Ante el caos de la pandemia, una exigencia unitaria: Vida y Trabajo

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Por Marat.— El Espacio de Encuentro Comunista (EEC) ha publicado recientemente un documento político titulado “Por la vida y el trabajo, unifiquemos las luchas” que, creo absoluta  y pertinentemente necesario en el aquí y el ahora, por lo que recomiendo encarecidamente su lectura a quienes no lo hayan hecho aún.

El pasado sábado 19 de septiembre –a veces me gusta datar los momentos que me marcan, aunque mi memoria acabe por destruir esos recuerdos- en una tienda de Puente de Vallecas, zona que iba a ser confinada dos días después, el 21, escuché a una mujer mayor decir algo muy directo y claro: “la gente trabajadora les importamos una mierda a los políticos. Lo único que quieren es que sigamos trabajando para el beneficio de los ricos”. Aquella mujer comprendía lo esencial del concepto de explotación y de la lucha de clases.

Conozco a desesperados que llevan 6 meses esperando el Ingreso Mínimo Vital, una fórmula de asistencia laica del Estado que les ha excluido de los derechos ligados al trabajo, que deben escoger entre morirse de hambre o ir al trabajo sin querer saber si están enfermos porque no pueden permitírselo.

Para el capital y sus esbirros políticos, sean la derecha extrema, los fascistas de VOX o el gobierno de progreso, la clase trabajadora es un mero dato estadístico, formado por individuos a los que tratan como carne de cañón. Todas las invocaciones  con apariencia humanitaria que hacen unos y otros respecto a los más débiles ante el tsunami de la pandemia y sus efectos económicos, así como las supuestas medidas paliativas tomadas, son mera propaganda que no se concreta en otra cosa que tirar balones hacia adelante, intentando que el sistema capitalista salga de ésta lo menos damnificado, mientras confían en nuestra capacidad de resignación y aguante ante las consecuencias de sus dos crisis, la del bicho y la acumulada, tras la anterior, y consecuencia de una economía zombie tras la eclosión de la pandemia.

La imagen de Sánchez y Ayuso en su comparecencia ante los medios, arropados por 26 banderas de “España” y de la Comunidad de Madrid, son la evidencia de la demagogia política que pretende unificar lo que está fragmentado desde siempre en clases sociales con realidades inconciliables bajo el manto de lo nacional y patriótico, lo mismo que están haciendo otros nacionalismos, incluidos los locales. Aquello empezó cuando desde los primeros días del Estado de Alarma compararon la situación de la pandemia con una guerra o cuando esgrimieron el slogan emocional de “este virus lo paramos unidos”, el clásico instrumento con el que se ataja la posibilidad de comprender la realidad mediante el obsceno trampantojo de apelar a los sentimientos inmediatos con el objetivo de cegarnos respecto a quienes serían los perdedores de esta historia.

Luego gobierno y oposición podrán jugar a enfrentarse, desdiciendo su supuesta “unidad nacional” ante el desastre, tratando de sumar fuerzas y “razones” a cada lado de sus supuestas trincheras pero lo cierto es que toman como rehenes a la clase que soporta todas sus inacciones, su ausencia de medidas que protejan nuestra salud y de actuaciones que nos protejan ante el crecimiento del desempleo, la pobreza y la desesperación individual y social: la trabajadora.

A las colas del hambre delante los locales de las asociaciones de vecinos, los bancos de alimentos o las oficinas de Cáritas les han sustituido las colas de los receptores de los ingresos de los ERTE ante los bancos, que tampoco es que cobren unos estipendios precisamente jugosos. El cambio de protagonistas en las filas se debe a que el final del Estado de Alarma permitió “respirar” a quienes deben buscarse la vida dentro de la economía sumergida, ahora con menos ingresos aún que en el pasado porque la demanda laboral de empresarios “emprendedores”, negocios variopintos, legales e ilegales, y “ciudadanos ejemplares” que aprovechan su necesidad de trabajo es menor, dada la situación económica y la situación ventajosa del empleador, que ahora puede pedir más por menos ¿Quién dijo que el capitalismo era un fracaso? No para quienes tienen los resortes para que el viento sople a su favor.

El estigma social en cualquiera de esas colas es evidente porque te señala, lo mismo que la tarjeta para familias vulnerables, creada a partir de la pandemia en Madrid, para comprar alimentos y productos de higiene, un  chivato público de la condición de pobre (ahora se dice vulnerable) cuando tengas que mostrarla en la caja del supermercado. Seguramente temían sus promotores que, de no utilizar este medio de señalamiento social, e ingresar en la cuenta bancaria del “beneficiario” la cantidad que cubre dicha tarjeta, un procedimiento mucho más discreto, el personal se lo gastara en coñac y marihuana, que ya se sabe cómo son estos menestorosos. Hay que aplaudir que tan edificante idea del Ayuntamiento de Madrid se haya hecho contando con el apoyo de los grupos progres, perdón, de izquierdas, representados en él. Otro éxito incontestable del alcalde Almeida, popularmente conocido como “carapolla”.

