¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno sobre la cuestión nacional?

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«Sus principios claramente son una mezcolanza burda de argumentos metafísicos con reminiscencias del nacionalismo hegeliano. Pero, sorprendentemente, esta mezcla bastarda se intenta hacer pasar por marxista o progresista.

Todo el pensamiento de Armesilla sobre cuestión nacional se basa en distorsionar una verdad histórica: que el marxismo saluda y prefiere encontrarse cuando el proletariado llega al poder un Estado grande y centralizado, no un Estado con varios problemas nacionales, descentralización económica y fragmentación legislativa y territorial. Cierto es que el primero facilita las tareas de socialización y coordinación de las fuerzas productivas, pero el marxismo no actúa acorde a deseos, sino a hechos y, como hemos visto antes, no es el caso de España cuando desarrolló el capitalismo. Si un marxista no reconoce el problema nacional que existe en su país, sus soluciones no irán más allá de una imposición subjetivista que, como han demostrado todos los gobiernos recientes, no sirve para frenar a los movimientos nacionales de la periferia; al contrario: aviva sus pretensiones secesionistas que cada vez calan más entre la gente, y de paso también los rencores y trifulcas nacionales. Sobra comentar que adornar con cierto halo místico los mitos nacionales del chovinismo patrio y tachar de progreso en favor de la humanidad todo acto que conduzca a que el Estado mantenga o engulla por la fuerza a otros pueblos que no quieren formar parte del Estado no solo es un nacionalismo ramplón imposible de camuflar, sino que es un mecanicismo antidialéctico ya refutado por la historia. Este nacionalismo, útil para justificar el expansionismo imperialista, cae con facilidad en la teoría menchevique que da prioridad absoluta al desarrollo técnico de las fuerzas productivas, pero que olvida prestar demasiada atención a las relaciones de producción imperantes o a la lucha de clases. Lo cierto es que la historia ha demostrado que pueblos como el ruso o el albanés, mucho más atrasados en relación con otras potencias imperialistas de la época, pudieron hacer la revolución proletaria y lograr un vertiginoso avance de las fuerzas productivas, abanderando incluso el progreso técnico y productivo en algunos campos, tal y como ocurrió con la URSS. Este defecto nacionalista se refleja fácilmente en personajes trasnochados como Armesilla, el cual nunca es capaz de analizar críticamente las relaciones de producción de los regímenes capitalistas-revisionistas que publicita, de los cuales incluso saluda su fuerte contenido nacionalista y religioso, como ocurre con el maoísmo de China, el castrismo en Cuba o el juche en Corea. Esto recuerda a los viejos falangistas españoles saludando los progresos del fascismo europeo a la hora de avivar el veneno nacionalista y el fanatismo religioso y presentarlo como un avance progresivo para la humanidad.

Para tratar de desacreditar la existencia de otras naciones y su derecho a la autodeterminación, se utiliza el siguiente falso argumento: aceptar la existencia de la nación catalana significaría, por ende, aceptar que la nación española no existe. Un silogismo barato:

«Así, muchos españoles, algunos incluso con asiento de diputado en las Cortes, dicen «no sentirse españoles», es decir, dicen no serlo, precisamente por no poder pertenecer a algo que se supone no existe». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

¡Esto sería tan estúpido como si los mencheviques discutiendo contra los bolcheviques en el siglo XX propusiesen que reconocer la existencia de la nación ucraniana o finlandesa supusiese, a su vez, negar la existencia de la nación rusa!

Para probar la nación castellana o española –y negar las demás– nos traen a colación la existencia del recuento del PIB a nivel estatal, el reconocimiento de España en las instituciones internacionales, la Constitución, los emblemas del Estado o la historiografía española. Volvemos a lo mismo. ¿No tenían el zarato ruso y otras instituciones desaparecidas estos mismos mecanismos? ¿Qué se pretende demostrar con eso? ¿Significa esto que la nación rusa no existiera? No. ¿Significa que no existieran los polacos y otras naciones, aunque estuvieran subyugadas por del zarato ruso? Tampoco.

