

El libro que os recomiendo es muy, pero que muy útil. Su idea central es que el pensamiento liberal, lo que hoy llamanos «progres», a pesar de todas sus declaraciones sobre la dignidad y libertad del individuo convive sin problemas con una gran hostilidad hacia la democracia, entendida como participación de las mayorías en la vida pública. Una hostilidad que se explica por dos elementos patológicos clásicos: el clasismo y el racismo.

Losurdo lo disecciona muy bien hablando de Locke (que se oponía al absolutismo monárquico o a la iglesia católica pero que defendía la esclavitud), de Tocqueville (que elogiaba la lucha por la independencia y la libertad de EEUU pero se horrorizaba ante la revuelta de los parisienses reclamando justicia social), y de muchos otros.

No todo era homogéneo en los siglos XVIII-XIX y no lo es hoy. Quienes eran minoría entonces, lo son hoy. Pero más allá de ello, la tradición dominante ha permanecido inalterable hasta ahora y que se cimenta en una concepción antidemocrática donde las haya (democracia representativa frente a democracia participativa) que Losurdo explica con claridad: la democracia de los señores, del «pueblo de los señores» que se sustenta en la opresión, y el exterminio, de quienes no son señores. Es decir, los esclavos, los siervos, los indígenas, los campesinos, los trabajadores asalariados, las minorías étnicas…

Losurdo habla de «los ideales liberales» y especifica tres: libertad, autogobierno y propiedad. Pero con la precisión de un cirujano, los disecciona: la libertad va a aparejada con la dominación, sea en forma de la esclavitud (y eso conduce al racismo), sea en forma de servidumbre (clasismo); el autogobierno es para los señores y se excluye a las mayorías sociales, y la propiedad incluye la expropiación de quienes no tienen derechos (genocidio).

En definitiva, Losurdo acierta definiendo al liberalismo (hoy considerados «progres») como una «fuerza conservadora» porque al tiempo que aspira al poder político se esfuerza por mantener y, sobre todo, respaldar al poder económico, que es lo que justifica la nueva esclavitud.

Así que mucho derribar estatuas y ponerse de rodillas, pero solo es imagen, por simbólica que sea. La furia iconoclasta no da paso a la desobediencia civil, se desarrolla en el terreno de lo simbólico y no de las relaciones de poder. Si pasase de ahí, otro gallo cantaría (y el poder no se arrodillaría para quedar bien y darse golpes de pecho, desde luego).

El Lince

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