La selección de los barrios y pueblos del sur de Madrid como territorios para exhibir algún tipo de acción autonómica ante el persistente y dilatado descontrol por las autoridades locales  frente a la  proliferación de la COVID-19 es un insulto a las clases trabajadoras y populares de las zonas afectadas. Permitir que los trabajadores de ellas salgan a realizar sus trabajos y pedirles que se confinen a su vuelta, sin inversión en recursos sanitarios humanos, técnicos, preventivos y diagnósticos, con unos centros de salud sobresaturados y sin medios, dejando pudrirse durante meses la situación en la región y sin financiación de la protección social que favorezca el autoconfinamiento, es una declaración de guerra de clases desde los representantes políticos oficiales del capital.

Hay una cierta zombificación del estado mental individual y colectivo, una conmoción que se une con un estado de malestar y rabia que, de no expresarse socialmente en forma de protesta organizada y con unas demandas concretas, puede dar lugar bien a la resignación, bien a estallidos sociales, sin destino ni dirección concretas, que sirvan para incrementar la represión política de clase.

De hecho, la oferta del gobierno español a la Comunidad de Madrid de desplegar policía nacional y guardia civil allí donde pueda ser necesario para la “paz social” y el objetivo de “colaboración ciudadana” ante la pandemia y la intención del Ayuntamiento de Madrid de dotar de pistolas Taser a la policía municipal indica que la “democracia” burguesa ya prevé que el descontento social pueda llegar a expresarse.

A pesar de la conmoción social hay indicios, aún débiles y dispersos de la manifestación del descontento social. De los trabajadores metalúrgicos de Puerto Real, que ven amenazado su futuro laboral, a los de Alcoa, cuya amenaza de cierre cae sobre sus cabezas, de los enseñantes a los sanitarios, de los estudiantes a los trabajadores de la cultura y el espectáculo, la ira social va tomando lentamente forma, en unos casos reivindicando la protección de la salud, en otros del trabajo y de medidas del desempleo.

Separar la exigencia de protección de nuestras vidas y de nuestra salud, mediante los medios que el Estado capitalista debe poner en marcha, de las demandas de empleo y de protección al desempleo es condenarnos a que debamos jugarnos la vida para salir a trabajar y ganarnos el sustento, ya sea en el transporte público, en los centros de trabajo, públicos o privados, en las escuelas o en los centros sanitarios.

Las luchas parciales, sectoriales, de categorías profesionales dentro un sector (médicos dentro de la sanidad), de sectores concretos (enseñantes), de empresas, etc., en el contexto de una crisis sistémica y sanitaria de estas dimensiones están destinadas a fracasar. Si se pertenece a un colectivo laboral o sector, antaño con gran capacidad de presión, como el de enseñantes o sanitarios, en las circunstancias actuales, basta con que se les apliquen servicios mínimos del 90 ó100% para que sus huelgas no existan. Si las movilizaciones afectan a empresas concretas o sectores no esenciales, en el contexto de la cuestión social, política y económica que lo domina todo, carecen de capacidad de presión. Si las peleas de un barrio o pueblo estigmatizado socialmente se quedan en su localidad, sin vincularse mucho más allá a otros territorios o a lo que pasa en el centro de salud, la escuela o las empresas próximas, solo serán anécdotas de 3 tuits y un día.

Pero exigir la protección de nuestras vidas y vincularlas a la exigencia de que no estamos dispuestos a jugárnoslas para mantener su maquinaria productiva de beneficios y unir el conjunto de las reivindicaciones laborales y de los barrios, de la enseñanza y la sanidad, eso es mucho más difícil de ignorar porque ellos, derecha e izquierda al servicio del capital, han apostado porque, con o sin pandemia, la inversión en proteger nuestras vidas, nuestros empleos y las coberturas de nuestro paro no cuestionen la ganancia empresarial.

Ahí está nuestra fuerza, nuestra capacidad de parar los próximos golpes contra nuestra clase y de revertir la correlación de fuerzas en la que ellos están ganando por goleada.

Que no les entretengan con que si los Borbones tal o cuál, con la unidad de la patria, con bolivarianos o fachas o con delirios que ciertos extraterrestres expresan cuando hablan de nacionalizar la banca -las necesidades inmediatas de la clase trabajadora hoy pasan por tener ingresos mensuales, llenar la nevera, pagar los libros del colegio de sus hijos, la hipoteca o el alquiler mensual. No están para milongas- o la autodeterminación de los pueblos. Lo que el capital y su trupe circense de 350 parlamentarios no podrán soportar es que exijamos gasto social en proteger nuestras vidas y nuestros empleos y que unamos todas las luchas que afectan a nuestra clase en ese mismo objetivo común. Para ellos es gasto sin beneficio. Se les quiebra el negocio. Y si no, pregúntense porqué han dejado pudrirse la situación sanitaria del país y la económico-social de nuestra clase.

Si les queda alguna duda de hasta qué punto defender las necesidades inmediatas de la clase trabajadora es hoy incompatible con los intereses de acumulación del capital, les sugiero que lean las reivindicaciones del Espacio de Encuentro Comunista (EEC) –van en la parte final del documento- en el enlace que les señale al principio del texto.

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