Pero no se dan por vencidos y, de nuevo, bajo la senda idealista y metafísica, insisten ahora en que «una nación no puede estar oprimida, pues no es una nación hasta que se libera del Estado que lo tutela»:

«Una «nación oprimida» es un contrasentido, por mucho que el pseudoconcepto se repita desde el discurso secesionista. La soberanía nacional, en general, implica precisamente libertad d. Y para poder hacer la ley y hacer cumplirla: una «nación no libre» –oprimida–, no es una nación. Otra cosa, es que si la secesión triunfa llegue a serlo, convirtiéndose lo que era una parte en un todo nacional; pero si «llega a serlo», porque insistimos, con anterioridad no lo era». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

De nuevo, aquí se practican sofismas metafísicos. Una «nación oprimida» no es ni más ni menos que una nación que ha llegado a su constitución como nación y sufre una opresión que le impide tomar sus decisiones de forma libre. Esto significa que puede ser una nación que tenía soberanía estatal y la ha perdido recientemente; o puede que la haya formado con el devenir, aunque nunca haya disfrutado históricamente de esa soberanía estatal, o haga largo tiempo que disfrute de ella.

Un histérico Pedro Ínsua, haciéndose pasar por alguien muy ducho en marxismo, repetía a base de gritos todos estos argumentos de Bueno una y otra vez:

«Pedro Ínsua: El materialismo histórico no puede ser fuente por cuestiones teóricas, de esa conciencia nacional fragmentaria. (…) No justicia la realidad de una nación vasca, catalana o gallega. (…) La idea de una pluralidad con España es incompatible con el materialismo histórico». (La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

En ningún momento explica este pseudoargumento central; no sale de esa repetición en bucle. Pero nos ha quedado claro que está de acuerdo con Bueno, Armesilla y Abascal.

En cambio, sí se atreve a manipular el materialismo histórico y afirma:

«Pedro Ínsua: La idea de la nación vasca, implica su separación, porque implica conformarse en un Estado, para administrar esa identidad. Esta petición de un Estado, esa conversación de una cultura vasca en política, en Estado de cultura, porque sino –según la idea de los nacionalistas vascos–, se pervertiría siempre, estaría penetrada por un Estado ajeno. (…) España tiene que romperse por razones políticas, si se reconoce a esas naciones, la consecuencia práctica es la ruptura». (La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

Aquí encontramos tres engaños evidentes de este pobre desquiciado.

Primero. El engaño inicial se centra en hacer entender que el reconocimiento de la cuestión nacional por los marxistas implica que los pueblos, una vez sean libres de elegir –y esto solo puede ser de forma completa en el socialismo–, serán dirigidos por el nacionalismo y elegirán, automáticamente, romper sus vínculos con el proletariado de la nación anteriormente opresora. Esto es una incongruencia con la construcción del socialismo, que implica la dirección de la vanguardia del partido del proletariado, que es internacionalista per se. Esto es, en el mejor de los casos, una tesis derrotista, en el peor, una estafa argumental y consciente de un chovinista retorcido. Lenin afirmó que los revolucionarios internacionalistas:

«Deben exigir absolutamente que los partidos socialdemócratas de los países opresores –sobre todo de las llamadas «grandes» potencias– reconozcan y defiendan el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, y justamente en el sentido político de esta palabra, es decir, el derecho a la separación política. El socialista de una gran potencia o de una nación poseedora de colonias, que no defiende este derecho, es un chovinista. La defensa de este derecho no solamente no estimula la formación de pequeños Estados, sino que, por el contrario, conduce a que se constituyan, del modo más libre, más decidido y por lo tanto más amplio y universal, grandes Estados o federaciones de Estados que son más ventajosos para las masas y más adecuados para el desarrollo económico». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

La historia de la URSS daría la razón a Lenin. Esta cita, en cambio, deja a Ínsua en evidencia, retratándolo como chovinista –o socialchovinista si lo prefiere–.

Segundo. La idea metafísica según la cual si una nación no se conforma como Estado propio perece y que, mientras no exista como Estado, no existe como nación ni puede desarrollar mínimamente su idioma, su cultura, cuotas de representación poder o materia legislativa, autonomía económica:

«De vuestras cartas se desprende que consideráis incompleta esta teoría. Por ello proponéis añadir a los cuatro rasgos de la nación uno más, a saber: la existencia de un Estado nacional propio e independiente. Vosotros estimáis que, si no existe este quinto rasgo, no hay ni puede haber nación. Me parece que el esquema que proponéis, con su quinto rasgo del concepto «nación», es profundamente erróneo y no puede ser justificado ni desde el punto de vista de la teoría ni desde el punto de vista de la práctica de la política.

De aceptar vuestro esquema, sólo podríamos reconocer como naciones a las que tienen su propio Estado, independiente de los demás, y todas las naciones oprimidas, privadas de independencia estatal, deberían ser excluidas de la categoría de naciones. Además, la lucha de las naciones oprimidas contra la opresión nacional y la lucha de los pueblos de las colonias contra el imperialismo deberían ser excluidas de los conceptos «movimiento nacional» y «movimiento de liberación nacional». Es más, de aceptar vuestro esquema, deberíamos afirmar que:

a) los irlandeses no se convirtieron en nación hasta después de haber formado el «Estado Libre de Irlanda», no constituyendo hasta entonces una nación;

b) los noruegos no fueron una nación mientras Noruega no se separó de Suecia, y únicamente se convirtieron en nación después de haberse separado;

c) los ucranianos no constituían una nación cuando Ucrania formaba parte de la Rusia zarista, y únicamente se convirtieron en nación cuando se separaron de la Rusia Soviética, bajo la Rada Central y el hetman Skoropadski, pero luego de nuevo dejaron de ser una nación, al unir su República Soviética de Ucrania con las demás Repúblicas Soviéticas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión nacional y el leninismo, 1929)

A vistas de esto, para estos señores ignorantes, no existe la nación galesa o escocesa porque no existen con Estados propios.

¿No se supone que según la Escuela de Gustavo Bueno los reclamos hoy existentes de los nacionalistas de vascos y catalanes son el resultado de la «excesiva autonomía» que se contempla en la Constitución de 1978? ¿En qué quedamos, señores ilustrados? ¿Existe el problema nacional en España por culpa de una constitución o porque ya venía de lejos? ¿En qué posición queda vuestra idea místico-idealista joseantoniana de nación española cuando los pueblos de esas regiones eligen libremente a representantes de sus movimientos nacionales, cuando demandan el uso de su lengua, e incluso cuando reclaman más autonomía que dicha constitución no contempla como la elección a la federación o la secesión?

Tercero. La falsa idea de que el reconocimiento de los derechos a una nación implica automáticamente su secesión.

«No se puede ser demócrata y socialista sin exigir de inmediato la plena libertad de divorcio, pues la ausencia de tal libertad es una opresión adicional del sexo oprimido, aunque no es difícil comprender que el reconocimiento de la libertad de dejar al marido ¡no es una invitación a que lo hagan todas las esposas! (…) Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro será para la mujer que la fuente de su «esclavitud doméstica» es el capitalismo y no la falta de derechos. Cuanto más amplia sea la igualdad de derechos de las naciones –que no es completa sin la libertad de separación–, tanto más claro será para los obreros de las naciones oprimidas que la causa de su opresión es el capitalismo y no la falta de derechos, etc. (…) Debe repetirse una y otra vez: es molesto machacar el abecé del marxismo, pero, ¿qué podemos hacer si P. Kíevski no lo conoce? (…) En el fondo sólo queda en pie un argumento: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O el argumento que suelen esgrimir quienes comparten sus puntos de vista: la autodeterminación es imposible bajo el imperialismo y está demás en el socialismo. Desde el punto de vista teórico este criterio es absurdo; desde el punto de vista práctico y político es chovinista. No valora la significación de la democracia. Pues el socialismo es imposible sin democracia, porque: (1) el proletariado no puede llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la democracia; (2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y llevar a la humanidad a la extinción del Estado, sin la realización de una democracia completa. Decir que la autodeterminación es superflua bajo el socialismo, es tan absurdo y tan irremediablemente confuso como decir que la democracia es superflua bajo el socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el «economicismo imperialista», 1916)

«Antes se coge a un mentiroso que a un cojo», dice el refranero castellano». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

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